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Hugo Mery

Alan García frente a sus demonios

Hugo Mery | Viernes 20 de noviembre 2009 16:34 hrs.

Con sus renuncias a los ideales del APRA de nacionalización de tierras e industrias y unidad latinoamericana, el Presidente peruano trata de conjurar su débil posición política, congraciándose con las élites empresariales y los sectores chovinistas, que ven con recelo una segunda invasión chilena, ahora económica. 


Con sus renuncias a los ideales del APRA de nacionalización de tierras e industrias y unidad latinoamericana, el Presidente peruano trata de conjurar su débil posición política, congraciándose con las élites empresariales y los sectores chovinistas, que ven con recelo una segunda invasión chilena, ahora económica. 
 
En el centro del escenario de la obra de espionaje de Chile a Perú se ha colocado un Presidente Alan García que enfrenta sus propios demonios políticos, empezando con la soledad con que ejerce el poder. Con menos de un tercio de adhesión ciudadana y casi dos de rechazo, García parece volver a las cifras originales de votación en primera vuelta -el año 2006-, que le dieron  entonces un esmirriado segundo lugar con un 24,33 por ciento, detrás del candidato nacionalista Ollanta Humala. A éste lo venció finalmente en el balotaje, con el vuelco de la votación derechista y moderada en su favor.

Su segundo drama empezó al volver a Palacio Pizarro: llevó adelante una política neoliberal con la cual renunció a uno de los ideales del APRA, la Alianza Popular Revolucionaria Americana que fundara en 1924 su maestro e inspirador político, Víctor Raúl Haya de la Torre. Ese ideal era “la nacionalización progresiva de tierras e industrias”, que Alan García quiso concretar, desastrosamente, durante su primer mandato, al intentar, en 1987, la estatización de la banca. Su enfrentamiento con la élite empresarial y la comunidad financiera internacional marcó su gestión, pero no fue lo único, ya que se sumaron la corrupción gubernamental y el asesinato de presos políticos amotinados.

En su actual período, García ha logrado congraciarse con el poder económico criollo y mundial, obteniendo buenas estadísticas a nivel macro, pero eso le ha enajenado el apoyo popular.

El tercer drama del Presidente del Perú es su temor a que los militares resuciten su rivalidad histórica con el partido Aprista, la que los llevó a ejercer un tajante veto a que Haya de la Torre y sus seguidores accedieran al mando supremo, mediante fraudes electorales y golpes de Estado. El veto se extinguió sólo en 1985, cuando un bisoño y gigante heredero de 35 años de edad y dos metros de estatura alcanzó lo que el maestro nunca pudo obtener.

Hoy la espada militar se blande a través de los movimientos ultranacionalistas, a los cuales García sabe  que no puede desairar. No bastó que derrotara en el balotaje a Humala con un 52,6 %, puesto que aquellos constituyen un poder fáctico asentado en las cúpulas de las Fuerzas Armadas. Así lo probó el exabrupto del general Donayre, a quien no pudo siquiera apuntar con el dedo cuando el jerarca de cuartel profirió sus sarcasmos antichilenos. Rehén de esos sectores y de la prensa “chicha” que anima el baile chovinista, el compañero Alan ha tenido que olvidarse de su camaradería con los socialistas chilenos y de su admiración por la Concertación, con cuyos representantes ha tenido siempre asiduos contactos.

Eso no le impidió, sin embargo, esbozar ya durante su primera Presidencia la reivindicación de los límites marítimos con el vecino del sur, y que finalmente convirtió –hace un año- en un caso ante el Tribunal de La Haya. No bastando la estrategia jurídica, Lima ha tenido que desarrollar una ofensiva política y mediática que la lleva a denunciar con acritud ante la comunidad mundial el armamentismo chileno y el nuevo episodio de espionaje, uno más en una añosa lista de acusaciones recíprocas. Como si el espionaje no fuera ejercido –secretamente hasta que los pillan- por todos los Estados del mundo, que para eso mantienen sus servicios de inteligencia y contrainteligencia.

Así el único Presidente aprista se ve enfrentado a la ruptura con otro de los ideales vertebrales del APRA: la Unidad Política y Económica de América Latina. En vez de ir más allá de la integración comercial, de capitales y de personas desarrollada irresistiblemente en las últimas décadas, ha puesto el acento en reclamos que él sabe que no pueden llevarse por “cuerdas separadas”, como pretendía, sin tensionar el conjunto de las relaciones entre dos naciones condenadas geográficamente a convivir una al lado de la otra. Abierta la puerta al nacionalismo, los sectores ultra hacen sentir en el ambiente que la inversión de capitales y el intercambio de mercaderías constituyen una nueva forma de invasión a su territorio.