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Ricardo Farrú

Inhumanidad

Ricardo Farrú | Domingo 28 de abril 2013 15:06 hrs.


Un grupo de gente joven, que hace trabajo voluntario en la cárcel, me invitó a tener una conversación con un grupo de internos.

La invitación fue simple, ellos trabajan con presos que tienen una comunidad para superarse y no caer en las típicas trampas de la vida carcelaria y querían que yo fuera  a hablarles de la vida, de nuestro diario y del programa de la radio, sin amarras, sin temas previos, simplemente dejando que fluyera la conversación, ya que ese tipo de actividades rompen la rutina y, supongo, les entrega otra perspectivas sobre los otros mundos que existen afuera.

Reconozco que la sensación de cruzar las varias rejas que separan la libertad de la falta de ésta fue extraña ya que la curiosidad era grande, pero, al mismo tiempo se me venían a la cabeza las innumerablemente repetidas escenas de nuestra manipulada y pobre información televisiva, donde siempre y sin excepción muestran las violentas escenas de las peleas a sablazos en el temido óvalo, donde encasillan a toda persona que está en ese recinto como la maldad hecha realidad, escoria que hay que destruir emocional y , ojalá , físicamente, porque solamente en eso consistiría la tan mentada y cacareada rehabilitación y su posible reingreso a la sociedad como personas de trabajo y de bien.

En estricto rigor, nosotros fuimos al sector de módulos, conocido al interior como “la playa”, ya que dista mucho del hacinamiento, de la violencia y del maltrato que reina en las calles y galerías de este antiquísimo penal. Ahí están los presos con buena conducta, algunos primerizos y gente que es trasladada porque su vida corre peligro al interior del lugar, personas que demuestran ganas de superar su condición y deseos de no recaer en la delincuencia.

Nos juntamos con el grupo de internos, con su líder el Caco a la cabeza, quienes recibieron con mucho afecto a mis jóvenes acompañantes y me dieron una cordial bienvenida, ya que sabían de mi venida y habían preparado una buena completada, jugos, café y té, en una sala que es la biblioteca y centro de difusión de las actividades de la comunidad.

Hicimos las presentaciones de rigor, no tocando el tema del por qué estaban ahí, pero sí quienes eran, su condición sexual, homos, hétereos, bi,  quienes eran portadores del SIDA, sus profesiones  y oficios, médico, estilista, periodista y oficios variados, todo esto en un escarceo preliminar como en el boxeo, ellos midiéndome y yo lo mismo, pero no para lanzar golpes, sino para saber si íbamos a tener una conversación franca y abierta o nos quedábamos en una especie de visita protocolar, mentirosa, aburrida y aburridora, pero resultó todo lo contrario, a tal punto que en un minuto a mí se me olvidó por completo que esto transcurría al interior de la cárcel y que mis amenos y conversadores acompañantes eran condenados, con o sin razón, ya que, según sus propias palabras, algunos de ellos cayeron bajo el sistema antiguo, con pocas garantías y menores posibilidades de defensa.

Al calor de la conversación, los hotdogs, las anécdotas y chistes variados, derivamos hacia la realidad carcelaria y reconozco que me dio vergüenza, propia y ajena, el escuchar las condiciones en que viven los presos de las calles y galerías, que son las que terminan en el famoso y mostrado óvalo, que, a diferencia de la vida en los módulos, el sistema de degradación humana raya en lo indecible y lo inhumano, como si no fuera suficiente castigo el estar encerrados pagando sus culpas a la sociedad, sino que se agrega el hacinamiento, la destrucción moral, la subyugación del más débil al más fuerte, peor que los animales, dónde sólo se respeta al choro, los giles pasan a ser sirvientes todo servicio y nadie hace mucho por remediarlo.

Uno de los internos me explicó las diferentes categorías para entender a los presos: los choros o superiores, los perkins o mocitos todo servicio, los perro bombas, sicarios al servicio de un choro, que matan sin preguntar nada y que gozan de un estatus de intocables y los grasa que son los que tienen que conseguir todo lo que el choro necesita. Una estructura simple, extraña, pero extraordinariamente efectiva para el ordenamiento piramidal de mando y de sobrevivencia en ese lugar.

Al calor de estas revelaciones , el resto me contó algunas de sus experiencias en su paso por las galerías, un punto por encima de la vida en las llamada calles del penal, donde deambulan presos hacinados junto a guarenes, ratones, chinches y baratas, en celdas donde deben dormir el triple de personas que podrían caber ya apretados, donde cada cual se rasca con sus propias uñas y se deben construir, con los materiales que encuentren, sus camastros para dormir, donde los roces, las peleas y las violaciones acechan en cada rincón. Lugares donde entras por un delito menor y en breve tiempo aprendes escuchando del resto cómo contrabandear, cómo entrar al narco tráfico o como robar un cajero automático, ya que para los más avezados eso no es un delito, es su trabajo, tal y como para otros lo es levantarse y partir a la oficina, gente desnutrida porque los más fuertes les quitan sus raciones o  porque les da asco comer la comida penitenciaria.

Los internos del módulo saben que están mucho mejor que el resto de la población  y, a lo menos lo de esa comunidad, más allá de los años que les quedan por cumplir, aprovechan el máximo de oportunidades que ahí se les brinda, viviendo, amando, leyendo, estudiando, terminando sus cuartos medios y preparando la PSU, mientras el resto vive en una completa falta de humanidad, en el abandono casi total por parte de la sociedad que los condenó, encerró y olvidó en condiciones deplorables.

Al cierre de la reunión me preguntaron qué pensaba, solamente les dije que era una mezcla rara de emociones, ya que veía normalidad de vida en la anormalidad del encierro, fortaleza de espíritu en la desventaja de las condenas, ganas de superarse, a pesar de las perspectivas de los años tras las rejas, pero que no era capaz de asimilar en ese momento la cantidad de cosas que me habían contado.
Entonces, uno de ellos, me dijo que no perdiera de vista el hecho que lo que muestran en la televisión, la peor y más violenta parte del mundo carcelario, era sólo para asustar a los que estaban afuera y para poder lucrar con el miedo.

Después de la despedida y a la salida de la ex Penitenciaría , me bajó la más absoluta indignación con la certeza que nuestra clase política, nuestras élites, nuestros supuestos progresistas no sólo han lucrado de manera miserable con el miedo, sino que no han hecho esfuerzo reales por romper el muro de inhumanidad que rodea férreamente a los condenados en ese lugar, simplemente los dejan amontonarse como animales y que sobreviva el que pueda, total, acá afuera seguimos con los negociados , con los arreglines entre amigos, familiares y compinches y esa actividad se lleva la plata que serviría para darles a los presos condiciones humanas en la cárcel, pero no, más vale seguir jugando con el miedo de la sociedad y ganarse unos pocos votitos con eso, que tener un país donde la gente pague efectivamente sus culpas, pero que no lo quiten lo más sagrado del ser humano: su dignidad.