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Julio Hurtado

Presos en el auto

Julio Hurtado | Lunes 30 de noviembre 2009 16:22 hrs.

Creo que podemos afirmar, sin exagerar, que Santiago, y en general nuestras ciudades, están prisioneras del uso indiscriminado e irracional del automóvil.


Creo que podemos afirmar, sin exagerar, que Santiago, y en general nuestras ciudades, están prisioneras del uso indiscriminado e irracional del automóvil.

El viernes recién pasado se llevó a cabo en Santiago y en Concepción el evento “park(ing) day” (así, en inglés), en el cual algunos estacionamientos se convirtieron en bosques y huertos, intentando llamar la atención de una manera lúdica y hermosa acerca del valor de las áreas verdes en la ciudad.

Debido al sostenido crecimiento económico y a la revolución en las comunicaciones, nuestro país se demora muy poco en adoptar ciertas tendencias y modas que ocurren en el primer mundo. Como toda adopción apresurada, se corre el peligro de constituirse en un evento superficial y de moda. De todas maneras, es una forma interesante de micro impactar en nuestra ciudad y de llamar la atención de ciertos problemas que nos aquejan.

Creo que podemos afirmar, sin exagerar, que Santiago, y en general nuestras ciudades, están prisioneras del uso indiscriminado e irracional del automóvil. Salvo los sectores de más altos ingresos, para la casi totalidad de la población chilena, el automóvil es la máxima aspiración de consumo,  después de la vivienda. Incluso, muchas veces el orden de estas aspiraciones, vivienda-automóvil, se trastoca.

Hay muchos estudiosos del tema urbano y social que sostienen con mucha fuerza que hay que desincentivar la adquisición de automóviles por parte de estos grupos emergentes. Esta posición, si bien tiene un alto grado de racionalidad, respecto al funcionamiento de la ciudad, tiene también un leve halito aristocratizante. Ya que, normalmente los que hablan en contra de la adquisición de automóviles,  provienen de familias que por varias generaciones han tenido acceso a la propiedad y al uso del automóvil. Hay que tener en cuenta que estos grupos emergentes, deseosos de incorporarse masivamente a este club, constituyen primera generación motorizada, ya que el auto tiene un alto valor simbólico de movilidad social y de bienestar. Creo que la gente tiene derecho a expresar su bienestar simbólico a través de la compra del automóvil.

Es en este punto donde debemos hacer un esfuerzo analítico y separar conceptualmente la libertad que tenemos todos para adquirir el automóvil, con la de su uso indiscriminado. Ya que en el contexto de la misma libertad, el uso del automóvil no puede significar el deterioro en la calidad de vida y en la velocidad del transporte de los otros habitantes de la ciudad.

Las externalidades urbanas que provoca el uso del automóvil son evidentes y son responsables, en gran medida, de los serios problemas que sufren nuestras ciudades, especialmente nuestra capital, tales como la contaminación, la congestión, la ineficiencia,  el excesivo gasto, y depredación del medio ambiente. Santiago es una ciudad en que sus niveles de contaminación son casi criminales. Los más perjudicados son ancianos y niños pobres

El uso del automóvil es a lo menos diez veces más congestionante y contaminante que el uso del transporte público. Es decir, el usuario del automóvil genera externalidades negativas, que actualmente no las internaliza. En otras palabras, el automovilista genera problemas al resto de los ciudadanos y no paga por ello. Es el conjunto de los ciudadanos los que pagamos, mediante la mayor contaminación y la mayor demora por congestión, la satisfacción del automovilista. Por lo tanto, es un deber de la política pública fomentar el uso del transporte público y  desincentivar el uso del automóvil.

El actual modelo de fomento desenfrenado del uso del transporte individual, presión de poderosos intereses mediante, es insostenible  desde el punto de vista del uso de combustible, de la contaminación, del calentamiento global, de la crisis energética (debilidad permanente de nuestro país), del gasto financiero y, especialmente, de la insostenible e insoportable disparidad social que vivimos en nuestra ciudad.

Es decir, no es inocuo el uso desenfrenado del automóvil. Perjudica a la gran mayoría de la población y con mucha fuerza a los más pobres.

Pero cabe preguntarse si las autoridades tendrán la suficiente voluntad política, y la capacidad de resistir la presión de estos poderosos grupos. Por mientras, tendremos que conformarnos con estos tímidos llamados de atención como el park(ing) day.

El contenido vertido en esta Columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Diario y Radio Universidad de Chile.