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El síndrome del “tacnazo”

Columna de opinión por Hugo Mery
Jueves 30 de septiembre 2010 20:31 hrs.


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Apenas producida la revuelta policial en Ecuador, se nos vino a la mente lo que podríamos llamar “el síndrome del tacnazo”, en la medida que los sublevados de  Quito aducían motivaciones económicas para justificar su movimiento.  Es lo mismo que dijeron el general chileno Roberto Viaux y sus conjurados en octubre de 1969: no perseguían más que mejoras salariales y profesionales.

Sin embargo, el solo hecho de que enarbolen sus armas y poder de fuego para reclamar los introduce en una dinámica golpista que los impulsa a llegar hasta el final si sus demandas no se acogen, y ese final no es otro que el derrocamiento del gobierno y del régimen democrático. Aunque los del regimiento Tacna  depusieron su actitud, la dinámica golpista los llevó a perseverar cuando Allende fue elegido  Presidente y dieron impulso al ”tancazo” de julio de 1973, preludio del golpe militar contra la Unidad Popular.

Se quiera recoger o no las enseñanzas de la historia latinoamericana, lo cierto es que los gobiernos de la región no pueden consentir que quienes detentan el poder de las armas lo usen para plantear sus reivindicaciones ni para dirigirlas en  contra de la sociedad que les delegó dicho poder. Por todo eso es que un movimiento de esta naturaleza será siempre una asonada militar en los hechos y una intentona golpista en sus proyecciones.

Así lo comprendieron los gobiernos latinoamericanos representados en la OEA y los 11 miembros de la Unión Sudamericana de Naciones, Unasur, que fueron convocados de urgencia a una cumbre en Buenos Aires la misma noche de la asonada. Si se quiere ser cínicos, los Mandatarios no pueden sino condenar los hechos, porque todos ellos son potenciales candidatos al derrocamiento, Así nos lo decía, por lo demás, el año pasado el canciller chileno de entonces.

Está por verse aún si esta pronta reacción será más fructífera que aquella enrevesada conducta registrada con ocasión del derrocamiento del Presidente Zelaya de Nicaragua. Pero, sin duda, que representa un progreso en relación al alejamiento del poder por dos días del Presidente Chávez en abril de 2002.

Entonces, el pandero de la vacilación y la ambigüedad lo levantó el gobierno del Presidente Ricardo Lagos, cuando no condenó lo ocurrido  en Venezuela y dijo que ello era el resultado de la polarización política: el mismo argumento de quienes justificaron el golpe en Chile.

Siguiendo con los símiles, la desaparición momentánea de Chávez puede equipararse a las horas de incertidumbre vividas respecto de la situación del Presidente ecuatoriano Rafael Correa, quien luego de ser agredido en el regimiento Quito se trasladó a un hospital policial contiguo, sin saberse si estaba retenido allí, mientras los uniformados repelían a los civiles que se acercaban con la intención de rescatarlo.

Tan inaceptable como esto resultó para los gobiernos de la región que se hubiese puesto en pijamas en un avión al Presidente hondureño. Pero entonces los golpistas se salieron con la suya.   Estos parecen aprender más rápido y con mayor frialdad que los enervados demócratas.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.