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El mito Lagos

Columna de opinión por Hugo Mery
Viernes 5 de septiembre 2014 11:09 hrs.


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Las tonantes palabras del ex Presidente Lagos en Icare sobre la relación del gobierno con los empresarios tiene, en rigor, dos alcances: una acusación a la administración actual de carecer de voluntad política para hacer que los privados ejecuten  las tareas que tienen pendientes y que, en el caso de las concesiones de las autopistas,  llevan ya ocho años de incumplimiento, es decir, desde que  él dejó La Moneda, prolongándose durante los dos gobiernos anteriores y lo que va del actual.

Más allá de que con un golpe de mesa haya dicho que hay que “ponerse los pantalones” –lo que rememora una trasnochada concepción machista- el efecto fue de una crítica al sector  privado tanto como al público.  Pese a que Lagos estaba diciendo en la reunión empresarial que el gobierno debe conminar a los privados que ellos deben invertir, éstos se alzaron para aplaudirlo de pie, confirmando que lo siguen “amando”, desde que dejó el mando.

Desde ahí se desencadenaron los hechos que terminaron por ocultar – y éste es el segundo alcance de sus palabras-  la crítica implícita a los privados. Las cautas reacciones del gobierno y las conciliadoras expresiones del  ministro DC de OO.PP., Alberto Undurraga, en orden a que los planes reclamados en infraestructura estaban  en plena marcha terminaron por neutralizar aquella crítica.

A esto se sumaron con oportunismo los líderes de la oposición, en especial el senador Andrés Allamand quién llamó al gobierno a hacer caso en cuanto a buscar amplios acuerdos para las reformas en curso.

Subscribieron así otro mito que aureola la figura de Lagos: que se trata de un estadista que sabe mirar al largo plazo, provocando la admiración ya expresada hace años por dirigentes como Pablo Longueira.

Después del remezón político desde Icare –lugar y oportunidad resentida por voces de la Nueva Mayoría-, el ex Presidente dio una entrevista a “El Mercurio”. En este diario contribuyó a disipar sus críticas a los empresarios y trató de hacer lo mismo con las que prodigó a las autoridades. Pero más allá de buenas calificaciones para los ministros Peñailillo, Eyzaguirre y a la misma Presidenta Bachelet, guardó la distancia respecto del gobierno y mantuvo indirectamente sus reservas  frente a puntos específicos, proyectándose más hacia el futuro partiendo del pasado.

Aquí se constata otro mito: por mucho que él quiera preservar una visión de largo plazo, siente que no puede desmarcarse demasiado de su sector y que debe limitar sus críticas por la adscripción político-partidista a la que  él está asociado, aunque ejerza su libertad para pensar más allá de la coyuntura.

Y si es por mitos, el que se rompe definitivamente es que  él fue el primer Mandatario socialista después de Allende. Sus sentires no son siquiera socialdemócratas,  como sus actuaciones  como gobernante  tampoco lo fueron. Es más bien un economicista que entiende que la modernización va más bien por un camino neoliberal. Es cierto que su gobierno no podía ser socialista, porque lo sustentaba una coalición de centro-izquierda que – por los amarres autoritarios- debió transar con los herederos de la dictadura. Pero aún así, otra cosa es enarbolar el slogan electoral de “crecer con equidad” y hacer un gobierno de centro-derecha, como lo dijimos en su momento ante los micrófonos de esta radio.

Confiar tanto en los privados choca con las  repetitivas conductas de no cumplimiento por éstos, no sólo en las autopistas, también en el Transantiago, donde las empresas demoraron la instalación del GPS, y sí beneficiándose de las multas que el Estado debía pagarle por las demoras de la puesta en marcha  del nuevo sistema  de microbuses, las colusiones de las farmacias y sus prácticas de “la canela”, las evasiones de impuestos por el grupo Penta, los fraudes de Cascadas, los abusos del retail en los casos Cencosud y La Polar, etcetera, etcetera.

Lagos no alude a tantos abusos y prefiere cargar los dados  a las demoras del Estado en la implementación del Transantiago, en especial de las vías segregadas para las micros que reemplazaron a las antiguas amarillas, cuyos defectos – por lo demás- constituían sus virtudes.

El último mito es que con su intervención de ahora  está mirando la próxima elección presidencial. El sabe, en lo íntimo, que el Transantiago lo atropelló y que ya no podría revalidar sus exigencias de hace cinco años de no someterse a primarias y tomar el control de las plantillas  parlamentarias de su coalición. Como el mismo dice, en su modo que muchos tildan de arrogante,  el país enfrenta un nuevo ciclo y figuras como el joven ministro del Interior, Rodrigo Peñailillo, constituyen la generación de recambio inevitable.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.