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Año XII, 26 de septiembre de 2020

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Nuestra delincuencia

  Miércoles 23 de junio 2010 18:24 hrs. 




Señor director:

Con frecuencia se discute acerca de la delincuencia, la justicia y las leyes. De este bando y del otro aparecen expertos echándoles la culpa a los políticos, a los jueces, a los fiscales y a las leyes. En este caso, como en tantos otros, se dice a menudo que todos somos los responsables, como una manera cobarde para decir que no es nadie.

Si algo tienen en común estos análisis, es que parten por tratar de que la persona que ingresa al mundo delictual, cualquiera sea su modalidad y cualquiera su género o edad, no reincida y vuelva al redil de la gente honesta. Lo que se ha escrito acerca del Cisarro, el Poto Rico, el Coca Cola Chico y ese contingente de niños ladrones, da para varias tesis y basta que un Fiscal pajarón deje en libertad a un bandido, para que los focos de la tele y los dedos acusadores lo hagan trizas. Con razón o sin ésta. La televisión muestra a adolescentes ingresando a una farmacia o joyería y arrasando con lo que pueden, y al minuto se instala la majadería de la puerta giratoria, lo blandengue de las leyes o de lo desaprensivo de jueces y fiscales.

La autoridad exhibe sus números. No hay país que tenga más gente presa en proporción a sus habitantes. Aumenta la maravilla de tener prisiones privadas y la inversión en tecnología y medios disuasivos para las policías. La incautación de drogas ha aumentado en forma espectacular desde que Piñera hizo el negocio de llegar a La Moneda.

Los parlamentarios se disputan entre sí para demostrar quién la tiene más grande en su pelea legislativa con relación al control de la delincuencia. Los de la Concertación, desconcertados como andan en estos tiempos, dan explicaciones de lo hecho durante los últimos veinte años. Ex subsecretarios del Interior exhiben sus caras líticas, con un autocontrol de astronautas, para explicar que lo que no se hizo, en verdad se hizo y lo que se hizo mal en verdad se hizo bien. Expertos en mentir, las autoridades depuestas añoran los tiempos en que la impunidad se ejercía desde la Moneda y no desde el Parlamento, en donde la competencia es despiadada.

Sin embargo, estos dueños y administradores del sistema omiten un dato casi inocente. Que la delincuencia que cruza toda la sociedad no sale de la nada, no cae de un meteorito, ni emerge de la concha de un loco. Es creada, alimentada y educada por la cultura dominante. Se les olvida que la cultura de un país no es sólo la poesía de sus poetas, lo es también la delincuencia de sus delincuentes. Pocas cosas tan chilenas como el modo de robar de nuestros delincuentes: los desarrapados lanzas del centro y los estafadores vernáculos vestidos de Armani o Dolce & Gabanna.

Este país ha creado la delincuencia que hoy lo azota con las características propias de la cultura dominante impuesta a sangre y fuego en sus primeros diecisiete años de reinado, y mediante la manipulación en estos últimos veinte. De hecho, los ladrones han creado un lenguaje que ha sido capaz de influir el modo de hablar de todos los chilenos, delincuentes o no. Mal se puede desagregar la delincuencia a nuestra cultura.

Innumerables leyes intentan detener las erupciones sociales que afectan la propiedad privada. Para el efecto, el Estado dispone encarcelar a muchos por muchos años. Sin embargo, tratada sólo sus costras y supuraciones superficiales, todo indica que nuestra delincuencia seguirá existiendo, perfeccionando métodos, afinando la puntería, buscando nuevos blancos, mientras no sea el país el que cambie.

Se hace necesario fundar un país en que robar sea una decisión de guapos y no la imposición de la miseria. Uno en que las fortunas express sean tan sospechosas como el mal vestido transeúnte que amenaza de puro pobre la cartera de la señora y la billetera del caballero. Un país en que sea impensable un niño matando a otro por parecerse a lo que ve en la tele y en las consolas de sus juegos. Una sociedad en que los que roban en las AFP, el retail, los bancos, clínicas y el fierro de los edificios, sea tan castigados como el adolescente que se va a comprar las últimas Nike así sea que para el efecto deba escalar los muros de los ricos. Un país en el que tener tanto, al extremo de no saber qué hacer, sea tan absurdo como no tener nada,  al extremo de tampoco saber qué hacer.

De tanto irse por las ramas, los señores del poder se han convencido que la delincuencia es algo que sólo tiene que ver con la policía y que la miseria es una decisión religiosa de tontos de capirote. Y no un subproducto necesario de su cultura y la condición sine qua non para la existencia de delincuencia a niveles de epidemia.

Los dueños de todo instalaron por la fuerza esta idea de país que ha hecho infinitamente ricos a algunos a costa de que haya muchos estúpidos viviendo de un sueldo y muchas deudas. Y parece que habrá que esperar algún tiempo más hasta que aparezca otra fuerza que se proponga una cultura distinta a esta que cuando quiere ver más allá, lo hace a través de un espejo.

Ricardo Candia Cares