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Columna de opinión por Vivian Lavín A.
Domingo 5 de abril 2015 12:54 hrs.


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La filósofa española Adela Cortina sostiene que al igual que las personas, las organizaciones son también agentes morales. Especializada en ética aplicada, esta catedrática de Ética de la Universidad de Valencia ha centrado su trabajo filosófico en un tipo de organizaciones que en los tiempos modernos tienen un rol fundamental: las empresas. La académica ha insistido en su estudio sobre el tema a tal punto, que ha creado una fundación para ello, ETNOR, Ética de los negocios y las organizaciones, centrada en el comportamiento ético de las empresas en nuestra sociedad donde el intercambio de bienes y servicios es una verdadera religión. La verdad, es que su trabajo ha sido un aporte invaluable y se puede apreciar en una serie de libros de su autoría y, en otros, donde ha actuado como editora. Allí se concentra el pensamiento filosófico relativo a la conducta ética de estas organizaciones que a la postre, ya sabemos, están integradas por personas que de manera vicarial les impregnan su ethos a la hora de tomar decisiones. De aquí que aun sabiendo que las medidas que se toman al interior de estas organizaciones son producto del raciocinio de un grupo de personas, se habla de las empresas como entes independientes, autónomos que se mueven en el mundo de las finanzas o de la sociedad en general.

Y de la misma manera en que las empresas son consideradas como organismos cuyos actos pueden analizarse desde un punto de vista ético, independiente de las personas que las componen, lo mismo sucede con las instituciones del Estado. Siendo claro que, las tareas de estas instituciones son de vocación más amplia, representativas de la nación y entendidas como un cuerpo administrativo creado con el fin de velar por el bien común. La institucionalidad es entonces, una serie de organizaciones que también son agentes morales, a la luz del pensamiento de Adela Cortina. Estas instituciones y su funcionamiento es lo que en Chile le ha permitido a la clase política envanecerse, apelando al hecho de si bien pueden haber ciertas personas que tengan un comportamiento reñido con la ética en su interior, finalmente, su actuar no contamina al todo. Las instituciones funcionan, se ha dicho con no poca soberbia.

Valorando y considerando esencial e indispensable el trabajo de filósofos, como Adela Cortina, que han decidido hacer de su materia de trabajo el estudio ético de este tipo de agentes morales que participan en la sociedad de manera tan decisiva y con repercusiones tan amplias y profundas, se lamenta que a la hora de realizar un acto tan simple como la lectura, estas organizaciones no puedan hacerlo sino a través de las personas que las integran. De modo que toda la producción intelectual que significa un gran aporte para el análisis y la comprensión del comportamiento moral de estos actores que tienen vida propia, sean empresas o instituciones, queda oculto. Por no decir, ignorado e, incluso, minusvalorado.

Lo que está sucediendo en Chile hoy, es muy revelador. Contrariamente a quienes hemos identificado durante décadas como protagonistas del cuerpo social, esto es a las empresas o tal o cual repartición del Estado, hemos comenzado a hablar de las personas que las integran. Es así como al mismo tiempo que se habla de Penta o de Caval, se hace referencia con nombre y apellido a sus dueños. Y en este caso, las personas que las integran, han sido identificados agentes inmorales que incluso, en los caso de grupo económico, representan un peligro para la sociedad.

La presidenta de la República, después de mucho tiempo, ha dicho: “No destruyamos la honra de personas que a lo mejor no han hecho nada”, saliendo a la defensa de lo que podemos definir como personas decentes.

El Premio Nacional de Literatura 2004 Armando Uribe Arce se refiere de manera permanente al concepto de gente decente y al explicar el concepto señala: “La gente decente hace las cosas que tiene que hacer y eso significa cumplir los deberes, pero no con esa palabra deber que es muy fuerte, sino que hace lo que corresponde. Y en este sentido tiene que ver con la moral, porque puede haber gente decente de los más distintas proveniencia sociales, económicas, y también culturales. La decencia es lo que da la dignidad y la dignidad puede tenerse en cualquier sector social de cualquier sociedad”…sin embargo, no tarda en acotar: “Yo creo que el pueblo tiene más dignidad que gente que hace fortunas y que son ricachos”.

Hoy presenciamos cómo ciertas empresas, ciertas instituciones y determinadas personas están siendo investigadas por los más diversos fraudes en contra del Estado y sus leyes. Por la relevancia y número de los involucrados que cada día aumenta, la nación observa expectante y estuvo esperando la señal de la autoridad que indicara que estos agentes e individuos no representan a los que, en palabras de Uribe, “cumplen sus deberes dignamente”.

Las palabras de la mandataria están embebidas en el sentido común y en la compasión, más que en el corpus intelectual que se ha escrito sobre este tema y que bien pudiera darle más densidad a un debate que nos involucra a todos como personas y como integrantes de estos agentes morales.

La nación, esto es, hombres y mujeres, jóvenes, niños y niñas, observa con repugnancia el espectáculo que dan aquellos que quieren hacerle creer que son decentes.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.