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La farsa sin final feliz

Columna de opinión por Hugo Mery
Viernes 29 de enero 2010 17:20 hrs.


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En Honduras todos perdieron, excepto los golpistas, claro está. Todo conduce finalmente a una legitimación de procesos antidemocráticos, lo que se traduce en involución para una América Latina que se debate aún entre la libertad y la justicia y las acechanzas de los poderes fácticos.

Y “cayó el telón sobre la farsa sin final feliz”. Lo que dice la letra del tango de Caló podría trasladarse a una bachata hondureña para graficar lo que acaba de concluir en el país centroamericano: un drama de siete meses de duración en el que los villanos fueron los únicos que se salieron con la suya. Todos los demás perdieron: desde luego el Presidente legítimo Manuel Zelaya, quien no logró reinstalarse en el mando, pese a sus denodados esfuerzos desde el mismo día de su derrocamiento, el 28 de junio.

Perdieron todos quienes lo apoyaron, desde los líderes del Alba, con Chávez a la cabeza, pasando por  los que lo hicieron más bien tibiamente, como Costa Rica y Chile, y los que pusieron su peso específico en la región: Brasil, México y Argentina. Perdió la OEA, porque una vez más no fue capaz de resolver un conflicto en el escenario interamericano. Lo dicen, por distintas razones, desde todos los sectores.

Unos porque José Miguel Insulza tomó una posición tajante contra los golpistas y eso le quitó ductilidad; otros por todo lo contrario: le faltó más firmeza frente a Micheletti y los suyos, mientras que los críticos más derechistas dijeron que el chileno no fue capaz de prevenir situaciones como el supuesto intento de reelección del Presidente Zelaya. Como si un organismo multilateral con un apretado corsé jurídico pudiese actuar sobre la base de juzgar intenciones.  En lo que todos parecen coincidir es que a que la OEA le faltan aún herramientas para actuar con eficacia. En la coalición que sustenta el futuro gobierno chileno están invocando como requisito para apoyar la reelección del secretario general que se la juegue para prevenir conatos antidemocráticos, por ejemplo, del gobierno venezolano, sin observar el mismo rigor para los golpistas de Honduras.

Allí perdieron también los otros organismos multilaterales, como el Grupo de Río y la mismísima Organización de Naciones Unidas, que abogaron infructuosamente por la reposición de las autoridades legítimas. Perdieron la Unión Europea y los Estados Unidos, y perdió Obama, quien con algún atraso, es cierto, pero claramente, se pronunció en primera instancia por Zelaya, para con el correr de los días entibiar su actitud, negociar con Micheletti, alentar las elecciones  convocadas por éste y, finalmente, reconocer al nuevo gobierno salido de esos comicios, enviando a la asunción a su representante  diplomático para la región, Arturo Valenzuela.

Se perdieron muchos años de progreso democrático en un subcontinente que se la había ganado a los cuartelazos de Estado. Quienes abrigaron esperanzas en la Cumbre de Trinidad -a poco de inaugurado Obama- de que las cosas empezarían a cambiar en las relaciones hemisféricas se encontraron, en el primer test, con una mala aplicación del principio de no intervención. Como lo dijo en su momento el propio presidente estadounidense: no me pidan intervenir en algunos casos y en otros no.

Por sobre todo, perdió el pueblo hondureño, el que a sus conocidas precariedades sumó la pérdida de por lo menos 200 mil empleos a partir de los sucesos de junio. La Resistencia interna teme que ante el retroceso de la inversión extranjera, de la cooperación financiera internacional y del endeudamiento público el nuevo gobierno intente empujar  “la inversión privada con más incentivos fiscales y a costa de un retroceso en materia de derechos laborales”.

Los grandes perdedores de la crisis temen no sólo por el sello neoliberal de las clases dirigentes, sino por el carácter de empresario del Presidente Porfirio Lobo  –el mismo de muchos de sus antecesores- y por un hecho decidor: junto con dictar la amnistía política – en consonancia con la absolución judicial de los golpistas- , el ungido de las cuestionables elecciones de noviembre último designó como Canciller a otro empresario, lo cual sugiere que más importante que la legitimación internacional es el restablecimiento de los flujos comerciales, capitales y créditos.

Total, la normalización diplomática vendrá con el tiempo, por imposición de los porfiados hechos. Ese es el sabor amargo que deja el episodio de Honduras: se legitima soterradamente un proceso antidemocrático, lo  que significa involución para una América Latina que se debate aún entre la libertad y la justicia y las acechanzas de los poderes fácticos.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.