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Rogelio Rodríguez

El elogio de lo inútil

Rogelio Rodríguez | Viernes 21 de abril 2017 7:34 hrs.

Se cuenta que a Niels Bohr le preguntaron una vez para que servía la nueva visión de la física que proponía y que respondió: “¿Y para qué sirven los recién nacidos?”.  El sentido de esta analogía parece ser el siguiente: un ser humano, cuando recién nace, es un sujeto inútil, débil, no funcional, pero que conlleva en su interior una enorme potencia para llegar a ser con el tiempo una creatura muy poderosa e importante.  Así también, entonces, el nuevo paradigma de la ciencia física, aunque al principio no se le viera su utilidad, poseía en germen la capacidad de llegar a ser una gran contribución al conocimiento de la naturaleza.

Hay cosas cuya utilidad no se ve inmediatamente; son rentables, entonces, a largo plazo.

En nuestra sociedad del rendimiento, sin embargo, las cosas que valen son las que muestran una inmediata utilidad. ¿Sirve o no sirve esto ahora?, es la pregunta del momento. A esta actitud interrogativa ante nuestras ideas, discursos y acciones, la podemos llamar “la visión servicial” de las cosas.  Es el triunfo del valor de la eficacia, entendida ésta como lo que demanda el mercado. Todo tiene que servir ya, todo tiene que ser útil  a corto plazo… o no vale nada.

Esta visión servicial se ha extendido también al ámbito educativo.  Los estudios tienen que ser rentables laboralmente o se convierten en pérdidas de tiempo injustificables. La curiosidad intelectual o el afán de conocer no bastan para legitimar los años y los gastos invertidos en cualquier esfuerzo académico. Las carreras universitarias provechosas son las que atienden a las exigencias de las empresas. La educación humanista  –o sea, no directamente instrumental–  parece entonces no servir.

El académico italiano Nuccio Ordine llama a esta visión servicial “la lógica del beneficio” y dice que está corroyendo por su base las instituciones (escuelas, universidades, centros de investigación, laboratorios, museos, bibliotecas, archivos) y las disciplinas (humanísticas y cientificas) cuyo valor corresponde al saber en sí ajeno a finalidades utilitarias e independiente de la capacidad de producir ganancias inmediatas o beneficios prácticos a corto plazo. En su libro-manifiesto  La utilidad de lo inútil (Acantilado, 2014), señala que lo que  trae beneficios para el espíritu se califica actualmente como inútil porque no trae provechos económicos inmediatos. Escribe:  “Existen saberes que son fines por sí mismos y que  –precisamente por su naturaleza gratuita y desinteresada, alejada de todo vínculo práctico y comercial–  pueden ejercer un papel fundamental en el cultivo del espíritu y en el desarrollo  civil y cultural de la humanidad”.  A su juicio, esto aparentemente inútil tiene en verdad la enorme utilidad de ayudarnos a ser mejores seres humanos.

En el contexto del paradigma economicista dominante  –que privilegia tan solo la producción y el consumo, despreciando todo lo que no sirve a la lógica utilitarista del mercado–,  la educación parece olvidar su propósito de “cultivar la humanidad” (la noción es de Martha Nussbaum) y se dirige más bien a la formación de sujetos laborales aptos.  Este es, sin duda, uno de los motivos (y no el menor) que guían los intentos, cada cierto tiempo en nuestro país, por quitar la asignatura de filosofía del currículo escolar de enseñanza media.

Sostiene Ordine: “En este brutal contexto, la utilidad de los saberes inútiles se contrapone radicalmente a la utilidad dominante que, en nombre de un exclusivo interés económico, mata de forma progresiva la memoria del pasado, las disciplinas humanísticas, las lenguas clásicas, la enseñanza, la libre investigación, la fantasía, el arte, el pensamiento crítico y el horizonte civil que debería inspirar toda actividad humana”.

Invitando a pensar en torno al hecho de que hoy, precisamente en momentos de crisis,  tenemos más necesidad que nunca de aquellos conocimientos inútiles que nutren el espíritu, que invitan al amor por el bien común, al respeto del otro, a la solidaridad, a la paz y, sobre todo, a luchar contra la corrupción del dinero y el poder, Ordine convoca en su manifiesto a un vasto conjunto de filósofos y escritores de los que cita textos e ideas.

Su ensayo se divide en tres partes: la primera, dedicada al tema de la útil inutilidad de la literatura; la segunda, consagrada a los desastrosos efectos provocados por la lógica del beneficio en el ámbito de la enseñanza, la investigación y las actividades culturales en general; y la tercera, ocupada por la voz de algunos clásicos que, en el curso de los siglos, han mostrado la carga ilusoria de la posesión y sus implicaciones devastadoras sobre la dignitas hominis, el amor y la verdad.

Leer estas páginas ayuda a tomar real conciencia de que el cultivo y la enseñanza de la filosofía, la literatura, la ciencia, los saberes clásicos y las disciplinas artísticas constituyen  -al decir de Ordine- “el líquido amniótico ideal en el que las ideas de democracia, libertad, justicia, laicidad, igualdad, derecho a la crítica, tolerancia, solidaridad, bien común, pueden experimentar un vigoroso desarrollo”.