En 2003, Ronald Inglehart y Pippa Norris, en su libro Rising Tide, documentaron con datos de la Encuesta Mundial de Valores un ascenso sostenido y de largo plazo del apoyo a la igualdad de género en las sociedades industrializadas: generación tras generación, la tendencia era clara y apuntaba en una sola dirección.
Estudios más recientes sugieren que ese avance se detuvo, y que entre los más jóvenes (generación Z) se abrió una brecha por sexo: mientras las mujeres siguen avanzando hacia la igualdad, buena parte de los hombres gira hacia posturas más conservadoras. Un estudio de Ipsos y el London King’s College (2024) lo muestra con crudeza: el 57% de los hombres de esa generación siente que la igualdad de la mujer se ha llevado tan lejos que hoy se discrimina a los hombres. Entre las mujeres de su edad, esa cifra alcanza sólo un 36%.
No es sólo percepción. El Índice de Normas Sociales de Género del PNUD (2023) habla de una “década de estancamiento”: entre los períodos 2010-2014 y 2017-2022 el sesgo contra las mujeres cayó apenas de 86,9% a 84,6% en 38 países, y cerca de 9 de cada 10 personas en el mundo todavía sostienen algún sesgo contra ellas. A esto, podemos sumar el reciente movimiento surgido desde círculos nacionalistas cristianos de EEUU denominado household voting (o “un voto por hogar”), donde se propone que el “hombre de la casa” vote en representación de su hogar y, por lo tanto, de su esposa, el cual por cierto es apoyado también por algunos grupos de mujeres.
¿Por qué está pasando esto? ¿Qué lleva a que esa mirada que Los Prisioneros ya denunciaban hace casi cuatro décadas —“ella no es una mujer para amar, sino un enemigo al cual doblegar”— hoy reflote como reflejo de un grupo aparentemente creciente de hombres? Más aún cuando, por ejemplo, hoy casi todos los colegios son mixtos, algo que uno supondría que favorece una convivencia más respetuosa entre ambos sexos.
Hace algunas semanas, los desafortunados “chistes” de un programa de streaming político —integrado solo por hombres— generaron gran controversia al bromear de manera muy reprochable sobre la vulnerabilidad de niños y personas del espectro autista. Pero una vez pasado el shock inicial, las redes empezaron a rescatar “chistes” previos del espacio, de fuerte carácter misógino donde, por ejemplo, se preguntaba entre risas por la posibilidad de intimar con las hermanas o madres de los otros panelistas, surgiendo incluso ofertas de ayudar a dicho fin.
Estos antecedentes nos llevan de lleno a un (sub)mundo que parece haber crecido de forma lenta pero sostenida: la manósfera. ¿A qué alude el concepto? Podría definirse como una red difusa de comunidades e influencers, nacida en foros y redes sociales, que comparten una misma mirada: la idea de que la masculinidad y los hombres están en crisis o bajo amenaza, y que las responsables son las mujeres y los movimientos feministas.
¿Cuál sería, desde esa óptica, el gran riesgo que corren los hombres? En palabras simples: perder los privilegios de los que hemos gozado históricamente. Y aquí conviene ser honesto sin conceder terreno. Es cierto que algunos de estos avances fueron rápidos y descolocaron a sectores acostumbrados a lógicas más tradicionales. Es cierto también que ciertas vertientes del feminismo cayeron a ratos en generalizaciones que metían a todos los hombres en el mismo saco.
¿Eso justifica situaciones como la ocurrida con “la manada” en España hace algunos años, o el hecho que existan tutoriales en redes sociales que expliquen cómo drogar mujeres sin que se percaten, para posteriormente abusar de ellas sin resistencia (y que, por lo demás, tienen cantidades impactantes de visualizaciones, lo que lo hace aún más preocupante)? Por supuesto que no, bajo ningún pretexto. Pero entender no es justificar, y para enfrentar el fenómeno hay que identificar qué lo alimenta.
Pero más allá de no existir justificación alguna para situaciones como las mencionadas, sí es urgente tratar de entender el fenómeno, y las causas, factores o el terreno emocional que han llevado a su ocurrencia. Entender no es justificar el fenómeno, pero sí es necesario para enfrentarlo.
Un primer elemento que es necesario considerar, es el hastío de estos sectores con lo que definen como una tiranía de la corrección política, que también habría permeado la relación y dinámicas entre hombres y mujeres. Durante muchos años fue bien visto estar a favor de la igualdad de géneros, de la mano con la independización económica de las mujeres al salir al mercado laboral. Pero una parte de quienes se mostraban a favor, pareciera ser que en su fuero interno nunca estuvieron del todo convencidos. Si mi esposa gana lo mismo que yo, o parecido, ya no depende de mí, y por ende no va a aceptar resignadamente situaciones que antes las mujeres sí acataban. La independencia económica de las mujeres, que es una conquista, para algunos se vive como una pérdida de poder.
Un segundo factor es cultural. En los ochenta el libreto de la masculinidad era estrecho, pero clarísimo: todos sabían que estaba bien ser como Rambo o Han Solo, y que apartarse de ese molde era motivo de burla. Hoy ese libreto se abrió, y existen muchas formas legítimas de ser hombre. Esa amplitud es una buena noticia, pero para algunos se vive como desorientación. Y la manósfera ofrece justamente lo que esa desorientación reclama: un manual, reglas nítidas, certezas sobre cómo pararse frente al mundo.
Un tercer factor son las redes sociales, con dos efectos que se potencian. Por un lado, la sensación de impunidad: detrás de un seudónimo se puede atacar desmedidamente y calumniar sin costo. Por otro, la pertenencia: sumarse a un grupo que piensa igual y termina validando sólo a los que coinciden y aplastando al que disiente. Es la segregación digital que se ha ido consolidando en internet, y que convierte cada tribu en una cámara de eco, que considera a las otras merecedoras de ofensas, injurias, humillaciones e incluso el ser eliminadas.
Estos factores, entre otros, han moldeado el escenario para estas cofradías de hombres que parecen estar en contra de todo aquello que no sea la masculinidad heteronormada tradicional. Pero hay algo que no se debe perder de vista, y que suele quedar fuera de la conversación: detrás de todo esto hay un negocio. Uno muy grande. Con los años se ha construido toda una industria que profita de hombres jóvenes que -como es natural a su edad- están construyendo su identidad, aprovechándose de sus inseguridades y obnubilándolos con la promesa de darles una guía clara de cómo deben posicionarse como hombres. Así floreció toda una fauna de “gurús de la masculinidad”: influencers que promueven miradas contrarias a la igualdad y que instalan metas de éxito irreales y profundamente individualistas. El malestar de los hombres jóvenes frente a un mundo donde los modelos de roles de generó cambiaron, se transformó en un modelo de negocio.
Y ese negocio tiene un motor invisible y perverso, del cual se hace imperioso cuidar a nuestros hijos: el algoritmo. Un estudio de University College London y la Universidad de Kent —aún no revisado por pares, pero coincidente con lo que observan otras investigaciones— mostró que el contenido misógino recomendado en la sección “Para ti” de TikTok llegaba a cuadruplicarse, pasando de un 13% a un 56% de los videos sugeridos. Los autores describen dos movimientos: el algoritmo “gamifica” el contenido dañino, y los jóvenes lo “microdosifican” como si fuera entretención, hasta que la idea se normaliza y salta de la pantalla al patio del colegio.
Frente a todo esto, la buena noticia —que casi no se cuenta— es que no estamos inermes. Los programas que ayudan a los hombres jóvenes a repensar su masculinidad sí funcionan: cambian actitudes y reducen conductas violentas. Y la evidencia muestra algo clave: son más efectivos en la adolescencia que en la adultez. El “Programa H”, de Promundo/Equimundo, evaluado en más de una docena de países, incluido Chile, usando la escala validada GEM (Gender Equitable Men), muestra cambios positivos en las actitudes de género de los hombres jóvenes y en la forma en que entienden la masculinidad. Por otra parte, un metaanálisis de 20 ensayos controlados aleatorizados con datos de 37.294 adolescentes publicado en JAMA Pediatrics (2022), sobre programas psicosociales para prevenir violencia sexual en la adolescencia, encontró que los programas se asociaron a una reducción significativa de la perpetración y la experiencia de violencia sexual. Además, sus autores señalan que las revisiones centradas en universitarios y personas mayores describen de forma consistente una falta de evidencia convincente, lo que lleva a postular que los programas dirigidos a adolescentes podrían tener un mayor impacto que los dirigidos a los segmentos de más edad.
Lo anterior nos evidencia que la misma etapa en que un joven se hace las “grandes preguntas” —quién soy, dónde pertenezco, qué es ser hombre— es la etapa en que más podemos influir.
Como sociedad nos vemos obligados a combatir la “ola reaccionaria” que aboga por la no-igualdad entre mujeres y hombres, buscando limitar e incluso quitar derechos a las primeras. Y esto pasa por la educación, en los colegios y sobre todo en las familias, y por políticas públicas que promuevan el respeto por las diferencias. Pero pasa, antes que nada, por no dejar que una pantalla sea la primera en responderles a nuestros hijos qué significa ser hombre. Que alguien llegue antes, con una versión de la hombría que no necesite un enemigo para sostenerse. Ser hombre no tiene por qué construirse contra alguien. Ésa es la conversación que nos falta, y todavía estamos a tiempo de tenerla.






