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La revuelta del bicentenario


Lunes 23 de agosto 2010 19:42 hrs.


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A pocos días de cumplirse doscientos años desde que Chile dio sus primeros pasos como nación independiente, la alegre fiesta que nos espera en medio de flameantes banderitas de tricolor, el incomparable sabor de nuestra empanada y vino tinto, y al ritmo de nuestros jubilosos bailes típicos, se ha visto reforzada luego de informarnos que los 33 mineros atrapados en un yacimiento con ocasión de un negligente derrumbe, se encuentran todos felizmente vivos.

Por ello, esta merecida celebración es también una gran oportunidad, no sólo para reflexionar sobre nuestra evolución republicana, tarea que recae principalmente en los historiadores y sociólogos, sino sobre las instituciones que nos gobiernan en relación a nuestras pretensiones sociales.

Se trata de una revuelta, entendida no como una insurrección violenta, sino como una gran conversación pacífica, acorde a nuestra época de estabilidad democrática, que se propone restaurar aquella igualdad de status moral, que posibilita nuestra convivencia y la creación o el redescubrimiento de aquellas reglas que justifican nuestras conductas.

A diferencia de las revoluciones, que buscan transformar el orden imperante, como fue nuestra guerra de independencia, y de las rebeliones, que sólo pretenden derrocar al tirano, como fue el memorable movimiento civil que puso término a la dictadura de Pinochet, entiendo a la revuelta como un reencuentro colectivo, que sólo es posible en nuestros momentos de mayor desinhibición, como son las grandes fiestas. Ocasiones que nos brindan la oportunidad de liberarnos de toda frontera proveniente de nuestros prejuicios más arraigados, llámese color racial, clase social, pertenencia nacional, creencia religiosa o ideología política.

En este sentido, la masiva celebración que presenciamos en las calles de Santiago, luego de la emotiva noticia de estos mineros sometidos a tan inseguras condiciones de trabajo, así como la reciente detención de un masivo grupo de anarquistas violentos (malamente calificados de terroristas), ¿no nos está invitando a reflexionar críticamente sobre cuánto nos está afectando como país la carencia de sociedad civil, de ese conjunto de actores u organizaciones sociales, que tanto nos sirven a los ciudadanos para hacer oír pacíficamente nuestras demandas, con independencia de nuestros sempiternos y desprestigiados actores políticos?

Con esto no quiero decir que la clase política o los partidos políticos sean incapaces de reconocer las demandas de la gente. No debemos olvidar que es en el Congreso, el poder estatal por medio del cual los partidos se expresan por excelencia, donde se aprueban aquellas normas e instituciones que procuran responder a nuestras pretensiones sociales como auténticos derechos fundamentales. Pero tales pretensiones pertenecen a los ciudadanos, no a sus representantes, y sólo pueden institucionalizarse o convertirse en derechos mientras seamos capaces de hacernos oír a través de esfuerzos mancomunados de reconocimiento mutuo.

De ahí que estemos en presencia de una oportunidad histórica para fortalecer una organización social que impulse reformas democráticas desde la propia ciudadanía y pueda así contrarrestar las diversas formas de dominación y servilismo, que emergen tanto en la esfera pública como en las relaciones de dominio privado.

Este primer paso de independencia es lo que quisiera celebrar en esta revuelta del bicentenario.

*Alumno de magíster en Derecho Constitucional y Derechos Humanos en el Centro de Estudios Constitucionales de la Universidad de Talca.