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Como una Evita sin su Perón

Columna de opinión por Hugo Mery
Viernes 29 de octubre 2010 10:46 hrs.


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A la especial fascinación que sienten los argentinos por la muerte de sus figuras destacadas se suma, en el caso de Néstor Kirchner, la incertidumbre por lo que vendrá en la conducción del país. La conformación de una dupla como la constituida por Néstor y Cristina no es nueva en la historia nacional: ya antes, a mediados del siglo pasado, la pareja Perón-Evita alimentó sueños populares y feministas hasta transformarse en leyenda. Al volver el viudo al poder en 1973, lo hizo de la mano de su nueva señora. A Isabel, electa como su vicepresidenta, la dejó en el mando supremo al fallecer al año siguiente.

Cristina Fernández no tiene la aureola de Evita ni es incompetente como Isabelita, sino que es una abogada que llegó a senadora con méritos profesionales y políticos. Pero construyó su carrera a la par de su marido y se convirtió en Presidenta de la República como parte de una estrategia que diseñaron juntos: aunque Kirchner tenía derecho a la reelección, decidieron que apuntara ella a la Casa Rosada y él se preparase para el periodo siguiente, extendiendo la era K por 12 años a lo menos.

Más aún, como Primer Caballero de la Nación, se convirtió en puntal del gobierno, dirigiendo operaciones políticas desde la jefatura del partido Justicialista y legislativas desde su banca de diputado, manteniendo presencia incluso en el plano internacional como secretario ejecutivo de la Unión de Naciones Suramericanas, Unasur.

Esta calidad de factótum del matrimonio presidencial la perciben los kirchneristas más acérrimos, como aquel militante de a pie que en la plaza de Mayo decía durante el velatorio que “Cristina hacía el gobierno y Néstor la política”. La pregunta que ronda en la mente de partidarios y enemigos es si ella tendrá la fuerza y el talento suficiente para proseguir sola la era K, obteniendo la reelección en octubre próximo.

Si la lucha por el poder se da universalmente con cuchillos, en Argentina esto es particularmente cierto y el ex presidente Kirchner solía blandirlos al descubierto y no bajo el poncho. Lo hacía no sólo con  adversarios, sino también con leales y colaboradores.

En el plano internacional actuaba igualmente con pragmatismo y desenfado, sea plantando en una cena oficial en Buenos Aires al primer ministro de Vietnam, sea dándole un cuadrillazo en Mar del Plata al segundo presidente Bush. Su filiación ideológica se desdibujaba en las relaciones exteriores. Aunque siempre mantuvo cercanía con Hugo Chávez, no le importó distanciarse de los centroizquierdistas Tabaré Vásquez y Ricardo Lagos. Se lo aclaró al mismo Bush: él no era izquierdista, sino peronista.

Y lo era en política doméstica. Por mucho que alentara juicios a las juntas militares por sus crímenes y denunciase a los poderes del agro y los medios de comunicación, actuó con el personalismo  autoritario característico de los caudillos peronistas. Si bien se desmarcó de las políticas neoliberales y de favor a la impunidad a los violadores de DDHH de su  correligionario Carlos Menem, cayó, al igual que él, en un dudoso enriquecimiento, prácticas clientelistas y golpes de tinte mafioso.

Por toda la fuerza de animal político que desplegó en la Presidencia y detrás de ella es que produjo, al morir, un vacío que su señora tendrá que llenar antes de que otros lo hagan, primero al interior del  justicialismo, y después a nivel nacional.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.