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Año IX, 19 de septiembre de 2017

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Vivian Lavín A.

Niños sin sueños

Vivian Lavín A. | Miércoles 21 de diciembre 2016 11:56 hrs.

En un cubo de cristal que envuelve a otro cubo más pequeño, observo a un niño encogido. Tiene cerca de ocho años de edad pero murió hace más de 500. Su vida fue ofrecida al dios Inti, el dios Sol, deidad venerada en el Imperio Inca, cuyos límites incluían, en su extremo austral, a la cumbre más alta del Valle que hoy conocemos como Santiago. No es mi primer encuentro con el llamado El niño del Cerro El Plomo.

Lo vi muchas veces de pequeña como parte del guión museográfico del Museo de Historia Natural, en tiempos en que tener a personas muertas en vitrinas no era una falta de respeto ni una vulneración a los derechos humanos más esenciales.

Entonces, cuando tenía 8 años, ver al Niño del Cerro del Plomo me producía pena y rabia. Me imaginaba yo misma siendo objeto de un sacrificio humano. Pensaba en las múltiples maneras que habría utilizado para engañar a mis celadores con tal de evitar ser sacrificada. Una de mis imaginadas estrategias era hacerles creer que estaba dormida para luego escaparme con las comidas y bebidas que depositaban a mis pies o, al menos, dejar un mensaje vengativo, quizás haber roto las ofrendas y alborotar mi pelo para que, quien me encontrara no importara cuándo, supiera sobre la crueldad de quienes me llevaron hasta los 5 mil 400 metros de altura para dejarme morir. No entendía cómo ese pequeño lo había permitido. Eso era lo que más me intrigaba: la tranquilidad y sumisión de ese niño que dormía congelado. ¿Qué le dijeron sus padres o los sacerdotes como para no intentar escapar a ese cruel destino? ¿Supo él de los planes que tenían los adultos?¿Habrá ido su mamá hasta ese cerro, arrepentida a los pocos días, con la esperanza de encontrarlo vivo y regresar con él a casa?

Han pasado muchos años desde que una de las piezas arqueológicas más valiosas de la colección del Museo de Historia Natural fue retirada de las vitrinas a las que accede el público y en su lugar, se exhibe una réplica. Detrás de esta decisión radica el reconocimiento de los derechos de los pueblos nativos como un derecho humano básico. Un acuerdo que data del año 1993 y que tiene como antecedente el
Acuerdo de Vermillion de 1990, en el que arqueólogos y representantes de pueblos indígenas, en el marco del Congreso Mundial de Arqueología, establecieron lineamientos éticos con relación al tratamiento de restos humanos indígenas.

Y han pasado muchos años muchos años desde cuando yo lo observaba con la impotencia y tristeza de otra niña que no comprendía la crueldad ni las razones de ese sacrificio humano.

Por eso cuando hace unos días tuve la oportunidad de verlo nuevamente y estar frente a ese niño, se me nublaron los ojos de lágrimas y lo abracé. Lo abracé con mi mirada como también a su cultura que hoy respeto y admiro. Cristián Becker, curador jefe y jefe científico del MNHN explica que solo una vez al año y solo a representantes de las comunidades de nuestros pueblos originarios se les permite visitarlo en la ceremonia del Solsticio de Invierno, hasta donde llegan con ofrendas a realizar una ceremonia íntima en su honor. El especialista también se emociona, o así lo interpreto, cuando explica con delicados detalles cómo cuidan y las condiciones en las que se encuentra “el chiquillo”, como lo llamó el arriero que lo encontró en 1954: un sistema de conservación con temperaturas entre los 2 y 4 grados bajo cero y entre un 42 y 45 por ciento de humedad del aire que lo cobija. También da cuenta de los resguardos que existen en caso de una interrupción del suministro eléctrico que pudiera poner en peligro su estado de conservación. Pero sobre todo, hace hincapié en los últimos hallazgos y revelaciones sobre este particular niño, como que a partir de un examen de su pelo han podido establecer que el menor fue sometido a un régimen alimenticio muy particular desde un año antes de su muerte. Como que ese niño fue escogido, no era cualquier chico que llevaron hasta allí, sino que fue uno respecto del cual su familia debió haber sentido un gran honor y privilegio por haber sido seleccionado para ser parte de la ceremonia de la Capacocha, el ritual religioso del Tawantinsuyu o Imperio Inca. Una ceremonia en la que no sufrió, como su rostro plácido lo testimonia, producto de la ingesta de ciertos brebajes narcotizantes, que lo indujeron al profundo sueño del cual aun no despierta.
Para el Imperio Inca ese niño de ocho años representaba lo más sagrado que ese pueblo le podía ofrecer a su dios.

Quinientos años más tarde, no podemos decir lo mismo. A los niños chilenos les ofrecemos en cambio, ceremonias de tortura y muerte al interior del Servicio de Nacional de Menores y disparos por la espalda. Una muerte segura y sin sueños para la posteridad.