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Los efectos políticos del Nóbel a Obama

Columna de opinión por Hugo Mery
Viernes 16 de octubre 2009 15:20 hrs.


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Paralelo al debate internacional sobre la decisión del comité noruego, se suscitaron una serie de escarceos internos, tanto en la tranquila democracia escandinava como en los EEUU. El punto es que el controvertido premio logre presionar y alentar los cambios a nivel internacional que viene promoviendo el líder de la Casa Blanca en los nueve meses que lleva allí.   

Continúan hasta el día de hoy las repercusiones del Premio Nóbel de la Paz otorgado a Barack Obama la semana pasada. Paralelamente a la sorpresa generalizada con que se recibió el anuncio en el mundo se suscitaron escarceos internos en la política noruega, la que –como ocurre en los países nórdicos- suele ser aburrida y monótona.

La oposición pidió nada menos que la dimisión del ex  Primer ministro social demócrata Thorbjöns Jagland, cabeza del comité que discernió el premio, en tanto que el diario conservador populista “Verdens Gang” –el de mayor circulación en el país- difundió el trascendido de que tres de los cinco miembros de ese comité se opusieron en un primer momento a nominar a Obama. La decisión se tomó por unanimidad, porque así lo establecen las reglas, salió a recordar el cuestionado político. La filtración es inédita en la historia de los Nóbel y revela hasta qué punto se encendió la polémica en esa tranquila monarquía constitucional.

Pero mayores son los efectos de la distinción al Presidente dentro de los Estados Unidos mismos y en las relaciones de éstos con el resto del mundo. Desde luego, son atendibles todas las razones para señalar que el Nóbel resulta prematuro para un líder que lleva apenas nueve meses en el ejercicio del mando supremo y que por eso mismo no puede exhibir muchos frutos aún. Aquí convendría dejar de lado las ironías: que esto confirmaría la calidad de estrella internacional de Obama, al que ahora le faltaría recibir un Oscar, y que las exageraciones de sus millones de fans en el extranjero favorecerían en último término a sus adversarios republicanos.

Los afanes para llevar agua a los molinos propios dan para todo: también se habló de una humillante derrota a su liderazgo al no conseguir para Chicago la sede de los Juegos Olímpicos. Lo cierto es que el ascenso de Obama despertó una expectativa que puede resultar exagerada y una esperanza fácilmente defraudable, porque no basta la historia de vida de un líder progresista que  quiere cambiar ciertas cosas para que los formidables poderes fácticos puedan doblegarse: el complejo militar industrial, en primer lugar, está tan enmarañado en la vida estadounidense, con toda suerte de ramificaciones, que sus intereses resultan intocables, a menos que se quiera revertir un orden de las cosas que, por añadidura, se asienta a nivel planetario.

Pero, ¿qué hacer, seguir como se está o declararse inconforme? Se ha dicho que con el temprano Nóbel de la Paz se quiso marcar la diferencia con la política torpemente belicista de su predecesor y con ese “conservadurismo compasivo” dudosamente paternalista que se instaló durante ocho años en la Casa Blanca. Nos inclinamos más bien por una presión amistosa, un aliciente lleno de exigencia para que Barack Obama cumpla con sus históricos discursos en pro de un acuerdo de civilizaciones a través del diálogo, la legalidad y el compromiso entre interlocutores que pueden ser desiguales, pero que detentan exactamente los mismos derechos.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.