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La renuncia de Sergio Larraín

Rodrigo Acuña

  Miércoles 8 de febrero 2012 13:59 hrs. 
Sergio Larrain

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“Aquí va un muchacho nadando sobre las piedras en la salida de una alcantarilla, será buen símbolo para nosotros que no vemos más que miserias, para que tomemos la vista y nos oigamos palpitar serenos por dentro”.
Sergio Larraín, sobe una foto de su serie sobre los niños del Mapocho.

Ahora que me entrampo vergonzosamente  en absurdos e irrelevantes problemas cotidianos del tipo “falla en mi disco duro externo” o “la Marita no quiere hacer su cama” me llegan de sopetón, casi como un cachetazo en plena testa, noticias para volver ha despabilarme: Sergio Larraín ha muerto.

Ahora que la muerte de Larraín se vuelve también  (y es entendible) la imparable venganza del cliché y el materialismo que él detestaba, se hace necesario moderar un poco el entusiasmo, bajar un poco la voz, pensar un poco en el hombre que trató por más de 40 años en salir a flote luego de aquella avalancha de prestigio y frivolidad que de pronto lo azotó, irónicamente por su propio enorme talento.
Señalar a Sergio Larraín Echeñique sólo como el más importante fotógrafo chileno de todos los tiempos es al mismo tiempo una verdad y una traición. Alguien que en plena realización laboral haya dejado la fama, el dinero y a Paris, cambiándola por la austeridad y la meditación en Tulahuén, un perdido pueblo al interior de una perdida montaña chilena merece también ser recordado como el hombre que quiso ser desde entonces algo (mucho) más que un fotógrafo.
El camino hacia el éxito puede ser recorrido también por algunos en la forma inversa y quizás sea aquella la forma más difícil de hacerlo. Sergio Larraín escapó dos veces del dinero y la comodidad. La primera dándole la espalda al colchón de su apellido por allá por 1940 y tantos, optando por dejar la universidad gringa para recorrer caminos sin dirección a ningún título, buscando imágenes que le fueran contando un poco sobre como era él realmente, cosas que ni la academia ni su adinerada familia pudieron contarle. Pensó entonces que la fotografía iba a decírselo. Un rectángulo en su mano a manera de oráculo.

Me lo confirmó su amigo Luis Poirot hace muy poco cuando le insistí que lo recordáramos “Sus fotos tan alabadas en sus libros no son precisamente sobre Valparaíso o Londres, sino sobre él mismo, sobre la desolación de un hombre encuadrando desde el suelo al nivel de los perros y las prostitutas, los marineros que van de paso por el Puerto, porque él tampoco sabía a dónde pertenecía”.

Seguramente su Leica IIIC no consiguió darle todas las respuestas, aunque sí otras cosas, claro que al parecer más para el mundo que para él mismo. Por ejemplo que Edward Steichen le firmara cheques por sus fotos, que Neruda le pidiera imágenes para su libro, que el mismo Cartier Bresson le abriera con honores las infranqueables puertas de la Agencia Magnum, hacerse amigo de Violeta e inspirar a Cortázar para uno de sus mejores cuentos, “Las Babas del Diablo”, que luego iba a inspirar una de las mejores películas de Antonnioni, la influyente “Blow Up”.
Galeano contaba la historia de una tribu indígena del Amazonas donde para una competencia, (sacrílega a estas alturas para occidente), vencía el que lanzaba más pertenencias materiales hacia el fuego. Y los 60 fueron para Larraín un poco eso.
Volver sobre las mismas pisadas que en los 50 lo instalaron en la cima del fotoperiodismo mundial, a su manera enviar al fuego los negativos sin revelar de una vida que no daba con las respuestas que seguía buscando. Ciertamente nada de lo conseguido en Europa fue al parecer suficiente y aquello que para muchos era la cima, el fin, para Larraín no fue más que un nuevo comienzo. Fue volviendo desde Londres, Paris y Nueva York hasta Santiago, Arica y finalmente Tulahuén. En el intertanto alejándose de la exposición y acercándose más que nunca al misticismo, el LSD, Claudio Naranjo y Oscar Ichazo.
Ocurrió entonces la segunda vez que le dio la espalda al dinero, la comodidad y ahora incluso, a la fama. Su renuncia a la Magnum en 1970 no fue tan sólo el adiós a la más importante agencia fotográfica del mundo, lo fue también a la fotografía. De paso, y para hacer más perfecta la analogía, tiró también al fuego los negativos de su obra. Fue Josef Koudelka quien alcanzó a realizar algunas copias y con ello evitar que hoy estuviésemos hablando de Larraín como como se habla de Robert Johnson, más por mitología que por nada.
Desde entonces se dedicó a cosas que por las que nadie pagaría un peso, sus clases de Yoga los segundos martes de cada mes, la metafísica, la escritura de versos, la edición de libros artesanales para regalo. Colgó la cámara y con ello su leyenda, aun cuándo sus fotografías y agotados libros seguían (siguen) costando miles de dólares en el mercado. Ya no era asunto de él.A medida que el mundo lo fue entendiendo, dejó también de ser necesario e importante repetir la inútil peregrinación hasta la puerta de su casa con sesudas, largas y aburridas preguntas sobre su obra. Con su renuncia pasó a ser el mismo su mejor obra, la más integral, coherente y en constante creación, viva como el presente que parecía abrírsele infinito entre los estrechos parajes del Valle del Limarí. Del pasado que hablaran las fotos, si se hacía necesario hablarlo.

Fue el propio Larraín quien declaró que no daría más entrevistas (y fue El País, fue el New York Times y fueron tantos…) hasta que el gobierno chileno no se preocupara del medioambiente. En esas estaba hasta que vino la muerte a despertarle, casi sin molestarle, como un paso más en el camino, este martes 7 de febrero a las 9 de la mañana.

Desde entonces (como desde hace mucho) a falta de uno ahora tenemos dos Sergios a quienes recordar: el primero, un brillante fotógrafo, poseedor de un insuperable sentido de la composición y que deslumbró a la Europa de los años 50 influenciado desde entonces a miles de artistas en el mundo; y el otro, menos conocido quizás pero no por ello menos importante, tan sólo un hombre común y corriente con la intención, la valentía y el poder de hacer la revolución más importante y honesta de todas, aquella que parte y termina donde uno, armado de un corazón y una esperanza que acaso no alcance a entrar en los almanaques de occidente. De los dos, y no de uno sólo de ellos, debería estar hecha esta historia, su historia, la verdadera leyenda.


In Memoriam Sergio Larraín Echeñique (1930 – 2012)


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