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Luis Schwaner

¡Viva Chile Mierda!

Luis Schwaner | Jueves 19 de junio 2014 11:51 hrs.


Cuando viví en España, muchas veces me preguntaban por qué agregar al nombre de mi país el término excremental, ¿Cómo explicarles? Sería homologable a pedir que expliquen por qué los españoles dicen “Arriba España, joder!” o “Viva España, coño! No hay una explicación ni etimológica, ni plausible, simplemente es así. Tal vez tenga que ver con las ganas de gritar a todo pulmón por un país que es el de uno, pero que, en mi caso, al menos, se mezcla con todo lo bueno y con todo lo que no me gusta de ésta patria, Chile.

Pero, claro, tiene que ver también con tanta frustración arrastrada desde la época en que éramos españoles por decreto, desde cuando éramos súbditos de la corona, desde antes incluso, porque la base de esta identidad nacional está dada a mitades por lo español y lo mapuche (entiéndase por “lo español” fundamentalmente las influencias castellanas, vascas y andaluzas que migraron a este último rincón del mundo como si de cumplir una penitencia se tratara, y en muchos casos, sí lo fue). Podría explayarme en un largo etcétera intentando demostrar los paralelismos entre nuestras recorridos históricos, dictaduras militares fascistas incluidas, pero asumo que son conocidos y que lo que trato de expresar es mi alegría identificada con la de millones a lo largo de esta franjita de finis terrae.

Alegría porque los chilenos, por fin, nos damos un gusto en profundidad, a lo grande: Este 18 de junio de 2014 hemos eliminado nada menos que al último Campeón Mundial de Fútbol, España, el toro herido al que me referí después de su sonada derrota ante Holanda el viernes pasado. Uno que intentó, pero no pudo. Fuimos más y supimos administrar el juego. Y esta alegría no surge en mi sólo porque a través de ella me sienta yo también parte de este colectivo llamado “mi pueblo”, en medio del sentimiento ambiguo que mi país me provoca, sino porque viene a saldar, de alguna manera, esa propensión maníaco-depresiva que los chilenos hemos vivido durante tantas décadas en torno al fracaso, la vergüenza y la derrota en este deporte definitivamente de multi-multitudes.

La noche de este miércoles, las calles de Santiago fueron literalmente rojas. Después que el partido terminara -y por horas- siguieron circulando miles y miles de automóviles pitando al ritmo del “Chí-chí-chí, lé-lé-lé”, mientras grupos de jóvenes, mujeres, niños, viejos, les azuzaban desde las esquinas, en cada semáforo, sin cesar, blandiendo, ondeando, banderas nacionales. Fue, sin duda, una alegría catártica y emocional que nos invadió de modo indescriptible porque tal vez la necesitábamos, aunque fuera esta vez, no más para celebrarla como si efectivamente hubiésemos ganado el Campeonato del Mundo.

Finalmente, sólo decir que me duele España. Porque también la quiero, porque allí viví momentos importantes y porque allí viven personas que quiero y que me quieren. Pero, además, porque su selección fue un digno adversario, que jugó mal, es cierto, pero con decencia y limpiamente. Y porque, después de todo lo dicho, España es -para nosotros, latinoamericanos- España: Ineludible en el espacio y el tiempo de nuestra historia común, partiendo por esta bella lengua en la que escribo.