Diario y Radio Universidad Chile

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El ghetto de flores bordado


Jueves 22 de julio 2010 17:48 hrs.


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Ti prego di scusarmi si scrivo ghetto in italiano, e non “gueto” come si deve scrivere in spagnolo. Pasa que la palabra ghetto es italiana, y proviene del dialecto veneciano geto, o sea la fundición de hierro que en otras épocas estaba situada en un barrio reservado a los judíos. El término designa un sector de la ciudad en el que se obliga a vivir y a permanecer confinado durante la noche a un grupo étnico, cultural o religioso. Los diccionarios agregan que el uso del término ghetto se ha extendido a cualquier área en que la concentración de un determinado grupo social es excluyente.

Una noche, en Singapur, me sorprendió la invitación que nos hizo el propietario de un restaurant chino a terminar una larga y regada cena antes de medianoche. A los cientos de miles de Cenicientas malayas les estaba vedado quedarse a dormir en Singapur. Debían pues atravesar el Johor-Singapur Causeway dos veces al día: de ida a Singapur por la mañana, para ir a trabajar, y de regreso a Johor Bahru, en Malasia, por la noche, para ir a dormir. Para los trabajadores malayos el ghetto es su propio país. En la frontera franco-alemana pasa algo parecido: los miles de trabajadores de Alsacia y Lorena que van a trabajar en el Land de Sarre deben regresar a Francia cada noche, pero por razones fiscales. La cuestión reside en qué país pagan su impuesto a la renta. En Alemania dicen los teutones, porque aquí se ganan la vida. En Francia, dicen los galos, porque su residencia fiscal está en Francia. Un acuerdo salomónico determinó que si se quedan a dormir en Alemania son considerados residentes y por lo tanto pagan sus impuestos en la República Federal. Pero si regresan cada noche a Francia, pagan en Francia. Como los impuestos son más bajos en Francia… cada día de dios hay un va y viene de mucho cuidado. Es lo que pudiésemos llamar un ghetto fiscal. Situaciones como esta existen en diferentes sitios del planeta. Laburando en Kuwait pude ver que los miles de trabajadores extranjeros, -indios, egipcios, iraquíes, iraníes, libaneses, palestinos, pakistaníes, yemenitas, sri-lankeses o malgaches-, viven en ghettos. Separados de los kuwaitís. En Abidjan, capital de Costa de Marfil, impresionado por la miseria de algunos barrios alejados del “Plateau”, el sector elegante, pregunté quienes eran los más pobres. Mi chofer me sorprendió con su respuesta: “Los voltaicos”, dijo. Los “voltaicos” eran los inmigrantes del Alto Volta, país que ahora se llama Burkina Faso y cuyo gentilicio es burkinés. Los “voltaicos”, aun más pobres que los marfileños, también vivían en ghettos. En el Estado de Andhra Pradesh, en la India, constaté que la separación era de tipo religioso: musulmanes e hindúes solían liarse a machetazos por alguna parrillada amenizada con vacas que para unos son sagradas y para otros fuentes de proteínas.

Historias como las que te cuento vi hasta en los barrios de Sidney: separados étnicamente, -griegos, italianos, españoles, chinos-, en la Australia que llama despectivamente “pommies” a los ingleses inmigrados desde la madre patria. Aun cuando flamencos y valones siempre me parecieron excelentes compañeros de trabajo y de juergas, supe que en las fiestas era mejor hablar inglés o español para no despertar rencores de unos y otros. Un compañero de parranda, -que conocí en un bar asiático preparando extraordinarias mezclas de los licores más extraños-, cuando le pregunté si era alemán me respondió un pelín cabreado: “Nein, ich bin Bayerisch!” Cuando trabajé en el imperio, me llamaron la atención los ghettos de los rascacielos: en los subterráneos solían trabajar los negros. En el vestíbulo de acceso a las oficinas, -y hasta el cuarto piso-,  se veía a los hispanos, con la notable excepción del black que lustraba zapatos. Del quinto piso para arriba solo rubitos.

Chile, país que bate todos los records, ha innovado en materia de ghettos. Hay quién vive en Lo Barnechea y quién vive en Puente Alto. Como los malayos, estos últimos no duermen en el barrio en que trabajan sino en el autobús del Transantiago, si es que encuentran alguno. Por alguna razón, los habitantes de Lo Barnechea no van a dormir a Puente Alto. Ni a Cerro Navia. Tampoco es lo mismo ir al Santiago College de Providencia que al Liceo Enrique Backausse de la Comuna Pedro Aguirre Cerda. Cualquiera sabe que estar en una Isapre viste más que estar en Fonasa. Si le cuentas a una mina que vas de vacaciones a Cartagena no obtienes la misma reacción admirativa que si dices que vas a Reñaca. Comprar un calzoncillo en el Alto Las Condes no se parece a comprar “ropa americana” en el barrio Independencia. Como quiera que lo mires, un diplomado de la Adolfo Ibáñez, -por boludo que sea-, vale más que un genio de la Universidad Bolivariana. Morirse en la Clínica Las Condes consuela. Mientras que morirse en la Posta Central… En Santiago hay quienes andan en bicicleta porque aman el deporte. Y otros que pedalean treinta kilómetros diarios por ahorrarse el Metro. Si le robas  cien millones de dólares a la Corfo la comunidad financiera aplaude (y aprovecha). Si no pagas un alquiler te cierran las cuentas bancarias y te crucifican en Dicom. Si cogoteas a una viejita en los suburbios te secarás en la cárcel (lo que está muy bien), pero si torturaste, asesinaste y tiraste los cadáveres al mar desde un helicóptero, eres merecedor de un indulto. Si te abortas con palillos te meten en cana. Si tienes cinco millones te “operan de un quiste” en el barrio alto. En Chile no es lo mismo ser flaite que ser pelolais.

Somos un ghetto de flores bordado.