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Año XVI, 18 de mayo de 2024


Escritorio

La iglesia en pecado

Columna de opinión por Juan Pablo Cárdenas S.
Lunes 22 de marzo 2010 14:09 hrs.


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Seguimos atónitos las noticias que se suceden en Chile y en el mundo sobre sacerdotes pedófilos y vinculados a graves prácticas de corrupción y abusos de menores. La dimensión de los escándalos pone en tela de juicio a una de las instituciones morales más influyentes de la humanidad por la incapacidad demostrada por la Jerarquía Eclesiástica en darle solución a un fenómeno que, sin duda, tiene mucha explicación en la vigencia del celibato y la imposibilidad de miles de sacerdotes y religiosas de contraer matrimonio, establecer familia y practicar una sexualidad normal.

Ya no se trata de casos aislados. En nuestro país se acaba de detener a un sacerdote español dedicado a la preparación y difusión de pornografía infantil, lo que supone la existencia de decenas de niños abusados o inducidos a ser parte de una red de corrupción mundial. Asimismo, la propia investigación patrocinada por El Vaticano concluye en las repugnantes prácticas sexuales del  ex superior de los Legionarios de Cristo, orden o secta que maneja millonarios recursos derivados de la explotación de universidades y establecimientos educacionales que, hipócritamente,  se distinguen por sus orientaciones educacionales ultra reaccionarias en materia de sexualidad. Se sabe que un alto dignatario de la iglesia chilena ha recibido protección en un claustro en Alemania para evitar la acción de la justicia, así como de los millones de dólares que ha debido pagar en indemnizaciones la jerarquía estadounidense a los que fueron abusados por sacerdotes y obispos de forma sistemática y por largo tiempo. Con dinero y apelando al secreto de los creyentes, se taparon durante décadas fechorías cometidas bajo el alero de las iglesias europeas, las que recién hoy quedan al descubierto.

Lo más increíble es la rigurosidad con que el catolicismo oficial se opone al control de la natalidad y el uso de métodos anticonceptivos, así como el estigma que se le arroja a quienes se provocan aborto o los inducen, mientras se conocen los casos de sacerdotes que engendran hijos sin reconocerlos y que, en muchos casos, resultan abandonados. La más hermosa herencia del Evangelio, como son los valores del humanismo, la defensa y promoción de los Derechos Humanos, el amor al prójimo,  la igualdad y solidaridad, son terriblemente vulnerados por los propios predicadores y sus redes de depravados y cómplices. Quienes, como muchas veces se advierte, son favorecidos con la impunidad que en los distintos países se les brinda a las iglesias por su poder temporal y afianzamiento en la fe popular.

Mucho de la indolencia que existe en denunciar y castigar la perversión entronizada en la Iglesia tiene también fundamento en aquellos católicos que se asumen como obedientes súbditos de una institución monárquica que le atribuye incluso infalibilidad a ciertas disposiciones de su sumo pontífice. En un tiempo en que el republicanismo y la democracia han sido adoptados como principios e ideales, incluso, por la propia Iglesia, dignatarios y encíclicas sociales. Se sabe de un sinnúmero de abusos que se cometen contra los niños en parroquias y colegios que son pasados por alto por los feligreses o los propios padres y apoderados de las víctimas. Así como los gobiernos toleran groseras injerencias en los programas escolares y en lineamientos de salud pública, merced al poder terrenal  o fáctico de las iglesias.

La iglesia romana debiera observar lo que sucede con otras denominaciones cristianas en que pastores y religiosas son jefes de hogar, padres y madres, al tiempo de cumplir satisfactoriamente con su vocación religiosa. No es que con esto queden mitigados los errores y las desviaciones, pero ciertamente los casos se reducen considerablemente. Al mismo tiempo, la Jerarquía debiera asumir que hay centenares de sacerdotes católicos que en diversas latitudes desoyen las exigencias del celibato y la soltería, consolidándose como pastores con enorme legitimidad y autoridad en su grey.

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El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.