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Roberto Meza

La porfiada realidad

Roberto Meza | Martes 6 de enero 2015 17:26 hrs.


La globalización económica tiene, como todo, sus pros y contras. Durante la llamada “década de oro” entre 1995 y 2007, cuando el dinero circulaba a la velocidad de la luz entre Nueva York y Tokio, Melbourne y Londres, Beijing y Rio de Janeiro y los ingenieros de Wall Street desataban toda su creatividad financiera con autorización de la Fed, generando cientos de “productos” que incrementaban artificialmente la masa de dinero, haciéndonos creer que la riqueza era infinita, desde Slim a Gates y hasta el más humilde jubilado de un fondo de pensiones europeo sentía con alegría crecer sus ganancias, aunque, desde luego, la velocidad de acumulación de los primeros fuera inmensamente superior a la de los segundos, según ha probado el economista francés de moda, Thomas Picketty, en su aún más de moda libro “El Capital en el Siglo XXI”.

Pero llegó la hora de la verdad y desde el 2008 en adelante, la economía mundial se ha debatido en un constante ir y venir de alzas y caídas de mercados, en un entorno en el que tanto autoridades políticas como económicas han competido por anunciar el término formal de la crisis, aunque los porfiados hechos terminen por demostrar con dureza que aquella no finaliza aún y que el orbe tiene por delante varios años de esfuerzos equilibradores, así como de ajustes al sistema que prácticamente quebró en 2008.

Con productos derivados por más de US$ 700 millones de millones –más de 10 veces el PIB mundial 2013- circulando en el sistema financiero, buena cantidad de los cuales no son sino papeles “basura” incobrables, la reingeniería financiera requerirá no sólo las mega transferencias de patrimonios que se ha estado produciendo en los últimos cinco años, con cierres, compras y fusiones de centenares de bancos e instituciones financieras de todo el mundo, sino de un largo periodo de apoyo de los Banco Centrales a sus respectivos sistemas, tal como ocurrió en Chile en 1982, con la compra de la “deuda subordinada”.

Si a esta situación financiera, que es la “madre de todas las batallas” económicas de la actualidad, se le agrega el comienzo del fin de la centenaria “era del petróleo”, con los inevitables desajustes de mercado que aquel fenómeno traerá consigo –entre ellos la actual guerra de precios- y, por cierto, sus consecuencias en la situación política y social de las naciones productoras –incluso, el propio EE.UU. que ha tomado la delantera gracias a la tecnología e innovación, pero que sigue con una deuda externa equivalente al 100 por ciento de su PIB- las perspectivas económicas son para enervar a todos quienes tienen en sus manos la toma de decisiones, tanto a nivel político como empresarial.

Con EE.UU. como “locomotora” actual, reactivándose gracias a su soberanía sobre la moneda mundial de intercambio y capacidad innovadora; pero con Europa al borde de la recesión; señales de una eventual guerra de divisas; China en ralentí, buscando evitar más deuda e inflación; Japón luchando por reactivar su alicaída economía; naciones emergentes enfrentadas a la brusca baja de precios de los comoditties; así como los focos de inestabilidad geopolítica en Rusia, Siria, Libia, Irán, Afganistán, Israel, Palestina, el mundo se ha tornado un lugar peligroso, que requerirá de toda la astucia e inteligencia de las elites para abordar la agudizada contradicción entre un poder político con urgente necesidad de conservación de su capital social para dar estabilidad; y el poder económico, amenazado desde hace años por la crisis financiera la baja actividad y la guerra de precios petrolera, pero, también, presionado por las políticas nacionales para reducir la desigualdad, la que, a su vez, se torna cada vez más evidente, mientras más avanza la crisis y el necesario ajuste nos retrotrae a esa realidad económica sin la heroína del crédito fácil que la desató.

El contenido vertido en esta Columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de Diario y Radio Universidad de Chile.