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Año XI, 19 de octubre de 2019

Escritorio

María Eugenia Góngora

“El conflicto no está en el sur, está en nosotros”

Asistió a la conmemoración de los 100 años del Parlamento de Coz-Coz, del que 105 años atrás, su abuelo Aurelio Díaz Meza fue invitado y del que hizo un relato esencial para entender la experiencia fronteriza en nuestra historia. María Eugenia Góngora es una de esas mujeres que vienen a derribar mitos, quienquiera conocerlos, que la escuche.

Vivian Lavín Almazán

  Viernes 8 de febrero 2013 20:01 hrs. 
gongora

Nada de fácil debe resultar esto de tener la cabeza puesta hace 500 o más años atrás y tener que volver de pronto, a este siglo XXI. Eso es lo que a diario le toca a la doctora en Filología Románica especializada en literatura medieval europea, María Eugenia Góngora, quien además de su campo de estudio tan anclado en el pasado, debe volver al presente de golpe y, por qué no, de porrazo, a enfrentar sus obligaciones como decana de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, la tercera en la historia de esta Facultad.

Hija de uno de los más destacados historiadores chilenos del siglo XX, Mario Góngora, a quien recuerda como “un hombre tímido, un intelectual dedicado a su trabajo y muy abierto pero, sobre todo, curioso de la realidad”, siendo uno de las rasgos que confiesa haber heredado de él. También nieta del prominente periodista y escritor Aurelio Díaz Meza, autor de invaluables trabajos que hablan de la “literatura de frontera”, María Eugenia, sin embargo, se ha abierto un camino propio. Ese camino que descubrió al comienzo empujada por sus padres y luego, por un acto personal y casual pero que le marcó su vida. “Mi interés estaba primero en la literatura pero, sobre todo, en el arte medieval. En mi casa habían mucho libros de arte y desde my chica empecé a mirarlos. Me costó mucho decidir qué era lo que yo quería y fueron ellos los que decidieron por mí. Mis padres me inscribieron en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, y recién cursando el cuarto año de Pedagogía en Francés, leyendo en voz alta la Canción de Rolando, el poema épico fracés, me di cuenta lo que yo quería. Mi pregunta era, ¿por qué esas palabras sonaban así? ¿Por qué el ritmo, casi militar, de sus primeros versos? A partir de ese encuentro casual con la poesía épica, se concentra todo mi interés por la poesía medieval y popular que ha sido mi línea de trabajo hasta el día de hoy”, confiesa.

Autora de “Elogio a la Lectura”, un ensayo que permite ingresar al porqué de la pasión lectora de la mano de las más importantes voces de la literatura universal. Allí, cita a Quevedo en su célebre verso que describe a la lectura como el acto de “…escuchar a los muertos con los ojos”. También cita al intelectual francés Michel de Certau cuando se refiere a los lectores como viajeros: “Muy lejos de ser escritores, fundadores de un lugar propio, […] los lectores son viajeros(…). La lectura no conserva sus adquisiciones y cada uno de los lugares por donde pasa es repetición del paraíso perdido”. Y complementa: “El viaje y la búsqueda del paraíso perdido son una de las funciones principales de la experiencia lectora. Gracias a la lectura viajamos y hay una especie de deseo de volver a una suerte de edad de oro y es ella la que nos permite, cual sea su temática, volver allí. Y es importante aquí hacer una distinción, porque si bien para mi generación el libro y el gesto de pasar de una página otra es mucho más cercano y familiar que hacer un click en la pantalla, creo que el viaje es el mismo sea en un libro o en una página de Internet”.

LECTURA Y MUJER

Uno de los sujetos de estudio que más han marcado la vida académica de María Eugenia Góngora es Hildergard de Bingen. Un nombre que hasta para ella era un enigma hasta que una colega belga, a fines de los noventa, la invita a participar en un proyecto bilateral sobre literatura de mujeres medievales. Allí aparece esta intelectual del siglo XII que contraría y echa por el suelo todos los estereotipos en relación al lugar que le cabía a la mujer en el pensamiento de la época. “En ella encontramos lo inesperado de una mujer con mucho poder político que también se relacionaba con gente sencilla. Era sabia, curandera, dramaturga, profeta…una mujer que podía ayudar a comprender el presente y proyectarse al futuro”, explica.

Una figura de estas características parece impensada bajo el manto de oscuridad al que se ha querido cubrir a esa época de la historia, y sobre la cual jamás hubo alguna duda respecto de su valía como para ser acusada de hereje y, menos de bruja. “La preocupación en la época de Hildegard era la herejía, pero aún no existía la idea de brujería, que se consolidó a partir del siglo XV y adquiere su mayor virulencia a partir del siglo XVII, cuando se produjo la mayor matanza de brujos…Por el contrario, ella se encontraba muy ligada a la ortodoxia católica”, aclara la decana quien es coautora de dos libros de la obra de esta destacada pensadora medieval junto a María Isabel Flisfisch.

Se ve, sin embargo, a Hildegarda como a tantas otras, como excepciones dentro del pensamiento y la creación literaria, una falsa idea que María Eugenia Góngora despeja de inmediato: “Las mujeres en la Alta Edad Media, es decir, en los primeros siglos de la caída el Imperio Romano de Occidente, estuvieron mucho más cerca de las letras que los hombres, sobre todo, las mujeres nobles. Está también el período que se ha llamado convencionalmente ‘el de las grandes abadesas’, al cual perteneció de manera tardía, la misma Hildegarda. Y es que para los hombres nobles no era importante saber leer ni escribir, tenían secretarios. Las mujeres siempre son retratadas en esa época con un códice en sus manos. Entonces, sabían leer, quizás no escribir, porque era entonces un trabajo servil, para eso había amanuenses. Al revés de lo que se supone, entonces, eran las mujeres las que estaban cerca del mundo letrado. Lo que sucede alrededor del siglo XIII es que con el surgimiento de las universidades son los hombres quienes se apoderan del saber, y entonces, el conocimiento pasa de las abadías a las universidades. Diría que este es el punto de inflexión. De aquí el ingreso tan tardío de las mujeres a las universidades, lo que no significa que no tuvieran influencia ni conocimiento, sin embargo quedaron ajenas a lo que sucedía en su interior. No por nada no ha habido hasta ahora una mujer rectora de la Universidad de Chile, no por nada las decanas son un hecho reciente…Es a partir del siglo XVII, cuando comienza el proceso de alfabetización masiva que las mujeres vuelven a entrar al mundo letrado. Y cuando esto sucede, lo que a las mujeres les queda más cerca es el folletín, el almanaque, la Biblia y la novela, y por eso es que aparecen tan ligadas a la ficción y no al pensamiento científico, llegándose a hablar de una lectura feminizada”, apunta.

CHILE Y LA UNIVERSIDAD DE CHILE

Cuando María Eugenia Góngora fue elegida decana de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile en 2012, por una amplia mayoría, planteó como uno de sus objetivos el “fortalecer un sentimiento de pertenencia y de comunidad universitaria que me parece estar en la base de nuestra identidad institucional y que no debemos perder bajo ningún pretexto”. A un año de ese planteamiento, surge la pregunta, ¿cómo le ha ido? Y responde: “Me ha ido relativamente bien, pero en esta Universidad como en todas las demás, hay una cierta necesidad de competir que hace que la carrera académica sea muy solitaria. La colaboración hoy la universidad no la premia y sólo podrá surgir cuando no estemos preocupados de nuestra carrera, puntajes o proyectos. Hay una suerte de doble discurso. Se dice que todos somos todos parte de la Universidad y tenemos un sentido corporativo bastante fuerte, pero la dura realidad es que la carrera académica se hace en solitario, y eso impide lo que debiera ser natural, como es la colaboración llana, sin un interés individual o suspicacias. Y por esto es que creo que el resultado que he tenido en ese sentido no ha sido tan bueno como quisiera. En suma, la profesionalización de la actividad académica termina en el individualismo”. Un diagnóstico duro que no sólo retrata al mundo universitario sino que al Chile de hoy y que de manera aguda ya anunciaba hace décadas el gran pensador español José Ortega y Gasset en su ensayo sobre la Misión de la Universidad :“ La escuela como institución normal de un país depende mucho más del aire público en que íntegramente flota que del aire pedagógico artificialmente producido dentro de sus muros. Sólo cuando hay una presión entre uno y otro aire, la escuela es buena”.

LA DOLOROSA EXPERIENCIA FRONTERIZA

Y para quien piense que esta estudiosa al zambullirse en textos medievales su pensamiento se queda allá se equivoca. “Siempre le digo a mis alumnos que cuando yo estudio literatura medieval no estoy haciendo arqueología, estoy siempre pensando en el presente. En clases, cuando hablamos de la experiencia fronteriza de la España medieval, de esa convivencia, difícil por cierto, entre cristianos, musulmanes y judíos, los llevo a pensar en nuestra propia experiencia fronteriza en el Chile de hoy, donde tenemos una frontera con el mundo mapuche y sabemos lo complicada que es”.

Una realidad que leemos en la voz del poeta mapuche, Jaime Huenún, quien junto a María Eugenia Góngora y la antropóloga peruana Carmen Arellano publicó En La Araucanía: : El último Parlamento mapuche de Coz-Coz. Relato de Aurelio Díaz Meza (1907): “Creo que Chile es un país enfermo, y su enfermedad radica principalmente en que se ha negado a dialogar sobre los temas más difíciles y dolorosos, se ha negado a conversar sobre la sangre derramada, se ha negado a conversar sobre la propiedad usurpada, se ha negado majaderamente a conversar sobre lenguajes, economías y estéticas excluidas o ridiculizadas, anulando con ello la posibilidad de un crecimiento cultural, social y económico sustentado en un justo respeto por la diversidad étnica, rasgo por lo demás inherente a todas las naciones del mundo. Para ello, a todos nos conviene no pasar de largo por esta frase, escrita con lucidez y rabia por Aurelio Díaz Meza, hace ya 103 años:’ Se olvidaban tal vez que ellos, los dueños y señores de la selva que un día hicieron temblar al león de España, han sido perseguidos, robados y asesinados no en campales batallas, sino ¡mientras un Gobierno les cubre los ojos y les ata las manos con un mentido protectorado!’”.

Es aquí cuando su propia historia, sus vivencias familiares, íntimas pasan a ser parte de la historia de todos.“Mi abuela, Mercedes Bastidas, casada con Aurelio Díaz Meza, vivía en un pequeñísimo poblado a las orillas del río Rahue, Quilacahuín. Cada noche, en el dormitorio de mi abuela, se contaban las historias de mis tías y tíos, también de los huilliches sobre ese paraíso perdido que era Quilacahuín, donde se vivía un ejercicio fronterizo cotidiano. Ese hecho unido a su experiencia en Coz Coz, le permitieron a mi abuelo Aurelio, elaborar una obra de teatro, Rucacahuiñ que fue muy importante. Por lo que para mí fue siempre imposible, felizmente, idealizar la relación fronteriza, siempre supimos que era una trato difícil, de amor y guerra. Uno de mis tíos abuelo corría cercos y usurpó tierras de indios, así como otro, estaba casado con una mujer mapuche. En una de las muchas conversaciones que he tenido con Jaime Huenún he sabido que en su familia el nombre de mi tío abuelo, Juan de Dios Martínez, era un nombre terrible, en cambio para mí, era mi tío abuelo querido y admirado. Entonces, cuando decimos vida fronteriza es una experiencia dura y propia de esa región de Chile y ojalá fuera más asumida por nosotros. Porque cuando dice Jaime que no nos vemos, es cierto. Es decir, mientras no aprendamos a mirarnos, a conocernos, a querernos, que no siempre es fácil, nunca seremos un pueblo. Y no es que yo quiera forzar a que seamos un solo pueblo. Evidentemente, hay muchas tendencias al reconocimiento de los pueblos originarios como pueblos distintos, pero al menos, vernos de una manera normal…Y lo que yo vivo hoy no dista de lo que vivió mi abuelo hace 105 años atrás en Coz-Coz. Hace un tiempo conversaba con una persona de Vilcún, de donde era el malogrado matrimonio Luchsinger, quien me decía que en verdad los mapuche eran malos…entonces, si nos miramos así, estamos perdidos”.

Aurelio Díaz Meza, periodista y escritor de gran vocación histórica estuvo presente en el parlamento de Coz-Coz, realizado un 18 de enero del año 19071. En la Araucanía, su relato del último parlamento entre el Gobierno de Chile y los lonkos mapuche de la zona de Panguipulli, y más lejos, hasta de Argentina, es una narración vívida de lo que estaba pasando a comienzos de siglo en la zona. Unos y otros contaban cómo el Estado chileno protegía a verdaderos ladrones y donde la justicia sólo se ejercía a favor de los no mapuche. Su testimonio también da cuenta del prejuicio que se empezaba a asentar en cuanto a que el mapuche era “flojo, inculto y borracho”, cuando lo que él vio en Coz-Coz eran hombres elegantemente vestidos en caballos de pertrechos de plata, ricos, atentos y gentiles. Eran más de dos mil mapuches que estuvieron varias jornadas y, Díaz Meza, jamás vio a uno de ellos alcoholizado. Su nieta, cien años después, fue invitada a la conmemoración de ese hito histórico, que recuerda como una “de las experiencias más extraordinarias que he tenido y cualquier otra, que permita algo, que creo que nos está matando por su ausencia, que es mirarse cara a cara, en igualdad. Porque este conflicto no está en el sur, está en nosotros”, finaliza.