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INBA destruido por nuevo terremoto: Dios quiera que Chile sobreviva

José Miguel Peña Virgili |Cartas al Director |Sábado 18 de junio 2016 14:25 hrs.

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El estandarte de lo que debiera ser el ideal en educación pública de calidad para cualquiera que la defienda, más aun para quienes tuvieran visiones de izquierda, o incluso anarquistas, el Internado Nacional Barros Arana fue ideado por el Presidente José Manuel Balmaceda el 1887 para entregar educación y formación al pueblo, como única fórmula real de entregar libertad, porque “los ignorantes nunca serán libres”.

Así fue su desarrollo al menos hasta la década de 1960 cuando comenzaron las reformas educacionales ideológicas en Chile. Se trataba de un internado que recibía estudiantes de todo Chile, de todas las condiciones socioeconómicas, quienes contaban no solo con grandes aulas de clases, sino también con cine (lugar donde, además, de la entretención, antes de la aparición de la televisión la ciudadanía se informaba de las noticias del mundo), piscina temperada, laboratorios, canchas deportivas, academias, librerías, correo, talleres, sastrería y un cuerpo académico que hacía clases en el Internado y paralelamente en Universidades.

Desde el Internado Barros Arana surgieron 18 premios nacionales, personalidades de todos los ámbitos sociales, económicos y de intereses como Patricio Aylwin, Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Mario Recordón, Alipio Vera, Sergio Muñoz, Luis Maira, Nelson Ávila, Alberto Bachelet, Max Marambio, Ricardo Abumohor, Carlos Cardoen y Reinaldo Solari, entre otros ilustres.

En la dictadura fue usado por la DINA y la CNI como centro de torturas y muertes, pero felizmente fue rescatado por la Democracia, fundamentalmente por el gobierno del Presidente Aylwin. Asimismo, sufrió graves daños por los terremotos de 1985, que destruyó su estructura más antigua, y por el terremoto de 2010, que provocó daños avaluados en 1 millón de dólares. Gracias a una donación de SQM de mismo monto, a fines del año 2010, durante el Gobierno del Presidente Piñera, logró los recursos para una completa restauración.

Sin embargo, a pesar de toda la relevancia histórica y patrimonial del establecimiento (fue declarado Monumento Histórico Nacional en 2006), un grupo de estudiantes provocó destrozos en todo el colegio estimados en 400 millones de pesos. Y como todo daño patrimonial, en muchos aspectos se trata de destrozos irreparables. Este ataque es un nuevo terremoto, pero esta vez era predecible, evitable, y se pueden tomar prevenciones para que no vuelva a ocurrir.

Lo que complica las cosas es que las históricas demandas de los estudiantes, siempre legítimas y apoyadas en general por la comunidad, hoy están encabezadas no por líderes bien preparados y capacitados, sino que se trata de representantes, prácticamente de voceros que justifican la violencia, como si fuera táctica necesaria de una estrategia mayor.

Curiosamente la gran mayoría de las autoridades que hoy sufren con esta radicalización y violencia, como el Intendente Orrego o la alcaldesa Tohá, si lideraron federaciones de estudiantes en épocas de mucho menos libertad de expresión que hoy, pero con actitud republicana y buscando soluciones que no se encuentran en otro lugar que no sea conversar con el poder ejecutivo o legislativo.

La responsabilidad del Estado y del Gobierno hoy es considerar el escenario; evaluar las posibles consecuencias y adoptar las actitudes propias de quienes tienen que cuidar el bien común; construir un país, a veces incluso a pesar de decisiones que pueden ser impopulares; evitar caer en ambigüedades y no permitir que en honor a la libertad de expresión se destruyan los cimientos de una democracia, de una República que tantas vidas y esfuerzos costó a Chile.

Como sostenía el Presidente Balmaceda, la verdadera libertad se tiene cuando se posee el conocimiento suficiente para decidir y luego se puede asumir la responsabilidad por actos realizados en absoluta conciencia. Hoy lamentablemente vemos el resultado de jóvenes sin lectura, sin espíritu de investigación, formados en la simple escucha de mensajes propagandísticos, en frases hechas, que siguen y repiten a quienes hablan con slogan, que son la contradicción e inconsecuencia misma.

Dios quiera que Chile sobreviva.

José Miguel Peña Virgili, arquitecto U. del Biobío.

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