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 Roberto Meza A.

Salario Mínimo: ¿herramienta de reactivación económica?

Roberto Meza A. | Martes 7 de enero 2014 9:06 hrs.


Tal como en otras áreas de las ciencias humanas, en economía existen investigaciones y evidencias empíricas que pueden fundar diversas posiciones respecto de medidas a adoptar en los países. Uno de los temas siempre polémicos, por sus efectos políticos y económicos, ha sido el salario mínimo.

La ciencia económica convencional dice que el desempleo se reduce disminuyendo los salarios, pues, como todo ajuste, debe hacerse vía precios, en este caso, el valor del trabajo. En la práctica quienes apoyan esta tesis buscan el descenso de los salarios como parte de una baja general de precios para comenzar a reactivar la economía “desde abajo”.

Sin embargo, una correcta política en este marco tiene complejidades en la medida que los salarios mínimos pueden comprar más o menos bienes y servicios, dependiendo de otras variables operando en la economía. Por ejemplo, en Chile, según la OCDE, en donde el salario mínimo nominal alcanza a los US$ 2.15 la hora, éste “rinde” más, es decir, compra bienes y servicios por US$ 2.80 cuando se le ajusta por la paridad de poder de compra (PPC) respecto del dólar norteamericano.

Un estudio realizado por la OCDE reveló que en el mundo, sólo nueve países tienen un salario mínimo más alto que los EE.UU. Y si bien Australia lidera en esta variable en el mundo con US$ 16 la hora nominal, este no compra tantas cosas como lo hace el de EE.UU. Desde luego, cuando se ajusta el salario mínimo por hora de Australia por PPC rinde solo $ 9,77, cifra que, empero, todavía es un poco más alta que el salario mínimo por hora EE.UU. de $ 7.25.

Chile aparece en la lista sólo por encima de Estonia, país que tiene un salario mínimo nominal de US$ 2.03 hora, pero que compra el equivalente a US$2.53; y México con un nominal de US$ 0,55 la hora y de US$ 0,80 ajustado por poder de compra. El país con el mayor salario mínimo “real” es Luxemburgo, con US$ 10.37 ajustado por PPC.

De allí que en este marco, hay investigaciones que apuntan en la dirección contraria a las afirmaciones de la economía convencional. Es decir, un alza del salario mínimo, dependiendo del resto de las circunstancias económicas, no sólo no aumentaría el desempleo, sino que podría reducirlo, activando la economía y disminuyendo la desigualdad y pobreza.

El economista de la Universidad de Massashussets, Arindrajit Dube, quien lleva más de 20 años investigando el tema en distintas regiones de EE.UU. ha podido demostrar que aumentar el salario mínimo no solo es bueno para el empleo, sino también para el consumo. En 2010, Dube publicó el respectivo trabajo junto a William Lester, de Carolina del Norte, Chapel Hill, y Michael Reich, de la Universidad de California, Berkeley. En él se observa que los ajustes “a la baja” realizados al salario mínimo en EE.UU durante las últimas décadas lo han llevado a US$ a 7,25 la hora, es decir, un 25% menos de lo que era en 1968. En ese lapso, si el mínimo sólo se hubiera reajustado por inflación y productividad, hoy sería de US$ 23 dólares la hora. Y si en los años 60 el salario mínimo se ubicaba en el 47% de la media salarial de EE.UU., hoy ha caído al 37%, razón por la que el Presidente Obama ha buscado elevarlo a US$ 10,10 la hora e indexarlo a la inflación. Pero al proponer la medida, diversos economistas han reiterado que un aumento del mínimo dará lugar a más desempleo, especialmente entre los trabajadores más jóvenes y poco calificados.

La investigación de Dube, Lester, Hill y Reich indica, empero, que si bien un aumento de 10% en el salario mínimo implica inicialmente mayores costos para la empresa, estos se ven compensados con la disminución de la rotación laboral y el aumento de la productividad que agrega la permanencia. Por otra parte, un alza gradual en el mínimo no necesariamente afecta los precios significativamente. A nivel macroeconómico, un alza del 10% en el mínimo se asociaría a un incremento de menos de 0,5% en el nivel general de precios, según una investigación de Jared Bernstein, que relativiza las hipótesis convencionales.

Los economistas David Card y Alan B. Cruger realizaron una investigación recopilada en su libro “Myth and Measurement: The New Economics of the Minimun Wage”, donde al igual que el trabajo de Dube, desafía el sentido común económico. Ambos trabajos están puestos a prueba en el mundo real, mostrando cómo el mínimo tiene un impacto en la distribución general de los salarios, la desigualdad y generación de pobreza.

Otro informe de David Cooper y Dan Essrow -contrariando la hipótesis tradicional que el mínimo radica en trabajadores jóvenes- dice que en EE.UU. el 88% de los empleados con salario mínimo tienen una edad media de 35 años, con 55% trabajando a tiempo completo y un salario de US$15.080 anuales, es decir, 19% por debajo del umbral de pobreza para una familia de tres personas. Un porcentaje importante de estos grupos dependen de programas de asistencia estatal a un costo de US$ 7.000 millones anuales. En dichos casos, dicen Cooper y Essrow, el alza del mínimo sería una herramienta poderosa para reducir la pobreza.

Estos economistas sostienen que el aumento del ingreso mínimo de las personas más vulnerables ayuda a estimular el gasto y el consumo en momentos de demanda general deprimida, situación que vive hoy el mundo desarrollado. De allí que, contra las advertencias de la economía ortodoxa, estos especialistas son partidarios de un alza del salario mínimo, pues permitiría mejorar el nivel de empleo, al tiempo que como los trabajadores de bajos ingresos destinan todo su ingreso al consumo, el aumento de su salario tendría impacto directo en la demanda y consumo, y por consiguiente, en el empleo. Interesantes polémicas de una ciencia social con pretensiones de exactitud de ciencia dura.

Roberto Meza