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Juan Pablo Cárdenas S.

Un collar de esmeraldas

Juan Pablo Cárdenas S. | Martes 9 de marzo 2010 4:26 hrs.

El pillaje que siguió al terremoto es simplemente expresión de los fundamentos que sustentan nuestra realidad económica y social. Es, además, consecuencia de la impunidad que favorece a las más graves expresiones de vandalismo...


El pillaje que siguió al terremoto es simplemente expresión de los fundamentos que sustentan nuestra realidad económica y social. Es, además, consecuencia de la impunidad que favorece a las más graves expresiones de vandalismo.  Desde los inicios de nuestra sísmica historia hay quienes se aprovechan de las circunstancias, sobre todo en situaciones de caos y angustia.

Pero no hay que ir tan atrás. Basta que nos remontemos al pillaje que siguió a la instalación de la Dictadura cuando los militares arrasaron hasta con las especies personales del Presidente depuesto. Situación que se prolongó con la venta a precio vil de las empresas del estado, como que, de la noche a la mañana, simples funcionarios públicos adictos alcanzaran el estatus de  “hombres de negocio”, gracias a lo que se le sustrajo sin apelación  a todos los chilenos. Una supuesta amante del Dictador ostentó mucho tiempo un hermoso collar de esmeraldas que se había donado para la “reconstrucción nacional” que prometía el régimen castrense.

Es sabido que el nuevo arquetipo de empresario no es el de ese viejo emprendedor que trabajaba codo a codo con sus operarios y que se enorgullecía del empleo que generaba y de las condiciones laborales que propiciaban sus fábricas e industrias. El exitoso, ahora, es el que gana más dinero en breve tiempo; es decir, pagando el mínimo y exigiendo el máximo. Tratando siempre de evadir o eludir los impuestos o simplemente quedándose con los recursos previsionales de sus trabajadores. Hay quienes se enorgullecen de ganar sólo en un día el equivalente a todos los salarios de su personal. El “valor agregado” de nuestros productos de exportación se sabe que resulta del salario injusto y de las granjerías que empresas obtienen del poder político a cambio de las coimas que reparten para financiar la política y la falta de probidad.

Es de reconocimiento general que los partidos políticos han infectado la administración pública de operadores que manejan los presupuestos fiscales, rapiñan la caja chica y otorgan concesiones a empresas que saben muy bien sobornarlos para  ganarse las licitaciones públicas. Exasperadamente  lentas avanzan las investigaciones judiciales en tal sentido y las primeras condenas realmente resultan jocosas en relación a la cuantía de desfalco fiscal.

El micro tráfico de estupefacientes se impone en las poblaciones más pobres y con ello se le ha dado sitio a todas las formas de delincuencia que proveen de material informativo a los noticiarios de televisión. Todo el mundo se escandaliza con esto, pero desde La Moneda se indulta a los grandes narcotraficantes chilenos y se le da asilo y albergue a uno de los más tenebrosos narcotraficantes mexicanos. Una denuncia que permanece por más de 10 años en la más completa impunidad.

Los propios obispos han condenado la usura bancaria, así como se denuncian los arbitrarios cobros de las cuentas de los servicios básicos. Así como es sabido que las más grandes empresas del cobre arrasan con nuestros yacimientos y no pagan lo mínimo razonable por estas graves prácticas de rapiña productiva. Los médicos extienden licencias de trabajo falsas, cuanto que las empresas constructoras profitan con las viviendas sociales que duran menos de un lustro, como ahora con la construcción de edificios que prometieron ser anti sísmicos. Hasta las asignaciones para fomentar el deporte y  el empleo han sido desfalcadas, sin que hasta ahora sean condenados sus hechores.

La explicación de todo esto hay que encontrarla en la “condición humana”, pero muy especialmente  en los paradigmas que rigen nuestra economía, como en una democracia que ni siquiera  ha resultado representativa. En el progreso o desarrollo que sólo se traduce en enormes ganancias para algunos y peligrosos rezagos para la mayoría. En la falta de independencia de nuestros tribunales. En el régimen que sigue tutelado por los militares que se favorecen por el miedo que le tienen los gobernantes. En la ausencia de organización social, fuerza sindical y gremial. En la solidaridad acotada a instituciones de beneficencia. En un estado maniatado por una ideología desquiciada que simplemente no reconoce los valores de la igualdad y justicia social.

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