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Caminatas por la dignidad

Columna de opinión por Vivian Lavín A.
Martes 9 de noviembre 2010 11:24 hrs.


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Hace ocho décadas, Mahatma Gandhi emprendió la Marcha de la Sal, una caminata de 300 kilómetros que terminaría años más tarde, en la liberación de la India del yugo británico. Mientras los ingleses se enseñoreaban con todos los recursos y el trabajo de los indios a fuerza de la cárcel y la violencia por parte del Estado, un hombre pudo desafiar al Imperio Británico a través de una simple caminata. Y aunque el poderoso Winston Churchill se refiriera al Padre de la India como un fakir sedicioso que sube medio desnudo las escaleras del palacio del virrey, sus palabras le golpearían su propia cara cuando los indios entendieron que el gesto de Ghandi de llegar hasta el Océano Índico y allí tomar la sal para hacerla suya, significaba la conquista definitiva de su libertad y dignidad como pueblo.

En nuestro país, más de mil kilómetros recorrió una treintena de jóvenes desde Puerto Montt hasta llegar a Santiago en un gesto histórico por la Educación chilena que se haya secuestrada en un modelo impuesto un día antes que terminara la Dictadura y que desde entonces, le han cambiado el nombre a las leyes orgánicas que la rigen pero no su esencia libremercantilista.

Un grupo de jóvenes cansado de que la educación sea simplemente mala en nuestro país y que sin rótulos políticos ni faranduleros, hicieron suya el ejemplo del gran Gandhi.

Extrañamente los medios de comunicación no corrieron para hacer de esta gesta un reality show a los que ya nos hemos acostumbrado con cualquier acto que tenga visos de hazaña o de sacrificio humano. Esta vez,  ha imperado un discreto silencio que horada las bases de la tutela informativa que rigen el duopolio escrito y mediático en general. Y lo más probable es que de la misma manera cómo un Winston Churchill desafió a un Gandhi estigmatizándolo, los políticos y autoridades chilenas a quienes se les ponga el micrófono en la boca para que digan la frase del día, intenten hacer lo mismo, es decir, motejarlos y ningunear un acto ciudadano silencioso pero de una fuerza enorme.

Desde Tomé y Dichato ha partido otro contingente de ciudadanos camino a la capital en la llamada Marcha del Hambre. Es un grupo de hombres y mujeres de la zona que representan a más de 500 familias a las que el terremoto sólo vino a empeorar la situación de desamparo en que se ha mantenido por décadas cuando históricamente están en la zona de más alta cesantía de nuestro país.

Son todas caminatas que buscan llegar hasta la capital, hasta donde se decide el destino de las enormes sumas de dinero que produce una economía sana, como se ha denominado a la chilena, pero cuyos síntomas dan cuenta de una insanidad total, cuando prefiere poner a engordar los excedentes a buen resguardo, lejos de las filas de hombres y mujeres que buscan trabajo y una mejor educación.

Paso a paso estos chilenos están abriendo nuevas alamedas. El problema que surge es cómo los recibiremos en Santiago, ¿desde nuestras casas aplaudiéndolos silenciados por la televisión o de pie, ayudándolos a desplazar las fronteras de lo posible?

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.