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A propósito de la muerte de Nelson Mandela


Lunes 9 de diciembre 2013 14:04 hrs.


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MADIBA significa “padre”, en lengua xoxa, es como hasta sus noventa y cinco años se conocía popularmente a Nelson Mandela, quien nació un 18 de julio de 1917. Hoy Mandela es un símbolo de la convicción de los más altos ideales de la humanidad que lo llevaron a prisión en 1962, donde pasó 27 años en una celda sin comunicación con el mundo y sometido a trabajos forzados.

En esa época de combate, de constante lucha contra el Apartheid, nadie daba apoyo a ese antiguo militante y solo Cuba contribuyó a formar el grupo “La Lanza de la Nación” que era el brazo armado del Congreso Nacional Africano. Para esa época Mandela no existía para quienes hoy le rinden homenaje. Quienes hoy lo buscan para los flashes de los periódicos y medios de difusión o aquellos que buscan parecidos con frases y oraciones bien escritas y estructuradas. Esos no eran quienes pedían su liberación cuando era humillado diariamente por 27 años.

El actual presidente de Estados Unidos, Barack Obama, hizo un prólogo al último libro de Nelson Mandela “Conversaciones sobre mí mismo”, un prólogo bien escrito obedeciendo a una estrategia de venta de los editores, pero también es una búsqueda forzosa para compararse con Mandela. Algo muy lejano a su estatura de gran líder y padre de la nación sudafricana.

No por casualidad la primera dama de USA, Michel Obama, estuvo en el mes de junio del 2011 en Sudáfrica y hacerse una publicidad anticipando el aniversario de Mandela quien estaba abatido de un cáncer de próstata desde el año 2001. Cuando Obama dice en el prólogo al libro de Mandela que “es un ser humano que eligió la esperanza sobre el miedo, y el progreso en vez de prisión del pasado”, pretende interpretar al estilo muy romántico hollywoodense de que Mandela no tuvo “temor” a morir. Pero todos sabemos que en algún momento de nuestras vidas tenemos miedo. Lo que sucedió con Mandela era que se armó con su fortaleza interna las noticias que desde afuera se la daban las luchas de los movimientos de liberación de África, América Latina, el Caribe y el heroico Vietnam. Se fortaleció con el estímulo de la creación de la Organización de Estados Africanos, la solidaridad activa mundial. Y se fortaleció con el proceso que culminaría con la derrota de la invasión Sudafricana a Angola en 1988 con la Batalla de Kuito Kuanavale que lograron derrotar la “operación del desierto” sudafricana, constituida por más de cien mil hombres contra 40 mil entre angolanos, namibianos y cubanos y donde se selló la independencia total de Angola, Namibia y la desestructuración del régimen del Apartheid que obligó finalmente a la libertad de Nelson Mandela en febrero de 1990.

Esto último jamás lo han reconocido ni lo reconocerán jamás Estado Unidos ni el actual inquilino de la casa Blanca. Hablar de esperanza para el caso de Nelson Mandela es hablar de la esperanza redimida que ese hombre sintió cuando se produjo la derrota del apartheid y la liberación de Namibia, como el mismo lo dijo en uno de sus discursos.

No se puede encasillar a Mandela al lado de la Derecha, más bien es un hombre que luchó contra el peor régimen racista que haya conocido la historia colonial y contemporánea en África como lo fue el Apartheid. Mandela es consciente de que la mayoría del apoyo que recibió en los tiempos más difíciles procedió de la izquierda planetaria. No fue la ayuda ni la solidaridad del imperialismo norteamericano, inglés, francés o israelí, pues todos ellos fueron cómplices de sus 27 años de prisión.

Mandela fue un hombre que se ubicó en el contexto sudafricano donde 4 millones de blancos por la vía de la fuerza y la represión dominaban 18 millones de Xoxa, Zulú, Koishan entre otros pueblos originarios sudafricanos, más los migrantes hindúes como Mahatma Ghandi, quien sufrió el racismo en Sudáfrica. Si eso es ser de izquierda, Mandela fue de Izquierda.

Mandela se opuso a la guerra de Irak cuando acusó sarcásticamente al presidente de Inglaterra, Tony Blair, como una especie de Ministro de Defensa de Estados Unidos, cuando ese ex Primer Ministro justificó, junto a la ONU y George Bush las falsedades de la posesión de armas nucleares que supuestamente tenía Sadan Hussein para justificar la invasión de parte de la OTAN.

Mandela….un sueño incompleto

La lucha de Mandela dio sus frutos políticos; en primer lugar derribó todas aquellas teorías falsamente científicas y moralmente injustificables de la incapacidad del africano para dirigir su propio país. Teorías inventadas por el régimen del Apartheid. En segundo lugar, dejó un camino abierto en el poco tiempo que estuvo en la presidencia (1994-1999), para la reconciliación nacional. Avanzar en la derrota contra la discriminación, el racismo, no ha sido nada fácil pues hay que tomar en cuenta que en solo 17 años que lleva el Congreso Nacional Africano en el poder, partido donde milita Mandela, no es posible acabar con la aberración social y psicológica acumulada por más de 400 años de esclavitud de parte de Inglaterra contra la población sudafricana.

Hoy Mandela es un símbolo para los pueblos del Sur, aunque los occidentales lo han querido momificar y comercializar. Lo han querido convertir en un objeto de consumo y de moda como hicieron con el Che Guevara. Hoy más que nunca debemos revisar los discursos de Mándela y su agradecimiento a la solidaridad Internacional, su condena a la Guerra de Irak. No se puede permitir que lo pongan en el sueño eterno de Martin Luther King con aquel famoso discurso de “Tengo un sueño”.

Los sueños de Mandela por una sociedad más justa no se lograron en el corto tiempo que ejerció el poder, más bien han sido fruto de luchas centenarias.

 

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