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El Mundial sin anestesia

Columna de opinión por Hugo Mery
Viernes 20 de junio 2014 12:50 hrs.


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El “maracanazo” de este miércoles tuvo la doble virtud de darle un instante de alegría al conjunto de los chilenos, pero también de no actuar como un “anestésico”, que es lo que han sostenido algunos comentaristas que no comulgan con la fiebre mundialera.

Es cierto que el partido entre Chile y España fue un “breaking new” que alteró todas las programaciones habituales, salvo en algunas radioemisoras y los canales noticiosos del cable. No podía ser de otra manera, digan lo que digan los que no vibran con este deporte.
El histórico triunfo de un país latinoamericano que eliminó al campeón mundial y europeo y cuyo reciente torneo interno fue también de alto nivel desató, obviamente, la necesidad de alegría y fiesta que tienen las personas.

El fenómeno sociológico que es el deporte más convocante de multitudes no se agota, por supuesto, en esta búsqueda de felicidad.
Está también la identificación de los hinchas con jugadores que buscaron “darle sentido a sus vidas”, como dijo uno de los miembros de la más brillante generación futbolística. El sufrimiento y el estrés que se siente durante todo el transcurso del match es otro fenómeno anotado por la sicología social como necesidad inherente al ser humano.

Lo importante es que la nación triunfante volvió rápidamente a su rutina diaria, a enfrentar los problemas que aquejan a los diversos ciudadanos, grupos y sectores sociales. No surgió esta vez la condición “maníaco depresiva” que se atribuye a los chilenos, que en su bipolaridad caerían en estados negativos que van de la euforia al escepticismo.

Los debates, demandas y manifestaciones sociales no cesaron entre los triunfos sucesivos sobre Australia y la potencia europea y hasta se evocaron los 100 primeros días de Bachelet temprano en la mañana del día 18, todo lo cual ha seguido desde la noche hasta ahora.

El Congreso aprobó las reformas al Multirut y hoy se interpeló agriamente en la Cámara a la ministra de la Vivienda por la reconstrucción en la zona norte y Valparaíso. Hasta los temblores se reanudaron en Iquique, alcanzando uno de ellos 5,4º esta madrugada.

Tampoco faltaron los hechos de violencia tanto en el Maracaná (donde se escenificó el embarazoso fraude del Cóndor Rojas en 1989) por hinchas chilenos sin entradas y que se encontraron ayer con reventas a mil dólares, ni las destrucciones y ataques en diversas regiones de Chile de los grupos de siempre, pertenecientes a lo que el viejo Marx llamó el “lumpen proletariat”.

También volvió a recordarse lo que el pelado Lenin llamó: “el extremismo, enfermedad infantil de la izquierda” (“del comunismo”, dijo en realidad el líder bolchevique). Esto porque siguen radicalizándose demandas y acciones en torno a la reforma educacional, que grupos intransigentes tachan de “simples cambios cosméticos”, a la vez que se toman establecimientos sin votaciones ni petitorios previos para conversarlas con las autoridades.

Los parlamentarios de todas las bancadas seguirán juntos los partidos y se abrazarán entre adversarios, pero los ciudadanos postergados y los sectores movilizados no transarán, por mucho que compartan las alegrías de la cancha, festejen triunfos y expresen esperanzas.

Es la justa medida de un Mundial que –no olvidar- es una industria que mueve millones en el mercado y cuya máxima institución, la FIFA, está cada día más cuestionada por su corrupción y prácticas mafiosas. La última de ellas podría ser la de poner, después de los primeros partidos, a competir a Brasil contra el equipo de Camerún, que ya piensa en el regreso a casa. No se quiere arriesgar a que, con otros competidores, el dueño de casa no siga avanzando.

Son las reticencias a estas prácticas las que alimentan las críticas que, sin embargo, no pueden relativizar la sociología del Mundial, como lo probaron los propios brasileños que se movilizaron contra las enormes sumas gastadas y en pro de demandas sectoriales específicas, por ejemplo las de los trabajadores de aeropuertos y del Metro de Sao Paulo. Ellos tampoco sintieron los efectos de una anestesia generalizada, pese a su proverbial devoción por el “futíbol”.

 

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.