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Crónica

Blanca Vergara y Sara Braun: palacios, arribismo y crimen

Jamás habría imaginado ni la mandona de Blanca Vergara ni su caprichosa hija, Sara Braun, del uso que la historia -o más bien dicho las autoridades- le daría a la Quinta desde los años sesenta en adelante, donde el chulerío y el mal gusto pasó a reemplazar a los plutócratas, pijes, pitucos y siúticos.

André Jouffé

  Lunes 3 de marzo 2014 8:01 hrs. 
vergara


“A comienzos del siglo pasado no se apagaban las luces durante la función; había más interés en observar a las elegantes desfilando por los palcos y salones que disfrutar del espectáculo”. Le atribuyen estas palabras a Blanca Vergara, dueña entonces de la Quinta que reúne al chulerío anual en el mes de febrero.

Tanto la señora de don Guillermo Errázuriz como la de José Nogueira aportaron su gusto, refinado o dudoso, a la construcción de palacios en Chile, distantes unos de otros. Dos mil y tantos kilómetros a lo menos.

Blanca, construyó el Palacio de la Quinta Vergara con el arquitecto italiano Ettore di Petri mientras Sara erigía los suyos con Numa Meyer.

En un libro para ponerse histérico de cursi, lleno de detalles considerados inútiles pero que sin ellos jamás podría haber escrito esta columna, “Blanca Elena, Memoria indiscreta de la Quinta Vergara”, de Luz Larraín, la autora (quien formó parte de variopintos talleres literarios como los de Lafourcade, Contreras y Martín Cerda) nos cuenta que la viñamarina edificó el palacio de la Quinta en tres mil quinientos metros cuadrados, inspirado en estilo veneciano. Muebles de Maple, cristales de Bohemia, el oratorio que perteneciera al rey Felipe de Francia. Más leones y otros espanta espíritus en los jardines. La mujer se las traía y su hija Blanca Elena, también.

A la inauguración del palacio asiste la Iglesia patera completa, vicepresidente de la República, lameculos arribistas, siúticos, gente bien, embajadores, sólo militares con apellido seudo aristocrático.

Blanca, la joven, iba a ser noticia por su cuenta al enamorarse en París a los 16 años del polero, empresario y agente del presidente Taft, John Longuer de Saulles. Quince años mayor, prepotente y millonario, la seduce en todos los aspectos. Incluso en el religioso, ya que Blanca Elena Errázuriz Vergara debe pedir una dispensa en la Iglesia Católica para contraer nupcias por la anglicana.

En su viaje en 1911 a París para contraer matrimonio, tres años antes de la inauguración del Canal de Panamá, su barco de la White Star Line que pudo ser el Adriatic, el Baltic, el Cedric o el Celtic, recala en Punta Arenas antes de enfrentar el Atlántico.

Blanca era caprichosa, bien educada pero malcriada. Después de la luna de miel, cuando remata finalmente en Nueva York, la chilena aprende que el polero además de altanero dista mucho del hombre que quiso ver y no era. Con el tiempo, además, le es infiel. Ella a su vez es acusada de mantener relaciones con Rodolfo Valentino, lo cual resulta falso, pero a la distancia de años no pongo mano al fuego.

Tras el divorcio viene el boche por la custodia del único hijo, John. En una discusión en casa de su ex marido, Blanca, la ex dulce e ingenua, se las trae y le manda cinco disparos y con ello, lo despide hacia el otro mundo. Far West o Spaghetti western, no importa, el crimen es comidillo periodístico, social y multinacional.

El asesinato moviliza a las feministas y a connotados abogados. La pituca chilena en vez de parar en el Alcatraz, va a la cárcel de mujeres de Mineola donde recibe incluso la visita de su hijo. Tras un juicio que siguió la prensa como si se tratara de las andanzas y puteríos de Dominique Strauss Kahn del FMI, sale libre de polvo y paja pero con una nube oscura en la conciencia.

Regresa a Chile, se vuelve a casar esta vez con Fernando Santa Cruz, pero ya está enferma de físico y del seso y los viajes al fundo Pochocay no la consuelan de haber tenido que rematar la Quinta Vergara. En 1940, a los 46 años, ingiere somníferos con el fin de acompañar en mejor vida a John de Saulles.

Ahora bien, jamás habría imaginado ni la mandona de Blanca Vergara ni su caprichosa hija, del uso que la historia o más bien dicho las autoridades le darían a la Quinta desde los años sesenta en adelante, donde el chulerío y el mal gusto pasó a reemplazar a los plutócratas, pijes, pitucos y siúticos. Consta que las especies nombradas tienen diferentes connotaciones más sociales que económicas.

En ese sentido, doña Sara Braun, cuyo carácter distaba mucho de ser dulce, alternaba con una intelectualidad diferente, como con Gabriela Mistral quien, según Roque Esteban Scarpa era una mujer nada de tonta. ¿Por qué? La poetisa necesitaba recursos y pese a su opción por los pobres y los intelectuales en esencia y sin billete, sabía cuando arrimarse a los ricos en busca de recursos. Y la señora de Nogueira, la apoya. Bravo don Roque.

De Sara Braun quedan legados a la vista aunque le critiquen haber clausurado la entrada principal del cementerio. Elizabeth, de la cual fue tía abuela, periodista egresada de la Universidad Católica pero que jamás nadie vio en ejercicio de la profesión, también tenía su genio y curiosamente, su cuerpo.

De Blanca Elena, esta novela o biografía novelada de Luz Larraín es solo una historia de amor y crimen, de salones elegantes en tiempos cuando las condiciones del pueblo eran tan paupérrimas, que hasta el vil de la historia, John Longuer de Saulles, se curó de espanto en sus visitas a Chile. Si tomamos como ciertas las líneas de Larraín, al norteamericano le impactó la pobreza urbana como la rural y la minera. Y auguró grandes movimientos sociales a futuro de no mediar cambios radicales.

Seamos claros, no es que a de Saulles, al presidente Taft y compañía le interesara el bienestar de nuestro pueblo, pero sí les preocupaba una revolución o exigencias emanadas de la miseria que pusiera en peligro los enormes intereses norteamericanos en Chile.

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