Diario y Radio Uchile

Año IX, 18 de noviembre de 2017

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Partidos políticos: “O se revalidan, o mueren”

Leonardo Matamala V |Cartas al Director |Miércoles 8 de noviembre 2017 6:54 hrs.

Radio-Uchile

Señor Director:
Hay instituciones que deben tener al menos una situación o razón poderosa para existir. Algunas, incluso, terminada esa situación, se extinguen. Es sólo cosa de tiempo.
¿Qué es un Partido Político, o que debería ser, al menos?
Al respecto, para enfocarnos en nuestra realidad nacional, permítanme aplicar “bisturí” al Art. 1 de la Ley 18.603, Orgánica Constitucional de los Partidos Políticos.
En su primer inciso, encontramos una definición sobre qué son: “Los partidos políticos son asociaciones autónomas y voluntarias organizadas democráticamente, dotadas de personalidad jurídica de derecho público, integradas por personas naturales que comparten unos mismos principios ideológicos y políticos, cuya finalidad es contribuir al funcionamiento del sistema democrático y ejercer influencia en la conducción del Estado, para alcanzar el bien común y servir al interés nacional.”
Aquí saltan, de inmediato, las primeras preguntas y contradicciones.
Primero, porque hemos teñido inscripciones forzosas, o lisa y llanamente, ilegales. Segundo, porque no siempre vemos democracia dentro de los partidos político. En la práctica, se organizan en cúpulas y toman las decisiones importantes desde ellas. Y, finalmente, si hablamos de la contribución a alcanzar el bien común, o sobre el servicio al interés nacional, ha sido evidente para la ciudadanía que varias agrupaciones que están legalizadas como partidos políticos en Chile, han preferido el bienestar de su propia colectividad por sobre el de la nación entera y, generalmente, sirven a sus propios intereses.
En este sentido, varios de los partidos que hoy están activos en Chile, son cualquier cosa, menos un partido político, acercándose más a la idea de un club de beneficencia para sus socios que a otra cosa más provechosa.
En el inciso segundo, encontramos la importancia que tienen estas organizaciones, particularmente en un país como el nuestro, que tiene un sistema de partidos: “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y expresión de la voluntad popular, son instrumento fundamental para la participación política democrática, contribuyen a la integración de la representación nacional y son mediadores entre las personas y el Estado.”
Aquí podríamos discutir eso del rol fundamental que se le atribuye en la formación y expresión de la “voluntad popular”, en parte, porque la clase política entera, no logra reunir ni al 5% del electorado, y si entendemos al cuerpo electoral como sinónimo del “pueblo”, las cifras son tajantes: Los partidos políticos están expresando la voluntad de muy pocos.
¿Y del resto, qué? ¿No conocen ustedes, gente que, sin ser militante, participa activamente en otros grupos intermedios? ¿Ser dirigente de un sindicato, sin ser militante, no corre como actividad política?
¿Qué es la política? ¿No es acaso el interés en la “cosa pública”, en el acontecer de la sociedad en la que estamos insertos?
Sí, las señoras de la junta de vecinos y los dirigentes del club deportivo del barrio, también son políticos. De hecho, todos lo somos, todos somos “seres políticos”, es inherente a nuestra esencia.
Y somos mucho, me incluyo, los que tenemos asumida esa dimensión inherente a nuestra esencia y existencia, sin ser militantes.
¿Quién nos representa a nosotros?
Aquí aparece otro problema del sistema de partidos, al sistema se le escapa la posibilidad de que una persona se represente a sí misma. En consecuencia, el legislador no se pronuncia al respecto, aún cuando toda la evidencia empírica nos dice a gritos que el inciso segundo del Art.1 de la Ley 18.603 es utópico, lejano a la realidad y, al menos, engañoso, porque le da más importancia a los partidos políticos que la que en realidad tienen.
Finalmente, en su último inciso, encontramos cuáles son los fines que deben perseguir, o qué deben hacer, en concreto: “Los partidos políticos deberán contribuir al fortalecimiento de la democracia y al respeto, garantía y promoción de los derechos humanos reconocidos en la Constitución, en los tratados internacionales ratificados y vigentes en Chile, y en las leyes.”
Me pregunto, ¿las malas prácticas de los Partidos Políticos, o de las organizaciones que dicen serlo, no están poniendo en jaque la democracia, en vez de fortificarla? ¿Qué pasa con algunos partidos que ignoran la importancia de los derechos humanos o los relativizan?
Lo dejo al criterio de cada cual.
Lo que sí les puedo decir, es que en Chile, nadie se preocupa de que las organizaciones que dicen ser Partidos Políticos, efectivamente lo sean, que estén a la altura de la importancia que el mismo legislador les ha dado, dentro de este sistema de partidos y, para colmo de males, nadie supervisa que cumplan con los deberes y funciones que deben o deberían cubrir en la sociedad. La institucionalidad existente, se preocupa de requisitos formales, número de miembros, legalidad de las firmas, etc. Pero descuidan los asuntos de fondo, es decir, las razones de existencia de esta clase de organizaciones.
Lo más desalentador de todo esto, es que algunas de estas organizaciones, tampoco han cumplido los requisitos formales o les ha costado cumplirlos, porque al parecer, gozan de la adrenalina de estar siempre al filo de la ley, casi bordeando lo ilegal.
Nos han dicho que los Partidos Políticos son necesarios para preservar la democracia, de hecho, cada vez se fundan más partidos políticos en Chile. Pero, y a la luz de lo ya expuesto, ¿qué tan cierto es eso?
Una de las razones que se dan, entrando ahora en materia teórica, para justificar la existencia de partidos políticos, es que estos contribuyen en la formación de ciudadanos más críticos y conscientes de su rol en la sociedad.
¿Qué tan efectivo es esto? Ante los evidentes problemas y deficiencias de nuestra democracia, ¿necesitamos más partidos políticos?
Partamos con una visión más global, antes de volvernos a centrar en el caso puntual de esta larga y angosta franja de tierra llamada Chile. Lo primero que quisiera señalar, en este paréntesis, es lo que en realidad están haciendo los “pseudo Partidos Políticos”: conformarse con adoctrinar.
Tengo plena convicción de que el rol de los jóvenes en toda sociedad es relevante y primordial, porque conduce a la sociedad hacia los cambios necesarios, aunque sea mediante reformas radicales. En palabras de Karl Mannheim: “La juventud no es progresiva ni reaccionaria por naturaleza, sino una potencialidad dispuesta siempre a toda renovación… El factor especial que hace del adolescente uno de los elementos más importantes en toda renovación de la sociedad es el hecho de que ese adolescente no acepte el orden social establecido como algo dado por supuesto y que no tenga intereses adquiridos ni en su orden espiritual ni en lo económico”.
Hasta aquí, uno podría notar al joven como un ser libre. Y de hecho, lo es, mientras permanece a salvo de las máquinas de adoctrinamiento que lo rodean.
Volviendo ahora a lo que pasa en Chile, recuerdo cuando leí: “Trayectoria y eficacia política de los militantes en juventudes políticas: Estudio de la Élite Política Emergente”, escrito por Vicente Espinoza y Sebastián Madrid con el apoyo del UNDEF y al alero de la USACH. Exponían una investigación sobre cómo las juventudes políticas, o al menos sus dirigencias, tenían todas las posibilidades del mundo de llegar al poder.
Es una realidad, la mayoría de los políticos actuales, son militantes desde temprana edad y ocuparon cargos importantes en los movimientos sociales que articularon sus respectivos partidos en esas épocas. Y es este el motivo de la atención constante de los partidos por los jóvenes. Los ven como reservas.
Estos jóvenes estarán “en la banca” mientras la sociedad soporte los lineamientos del partido, aunque estén un poco desgastados y tomarán las riendas cuando se necesite renovación con urgencia, tanto de nuevos nombres, como de nuevas ideas. Es una forma de asegurar la subsistencia de la colectividad, una carta bajo la manga, algo para reaccionar a las emergencias.
Captados a temprana edad, algunos jóvenes reciben formación teórica y práctica, según sea el caso. Siempre hay casos en que no hay ningún tipo de formación, o se descuida uno de los dos aspectos, porque sólo se recurre al carisma y otros recursos de marketing político con los que cuente el “joven promesa” por naturaleza. De todas maneras, generalmente, emprenderá a tientas el rumbo por un lúgubre sendero donde nadie sabe bien qué hacer, cómo hacer y por qué hacer. Porque, como ya he indicado antes, al menos en Chile; el rol, importancia y funciones de los partidos políticos, son asuntos meramente nominales.
Ser joven y ser militante, es de por sí condenarse a pertenecer a una minoría. Primero, te conviertes en parte de un minúsculo grupo ciudadanos que militan en partidos políticos y a un grupo más pequeño aún de personas de su misma edad, que se comprometen a tal extremo de inscribirse en un partido político. Y sí, tal vez eso lo hace sentir importante. El mayor problema es que será minoría dentro de su propio partido. Y no todos tienen vocación para banca.
Imagínense, ingresar a una colectividad, lleno de entusiasmo y convicciones, pero encontrarse con un enorme bloqueo. Te das cuenta que el principal obstáculo para lograr esa sociedad ideal con la que sueñas, no son los poderes fácticos del inframundo, ni las grandes conspiraciones mundiales. sino tus mismos correligionarios.
Algunos se conformarán con escuchar a “los antiguos”, algunos se convertirán en hijos adoptivos, manos derechas, fieles colaboradores de los “pesos pesados”. Y otros asumirán su rol de banca.
Estoy convencido de que, cuando les toque jugar, cuando les toque ir a la cancha, no sabrán hacer más que imitar. Repetirán, reproducirán, replicarán, cada cosa, cada acto, cada palabra y gesto de sus predecesores. Y, para colmo de males, el pensamiento del predecesor en vez de servirle de base, será su marco. No podrá salir de ahí.
Ese es un ciudadano adoctrinado, desde muy joven, en forma sistemática y avasalladora, su sentido crítico ha sido maltratado y su conciencia fue cauterizada. No puede pensar más allá de su ideología y su partido. Se produjo un nuevo fiel de la partitocracia, un esclavo de ese vicio contra el cuál ya nos advirtió oportunamente el filósofo Español Gustavo Bueno.
A esas alturas, no quedan rastros de joven idealista alguno, ni de sueños de cambio, ni de propuestas de reforma. Van a jugar, pero con las reglas que han visto seguir a sus predecesores, aunque sean contrarias al sentido común, la lógica y la decencia. Aunque sean contrarias a la esencia, al rol y a los objetivos de un partido político, dentro de un sistema de partidos políticos.
A esas alturas, ese “ex joven” ha relativizado todo, ha perdido la capacidad de asombro y de indignación. Cuando se desate un desastre dentro del partido que comprometa su fe pública, dirá resignado y al unísono junto a sus correligionarios: “Así es la política” y desviarán la mirada.
Ustedes, al igual que yo, conocen mucha gente así.
Entonces, ¿dónde está la importante labor que realizan los partidos políticos? ¡No está, porque no existe! ¿Dónde están esas virtuosas organizaciones que describe la Ley 18.603?
Aquí es donde uno se inclina por la idea de que los partidos políticos, en realidad, no tienen razón de existencia, y que el sistema de partidos políticos no es el mejor. De todas formas, no desconozco el derecho que tienen las personas de formarlos e integrarlos.
Como dije anteriormente, en Chile, menos de un 5% de los ciudadanos milita en algún partido político. Y si esas minúsculas cúpulas han sabido contribuir al desastre social, político y económico en estos dos siglos, desde que aparecieron como sencillos y aparentemente inofensivos bandos, no me quiero ni imaginar cómo sería si tuviéramos más partidos, más facciones y termináramos fortificando el sistema de partidos, dándoles más importancia de la que en verdad tienen o se merecen.
Los Partidos Políticos son una forma moderna de integrar una especie de “tropa de asalto”. Como ciudadano, lo que veo es que, la única finalidad que tienen o persiguen los pseudo partidos políticos, es disputar el poder, querer tomarse, ahora por la fuerza de las ideas y la capacidad de convencimiento (o persuasión) el poder, el tesoro público, los cargos públicos y una serie de privilegios que trae consigo jugar al representante en una democracia representativa. Acaparar para su propio beneficio.
Estoy convencido de que la democracia puede subsistir perfectamente, prescindiendo de esa lucha ciega por el poder, esa disputa desde la ambición y no desde las ideas. ¿Cómo podría depender la democracia del pillaje político y de la ambición de ciertos grupos? ¿Desde cuando las cosas buenas dependen de hacer cosas malas o tolerarlas?
¿Acaso las ideas son un talento exclusivo del militante? ¿El candidato cívico (independiente) no tiene cerebro, no puede estudiar, no puede pensar la sociedad, filosofar sobre su entorno y sugerir cambios?
De pronto, las mejores ideas vienen del mundo independiente. Pero ese mundo tiene muchas trabas para disputar el poder. Otra vez, igual que el joven militante, los idealistas se pierden en el camino. El independiente, si quiere disputar el poder, tendrá que terminar negociando un cupo con “los antiguos” de algún partido convencional o tradicional. Y de seguro, terminará pensando y haciendo las cosas “a la antigua”. En fin, ahí podemos identificar un peligroso círculo vicioso.
Me permito señalar entonces, fruto de este análisis, que no necesitamos más Partidos Políticos, ni conglomerados, lo que sí necesitamos necesitamos es un nuevo sistema político y electoral. Los partidos políticos no han logrado validarse ante la ciudadanía, porque actúan más como un grupo de interés que como un grupo intermedio, no contribuyen a la discusión pública y para colmo, aumentan el gasto público. Tampoco han logrado validarse ante el legislador, porque, insisto, en lo substancial, las organizaciones que dicen ser partidos políticos en Chile, no logran aprobar una examinación seria a la luz del Art. 1 de la Ley de Partidos Políticos. En estricto rigor, ni siquiera deberían estar legalizadas.
Estas organizaciones tampoco han sido capaces de producir políticos. La Nueva Mayoría nos ha dado el mejor ejemplo sobre este asunto, cuando proclamaron a Alejandro Guillier como candidato presidencial, a un periodista, que nunca ha militado, que es independiente y que dice públicamente: “Yo no soy político”.
¿Qué mejor evidencia que esa? Entre tantos partidos políticos, con tantos militantes de años, ¿ninguno de ellos estaba a la altura? ¿Por qué recurrir a un periodista, que siempre estuvo desvinculado de la cosa pública y que, para colmo del sin sentido, creyó en el proyecto de Sebastián Piñera, el candidato de la derecha, en las elecciones de 2010, es decir que, en el pasado, tenia más cercanía o afinidad con el proyecto del otro bando?
Vuelvo a preguntarme, ¿cuál es el rol de los partidos políticos? ¿Qué hacen los partidos políticos? ¿Cuál es la necesidad que cubren? La ley es clarísima, pero la realidad, deprimente.
Me inclino por la idea de que no tienen ningún rol claro y relevante, en favor de la ciudadanía al menos, y que actúan como un simple grupo de interés, porque las únicas necesidades que cubren, son las de sus cúpulas y de algunos de sus asociados más regalones.
Sugiero, a tenor del estudio de Espinoza y Madrid, que dicho sea de paso recomiendo y también de nuestra legislación, la cual trata de convencernos de que el sistema de Partidos Políticos es perfecto e infalible, que al menos se revise nuestro sistema político y electoral, que se legisle para que cada Partido Político tenga una influencia acorde con su número de militantes en la cosa pública y que los requisitos de fondo para su existencia, sean mas importantes que los formales, por ejemplo: Si no contribuye a la formación de buenos ciudadanos, que no existan.
Además, siguiendo la línea de las sugerencias, si la verdadera mayoría (cosa de simples números) no milita en Partidos Políticos, debería ser mas fácil para los independientes inscribir candidaturas para disputar el poder político. Y que los requisitos para formar un Partido Político sean más estrictos, para acabar con el fenómeno del sectarismo político, donde un grupo escinde de otro y luego se van entremezclando, confundiendo a la ciudadanía y propendiendo a la política del caudillismo, que es otro vicio para la democracia.
Y, lo más importante, que el Estado asuma el rol que nadie está cumpliendo, de proporcionar educación cívica y formar ciudadanos comprometidos con los asuntos públicos y conscientes de su rol en la sociedad civil. El Estado no puede seguir descansando en organizaciones con tan poco alcance y que, evidentemente, no tienen intenciones en contribuir a alcanzar el bien común y menos aún, servir a los intereses de la nación.
Si los Partidos Políticos quieren seguir existiendo y nos quieren convencer para que se mantenga el sistema de Partidos Políticos, tendrán que revalidarse frente a la ciudadanía. Así las cosas, podrán mantener su influencia, siempre que cuenten con el beneplácito del pueblo. De otra forma, deberían estar preparados para su inminente (y tal vez necesaria) extinción.
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