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Hugo Mery

Los hondureños como corifeos

Hugo Mery | Viernes 4 de diciembre 2009 18:22 hrs.

Lo ocurrido en Honduras dejó el tufillo de las  élites del poder, que arreglan y deciden todo, reservándoles a los ciudadanos de a pie el rol de votantes en una precaria democracia, reducida a una mínima expresión electoral.


Lo ocurrido en Honduras dejó el tufillo de las  élites del poder, que arreglan y deciden todo, reservándoles a los ciudadanos de a pie el rol de votantes en una precaria democracia, reducida a una mínima expresión electoral.

Que el mundo es unipolar se acaba de confirmar dramáticamente en la región latinoamericana. Desde que Estados Unidos comenzó a desmarcarse de la condena del conjunto de la comunidad internacional al viciado proceso político de Honduras, el golpismo en ese país pudo seguir adelante en su plan de consumar el despojo de la Presidencia legítima de Manuel Zelaya.

La suerte quedó echada cuando Washington alentó la celebración de las elecciones previstas para el 28 de noviembre, al margen de que se cumpliese o no el acuerdo San José-Tegucigalpa. Se ha hablado del “cinismo” de los golpistas al firmar compromisos que no iba a cumplir, pero habría que añadir la “malicia” de los gobernantes de EEUU y Costa Rica y la “ingenuidad” de aquellos que no exigieron mayor precisión en los textos acordados. En la trampa cayeron desde Lula hasta el secretario general de la OEA, pasando por el verificador Ricardo Lagos, quien el miércoles en CNN se vio en apuros para sortear las preguntas de una avezada entrevistadora.

El ex Presidente chileno habló de ilegitimidad en el origen de la resolución del Congreso de no restituir a Zelaya, la que terminó por romper –dijo- el acuerdo entre el Presidente constitucional y el gobierno de facto. Como éste último creyó que podía llevarlo adelante por sí solo antes de las elecciones del domingo, la comunidad internacional tendrá dificultades para reconocer a las nuevas autoridades salidas de esos comicios, agregó.

Lagos defendió de hecho la ambigüedad del acuerdo roto al sostener que llevaba “implícita” “una forma elegante de restituir” al derrocado Mandatario.
Pero el propio afectado fue más tajante, al acusar a EEUU de dividir a América Latina: “Nos ha traicionado, arreglando su casa, pero desarreglando la nuestra. Ha incumplido los acuerdos que firmamos en su día, negociando a nuestras espaldas”.

¿Con quiénes negoció Washington? Con Micheletti, a quienes también los directivos de la OEA y los verificadores estrecharon la mano, pero principalmente con Porfirio Lobo, el candidato presidencial de la derecha que finalmente se alzó con el triunfo en unas elecciones cuyo grado de participación popular no han sido capaces de precisar ni el Tribunal Supremo Electoral ni veedores internacionales que acudieron, como los del Partido Popular Europeo.

El tufillo que deja lo ocurrido en Honduras tiene que ver con un  pueblo que ha quedado como mero espectador de lo que deciden y arreglan los grupos oligárquicos. Lo dijo el analista de ese país Manuel Torres al planteársele si el gobierno elegido era realmente legítimo: “Hay que revisar y cuestionar –dijo- el concepto de democracia que la reduce a la mínima expresión electoral. Si no representa cambios económicos y sociales de fondo es evidentemente un proceso muy precario”.

Todo lo que se desarrolló durante cinco meses -desde que se deportó en pijamas al Presidente de la República, se le acogió en el exterior y se le protegió diplomáticamente, hasta lo que se negoció multilateralmente para que no cundiese el mal ejemplo- tuvo como protagonistas sólo a las élites del poder, reservándole a los ciudadanos de a pie, en última instancia, sólo el papel de corifeos con derecho a voto.

El contenido vertido en esta Columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Diario y Radio Universidad de Chile.