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Juan Pablo Cárdenas S.

Después de 20 años

Juan Pablo Cárdenas S. | Jueves 8 de octubre 2009 16:53 hrs.

Estos últimos años son suficientes para abandonar la idea de que en  la institucionalidad vigente vamos a superar las graves injusticias y discriminaciones que afectan a la gran mayoría de los chilenos. Es preciso que la movilización social recupere la fuerza que siempre demostró en la historia para alcanzar los cambios...


Estos últimos años son suficientes para abandonar la idea de que en  la institucionalidad vigente vamos a superar las graves injusticias y discriminaciones que afectan a la gran mayoría de los chilenos. Es preciso que la movilización social recupere la fuerza que siempre demostró en la historia para alcanzar los cambios. La consolidación de nuestra soberanía financiera y económica, la conquista de trabajo y salario justo, el acceso igualitario a la educación, entre tantas otras demandas, no van a derivarse de una institucionalidad autoritaria y excluyente, de un parlamento ilegítimo en su composición, en el enseñoramiento de los poderes fácticos y con políticos arrodillados ante los propietarios del dinero, la arrogancia militar y la corrupción de los partidos.

Las campañas electorales nos ofrecen superar la escandalosa inequidad, promover reformas democráticas y acabar con lacras como la delincuencia. Sin embargo, nuestro crecimiento es más que discreto; la cesantía casi llega al 11 por ciento, los niveles de sindicalización y participación ciudadana no prosperan. Así como la violencia y el crimen organizado  desafían la tranquilidad de ricos y pobres.  Para colmo y, pese a la crisis, los bancos y empresas extranjeras recaudan en nuestro territorio las más pingües utilidades del mundo.

Con más represión y ley antiterrorista se reprimen las justas demandas de los pueblos indígenas y con una tajada grosera del presupuesto de la nación y de las exportaciones del cobre se complace a los uniformados. Todo esto, mientras los hospitales se desquician por falta de recursos, las escuelas públicas se desmoronan ante el paso del tiempo y la convivencia nacional se deteriora cada día en las abismantes desigualdades. Para acotar más todavía nuestra precaria  participación ciudadana, en el Congreso está lista una disposición para consagrar el voto voluntario y el gobierno renuncia o deja para la próxima administración las reformas prometidas al mundo laboral. En el ánimo cierto de no intranquilizar a las cúpulas empresariales y estimular sus aportes al financiamiento electoral.

Los candidatos, en fila, han ido a exponer sus intenciones ante los empresarios, el Ejército, la jerarquía eclesiástica y estas curiosas entidades que le han arrebatado a la autoridad intelectual que antes tuvieron. Nos referimos a esas llamadas “think tank” financiadas desde el extranjero o por aportes empresariales oblicuos que determinan lo “políticamente correcto”, manipulan los sondeos públicos y determinan desde los medios de comunicación qué candidatos están dentro del “establishment”, cuáles se sitúan en una posición díscola sin mayores riesgos y a quienes simplemente conviene ignorar. Total, entre la dictadura y esta post dictadura no ha habido mayores cortapisas a su propósito de que todo se mantenga igual, Chile sea la copia feliz del modelo neoliberal y nuestros gobiernos se mantengan como hijos dilectos de la Casa Blanca, el Fondo Monetario Internacional y otras instituciones extranjeras en la que van a descansar o reciclarse nuestros ex ministros de Hacienda y grandes ejecutores de este milagro chileno que hace a los ricos cada vez más ricos y a los pobres se los engatusa con farándula televisiva y uno que otro bono para consumir en fechas onomásticas.

No quisiera dejar la idea de que todo está perdido y que la próxima contienda electoral nos espera más de lo mismo. Hay que celebrar algunas saludables rupturas, candidatos que desordenarán la repartija de escaños en el Congreso y abren posibilidad de que se consoliden, desde la izquierda, nuevos e indispensables referentes. En la condición humana, no hay que descartar, incluso, que candidatos multimillonarios se resuelvan ahora a repartir más desde el Estado a los pobres. Otros que, a la luz de su dilatada trayectoria en  la política, se animen a ponerle término a tanta corrupción, cuoteo, como aquellas prebendas que también los favorecieron. Quizás si alguien nos brinde alguna sorpresa ya instalado en La Moneda o el Parlamento. Todo es posible. Pero ningún cambio será  sólido si el pueblo sigue esperando un milagro o un mesías que nos conduzca a la tierra prometida… El desafío será siempre consolidar poder social, alentar la movilización, sobrepasar el orden vigente y reconocer como líderes a los que están dispuestos a obedecer los anhelos del pueblo. A ser mandatarios, más que sus gobernantes.

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