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Argos Jeria

Mi sombrero de lector

Argos Jeria | Lunes 2 de agosto 2010 10:07 hrs.


Nos paseamos con muchos sombreros por la vida: de amigo, de esposo, de padre, de estudiante, de profesor, de vecino, de ciudadano, de comensal, y así. Y con cada sombrero vamos acumulando experiencias y generando actitudes. Hoy deseo ponerme mi sombrero de lector empedernido y curioso, entusiasta y busquilla.

Empecé a probarme ese sombrero cuando mi mamá me compraba El Peneca, lo que me obligó a aprender a leer a edad temprana para poder seguir las historietas con propiedad. La influencia materna se vería luego reflejada en Los Papeluchos y todo lo de Julio Verne. Mas adelante ella y yo nos embarcamos en los misterios de Agatha Christie hasta que la bibliotecaria de mi colegio me recomendó Zane Grey y varios otros que me mostraron que la vida de lector era fascinante e interminable. Y lo que comenzó con autores continuó por colecciones, como Molino, Iris, Historias, Robin Hood o la Serie Amarilla de Zig-Zag, lo que me hizo incursionar en escritores muy buenos pero menos conocidos del mundo juvenil. Podríamos llamar a eso la lectura por osmosis. Luego vendría una larga etapa en que leí de manera indiscriminada, guiado solamente por lo que oía en mi entorno o lo que veía en mesones y estantes de las librerías.

¿Cómo incorporo hoy a un autor nuevo? Si reviso los libros de quienes mas se repiten en mi biblioteca, detecto tres formas dominantes de incorporación: el regalo de algún amigo, el entusiasmo de otros lectores “confiables” y la intuición. Así, llegué a Kundera por el entusiasmo de otro cercano lector, a Pérez Reverte por el regalo temprano de una pareja que se arriesgó a llegar a un cumpleaños con La Piel del Tambor, a Javier Marías por repetición del nombre en varios ambientes españoles por los que circulo y a Stephen Vicinksey por la descripción del libro – que me esperaba sobre un mesón en un supermercado de Ciudad de México – en la solapa de En Brazos de la Mujer Madura. El sueco Henning Mankell llegó de la mano de un querido amigo que se apresuró a presentármelo antes de que adquiriese popularidad con el personaje del inspector Wallander, de quien me hiciese luego adicto. Camilleri entró a mi biblioteca por una carambola del autor con mi mujer, quien me regaló hace años el primer libro que tuve de Vázquez Montalbán y su Pepe Carvalho, El Quinteto de Buenos Aires; Camilleri bautizó a su personaje como Montalbano, en obvio homenaje a mi favorito, llamando mi atención lo suficiente como para instalarse hoy con quince libros en mi sección de “castellano-traducciones”. Juan José Millás me conquistó subrepticiamente a partir de El Desorden de tu Nombre, que me sugirió la presencia de un Moravia contemporáneo y español, tan sicoanalista como el original. Bukowski me asombró a partir de un libro hallado en la casa de una amiga, al igual que Saramago, cuyo Evangelio según Jesucristo comencé gracias a que madrugué una mañana de visita en la residencia costera de otros compinches.

Con sombrero de lector regresé hoy desde Toronto, donde me hice de lo último de Nick Hornby (cómplice desde High Fidelity), del libro de McEwan que contiene Solid Geometry (cuento que ya fuese objeto de otra crónica) y de algo de Paul Auster, que ya está en la lista de los confiables. Todos ellos buscan el Bello Sino por escrito.

El contenido vertido en esta Columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Diario y Radio Universidad de Chile.