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Año IX, 15 de diciembre de 2017

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Juan Pablo Cárdenas S.

¡Vaya que nos faltan líderes!

Juan Pablo Cárdenas S. | Lunes 19 de junio 2017 8:56 hrs.

En el lenguaje de la política, resulta muy habitual reconocer los atributos del liderazgo en los gobernantes más destacados. Un buen líder es el que es capaz de convencer  al pueblo o a sus seguidores respecto de lo que él o ella piensa y le conviene al país. Liderazgos como el de Mao Tze Tung, Gandhi, Willy Brand, Hemut Kohl (que acaba de fallecer) Fidel Castro y el de la propia Margaret Thatcher nos reconocidos por sus seguidores o detractores, además de aquellas figuras religiosas o morales que marcan historia para bien o para desgracia de las naciones. Con la palabra “caudillo”, sin embargo, se denomina más bien a aquellos líderes que fueron considerados nefastos, como lo fueron un Franco, en España, el propio Pinochet y casi todos los dictadores de América Latina.

Sin embargo, también hay líderes de los cuales la convicción está dividida y persistirá así respecto de su papel en la historia. Como puede ocurrir con el propio Lenin y Napoleón; o con un Diego Portales (en el caso nuestro) y otros como Juan Domingo Perón, al otro lado de los Andes.

A Salvador Allende o Eduardo Frei Moltalva también se les reconoce liderazgo, pero sobre todo se los considera estadistas muy intuitivos, capaces de sostener ideología y defender un programa de acción al abrigo de las reformas que claramente reclamaba la sociedad chilena y que lograron interpretar con brillo y constancia.

A todos nuestros padres de la Patria, como Bolívar, San Martín, O´Higgins y otros nadie podría negarles su gran liderazgo y consecuencia política, aunque éstos y otros como ellos terminaran en el ostracismo y hasta repudiados por sus propios pueblos. Calumniados y vituperaos como siempre por los resentidos y mediocres, por los topos que siempre pululan en la política y la vida social. Y muchas veces hasta intentan escribir la historia y darse el título de periodistas.d

Quizás uno de las situaciones más lamentables de nuestra realidad política sea la de esos destacados líderes que prefirieron cambiar de rumbo o someterse a las disciplinas de los partidos, las vicisitudes electorales o simplemente se hayan decepcionado ante fenómenos tan extendidos como el de la corrupción. Debemos señalar que a los potenciales líderes siempre se los trata de embolinar con las contingencias y aquellos “cantos de sirena” que alimentan su sobreestima. Hemos comprobado, en este sentido, cómo algunos dirigentes estudiantiles, que tuvieron todo en sus manos para irrumpir con fuerte liderazgo y credibilidad moral, prefirieron aceptar cargos y ser cooptados por la llamada clase política que siempre y en todas partes teme de las figuras jóvenes o de la sabia nueva.

Ninguna otra generación de dirigente, como ellos, fue capaz de convocar tantas voluntades y provocar masivas movilizaciones en torno a sus ideas y evidentes carismas; por lo mismo es que fueron tentados por los viejos políticos cuyo principal objetivo es medrar del poder, más que cambiar el mundo.

Si la política en este momento es “chata”, no logra encantar al pueblo y los procesos electorales son solo activados por los operadores y la propaganda, más que por la valía de los candidatos, ello se debe a la ausencia de líderes, a la sensación tan extendida que, de llegar a sufragar, la opción más corriente es hacerlo por el que parezca menos malo o inconveniente. Percepción que aumenta con los mal llamados debates políticos sumidos en el reproche cruzado y hasta en la ignorancia demostrada por algunos de los contendientes. Que se demuestran incapaces de plantear ideas y proponer soluciones. Que ya no permiten distinguir siquiera quién es de derecha o de izquierda. Y lo peor de todo: no permiten vislumbrar un cambio real en un país altamente tensionado por las inequidades, la escandalosa concentración de la riqueza y la proliferación de lacras sociales que como la corrupción, el narcotráfico y el crimen organizado se constituyen en las noticias que copan los noticiarios y el interés público.

Con una población estresada, además,  por las deudas, los horrores de la movilización colectiva y por todos los cataclismos que ahora nos golpean, NO por el cambio climático, como se dice, sino de la falta de prevención de las autoridades, por la forma en que los recursos para la infraestructura es apropiado por los que otorgan las concesiones como por los que resultan concesionados. Por la irresponsabilidad y el afán irrefrenable de lucro de las compañías de servicios, mientras que hasta los ahorros previsionales son arrebatados a los trabajadores y a su futuro digno. Empresas repugnantes como la eléctrica de la Sexta Región, la CGE, que mantiene a oscuras a miles de clientes y ha sido duramente reprendida por las redes sociales. En un país en que sus legisladores tienen como principal ocupación reelegirse una y otra vez en sus cargos y los moradores de turno de La Moneda lo que quieren es recaudar rápidamente recursos para su sostén personal y definitivo, como para sus colectividades fantasmas. Sumidas, como las vemos, en el fango de los desacuerdos, las ambiciones personales y la posibilidad de garantizarles a sus incondicionales su subsistencia, además de comprarles su fidelidad.

Necesitaríamos, por ejemplo, una presidenta líder que les golpeara la mesa a las compañías eléctricas y sanitarias que no dejan sin luz y agua apenas empiezan las lluvias y los vientos de invierno. Empresas extranjeras, para colmo, que cobran elevados precios por sus prácticas indolentes, que han incumplido con sus proyectos de desarrollo y hasta provocado nuestra hecatombe medioambiental. Como por ejemplo los incendios forestales del verano a causa de la falta de mantención de sus tendidos eléctricos.

Vaya que necesitaríamos liderazgo entre los supuestos “representantes del pueblo” para implementar la recuperación de estos servicios que, sin duda, el Estado administraba y garantizaba mucho mejor. Líderes que como en Argentina o Hungría recuperaron los recursos de las empresas administradoras de los fondos de pensiones, volviendo a un sistema de reparto o transfiriéndolas a un sistema mixto, sin que ello causara trastorno alguno y produjera, por el contrario, el subsecuente aumento de las pensiones.

Como sería tan necesario que desde la propia Moneda se interviniera Codelco y se aclarara y castigara a los que se echaron al bolsillo millones de dólares, valiéndose del parentesco personal o político con sus ejecutivos de esta empresa que, más encima, se quejan de no contar con los recursos suficientes para emprender nuevas inversiones. Como inaudito resulta por la complicidad y la falta de liderazgo, que la escandalera de Carabineros mantenga en su cargo al director general de esta institución, un general boquiabierto que, además, tiene sospechosos antecedentes respecto de ciertos episodios represivos.

Por el contrario: se nos dice que hay que tener liderazgo para entrarle a balazos a la Araucanía y aplicar la tenebrosa Ley Antiterrorista; para desalojar los establecimientos educacionales en manos de los estudiantes frustrados por las falsas promesas de los gobernantes; para acosar a los vendedores ambulantes y capturar a los que evaden pagar su boleto en el Transantiago… Sin embargo cero liderazgo para los grandes evasores de impuestos, para los empresarios que se coluden para alzar artificialmente los precios de los productos esenciales, para dejar que prescriban  los delitos para los Novoa y los Ominami y otros conspicuos delincuentes políticos.

Cero liderazgo, siquiera, para proponerse en serio una nueva Constitución que no lleve la firma de Pinochet con la cosméticas enmiendas de Ricardo Lagos, cuyo liderazgo fue el primero en hacerse agua dentro de sus propios correligionarios.

Y ahora último, cero liderazgo en aquellos candidatos que se proclamaron como independientes o dispuestos a renovar la política, y que de nuevo los vemos rendidos a las estructuras partidarias que los proclamaron y le escribirán con el puño y letra de sus titiriteros lo que deben decir si cualquiera de ellos gane por ser, insisto, el menos malo o desconocido.  Y, por supuesto, con un porcentaje ínfimo de apoyo ciudadano.

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