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¿En qué minuto perdimos la cordura?

Columna de opinión por Sohad Houssein
Martes 15 de abril 2014 0:34 hrs.


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Buscar explicaciones lógicas para las catástrofes puede servir como consuelo y aprendizaje, y es uno de los primeros impulsos humanos ante estas situaciones.  Para el horrendo incendio de Valparaíso, su magnitud y consecuencia, ya existen varias. Su origen probablemente estaría en la acción humana o en una bandada de pájaros que se electrocutó. El viento fue el motor que propagó las llamas hasta lo impensable, y la ligereza de las construcciones el combustible para esta pira infernal.

Explicaciones que sirven a los técnicos y expertos, y a nosotros, los espectadores de la tragedia, pero que deben sonar como palabras vacías para los miles de damnificados que perdieron no sólo sus casas, también a sus mascotas, el valor del esfuerzo que les tomó tener lo que había en sus hogares, los recuerdos, el patrimonio familiar y, por cierto, las pocas certezas y la dignidad que puede dar tener dónde vivir. Menos aún tienen sentido para aquellos que perdieron a alguno de sus familiares.

Pero hay otras situaciones que este incendio dejó al desnudo que parecen escapar de toda lógica o sentido común. A días ya de comenzado el siniestro se suman las voces de vecinos que denuncian que los aviones aljibes no concurrieron a apagar las llamas al momento de su origen, pese a los reiterados llamados de alerta. Pasaron las horas, y cuando las casas ya se consumían, las callejuelas y pasadizos intricados que escalan los cerros porteños demoraron la llegada de bomberos a las poblaciones, pues en la pobreza y el abandono en que viven en muchos de esos sectores del puerto no hay siquiera bombas o comisarías. Cuando finalmente llegaron los bomberos, sólo lo hicieron para constatar con impotencia que en los grifos estaban secos. Y pese a que la empresa que debe suministrar agua potable a la región, Esval, argumentó que se trataba de construcciones que no estaban regularizadas y, por lo tanto, estaban fuera del alcance red, los propios afectados han denunciado que los medidores y las cañerías funcionaban a la perfección en sus casas, incluso durante el incendio. No así los grifos habilitados para emergencias como estas.

Y cuando los bomberos de la Quinta Región ya no daban abasto, sus compañeros de Santiago y de otras regiones del país acudieron raudos en su ayuda. Voluntarios, que no reciben sueldo y que nos salva la vida por pura vocación, lo sabemos, pero pareciera que los dueños de las carreteras  concesionadas no. Según consta en videos publicados en este mismo diario electrónico no dudaron en cobrarle peajes de $4.700 a los carros que acudían a la emergencia.

Y aunque Esval trate de limpiar su imagen anunciando la condonación de las deudas o la reposición gratuita de los medidores, y desde las carreteras anuncien que tienen un registro de los carros que pasaron por los peajes, la responsabilidad que le debiera caber a estas empresas o sus directivos no debiera ser menos a la que puedan tener los pirómanos, delincuentes o locos que generan los incendios. Porque creo que es igualmente responsable quién enciende el fuego que quién pone trabas para apagarlo.

Pero es poco probable que algo les pase. Vivimos en un país secuestrado por la propiedad privada, un valor que se ha elevado por sobre todos los otros, incluso el de la vida. Y el incendio que hoy nos encoje los corazones es sólo una prueba más de eso.

Aunque las mociones de parlamentarios para impedir el cobro de peajes a los vehículos de emergencia abundan hace años, la idea no ha prosperado. La influencia, el lobby, el dinero y una ley que los exime de casi toda responsabilidad social avala a los empresarios.

Pertenecemos a un Estado -porque esto trasciende a los gobiernos-, que gasta miles de millones de dólares en armamento (muchas veces inútil y que termina oxidándose en bodegas) con la excusa de proteger a su población, pero que dejó en manos de empresas extranjeras el acceso a los servicios básicos;  a merced de licitaciones leoninas la conectividad del país; y al gusto y conveniencia de las grandes inmobiliarias la planificación urbana de sus ciudades.

Porque si en los cerros de Valparaíso es la ley del entusiasmo personal la que rige a la hora de construir casas y habilitar caminos, esto se debe únicamente a que los barrios son poco atractivos para las inmobiliarias, porque el entorno de casas callampas que se afirman tambaleando de caer cerro abajo y la mala fama de los choros del puerto que se encubran a esas alturas en las noches hacen poco vendibles los “proyectos inmobiliarios”. Pero ahora que el fuego se llevó todo, que las llamas les limpiaron el camino, no extrañaría que en esos mismos cerros olvidados de la mano del Estado surgieran ahora edificios y hasta malls donde los mismos afectados fueran a gastar el dinero de los bonos que recibirían a las grandes tiendas del retail, literales pulperías modernas.

No se le puede pedir todo al Estado, es cierto, pero tampoco parece lógico que se desentienda de materias tan sensibles para sus ciudadanos, que se haya atrapado a sí mismo en una situación en que las leyes sólo rigen para quién no tiene cómo comprar su impunidad, y que el destino de quienes vivimos acá, a pesar de las catástrofes, quede en sólo en manos del mercado y sus intereses.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.