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Balas en las calles y explosivos en las mochilas

Columna de opinión por Vivian Lavín A.
Domingo 17 de mayo 2015 12:32 hrs.


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Hay quienes piensan que algunos de los jóvenes que se manifiestan en las calles de nuestro país por una educación pública, gratuita y de calidad portan bombas en sus mochilas. No se equivocan. Pero no son algunos, sino todos y los que han puesto ese material en ellas, junto a sus cuadernos y lápices para ir al colegio, son sus padres y el mismo Estado.

Lo que está dinamitando nuestra democracia son los textos de estudio de la historia de Chile, esos manuales que hemos visto de forma simple y anodina y que, sin embargo, son los que junto al profesor en la sala de clases forman al alumno como un ciudadano. Publicaciones que la Dictadura supo aquilatar como para erradicar del aula el análisis de la historia del Chile reciente. Nada sobre la Unidad Popular, nada sobre el gobierno cívico-militar y las profundas reformas que estaba realizando en nuestra sociedad. La Transición fue también temerosa, y recién el año 2009, incluyó para Sexto Básico y Tercer año Medio, la enseñanza de la Historia de Chile del siglo XX.

Increíble, los cien años más trepidantes de la historia humana, con dos guerras mundiales y todo el cambio que eso significó en la propia configuración de nuestra sociedad. El siglo que vino como el Cambalache a trastocarlo todo, y en el que se produjo la más grosera intervención de Estados Unidos en los asuntos internos de América Latina desatando un efecto dominó de golpes de Estado, incluido nuestro 11 de septiembre de 1973. Un texto que sin embargo, no se relaciona con las otras materias como para entregarle al alumno de manera amplia lo que sucedió en el campo de la literatura y el pensamiento, las ciencias y la filosofía en nuestro país y en el mundo en esos cien años.

Los textos de estudio son herramientas de modelamiento ciudadano de las generaciones que se están formando en nuestras aulas y su poder ha sido invisibilizado en la discusión sobre la calidad de la educación en nuestro país. No hay debate en torno a ellos ni de qué manera están cumpliendo los objetivos trazados por el Ministerio del ramo, que señala “la valorización de la democracia representativa como la mejor forma de organización política y convivencia social”. Los textos escolares, según otros dos autores del dossier Manuales escolares editado por la edición chilena de Le Monde Diplomatique, “deben considerarse como elementos historiográficos de gran relevancia social (…) como transmisores de identidades plurales e interculturales”.

Es por esto que tomé el libro de Tercero Medio de mi hija, cuyo título es Sociedad, editado por Santillana, uno de los megagrupos del negocio de los textos escolares de habla hispana, así como Hachette Education en Francia o Macmillian Publishing Group en el Reino Unido…el que por cierto, resultó mucho más oneroso que sus pares extranjeros cuando el mercado de los textos de estudio para la educación privada no tiene ningún tipo de control gubernamental en Chile, aunque se trate del mismo manual que adquiere el Estado para la educación pública. El texto incluye como lo señala la reforma de 1997 y aplicada recién a partir del año 2001, a El Régimen militar. Se refiere a él como un “quiebre a nivel político, social y cultural”. No habla de dictadura cívico-militar y, en una página con una amplia fotografía de La Moneda bombardeada, exhibe de manera breve las causas del quiebre institucional en las que no se dice ni una palabra de la injerencia de la CIA, a partir del material que ha sido desclasificado en los últimos años y que es de conocimiento universal. En la Primera Unidad, despacha en no más de 40 páginas en un libro que no supera las 300, con muchas fotografías, insisto, los Cambios políticos hasta mediados de siglo, que remata con la discusión de un tema: Voto obligatorio o voto voluntario junto a la pregunta: ¿Cómo construir más y mejor democracia? Nuevamente, una página con una agigantada imagen de un dedo entintado y en la opuesta información sobre la reforma constitucional de 2009 que estableció el voto voluntario en Chile, con una selección de cuatro opiniones sacadas de la prensa, principalmente, diarios electrónicos, sobre el tema, a favor y en contra, y luego tres preguntas para trabajar en el aula.

Los profesores que están desarrollando esas clases no tuvieron ellos en su propia formación de estudiantes la oportunidad de analizar los cambios políticos y sociales del Chile reciente. Pensar nuestra sociedad fue desde el inicio de la Transición una cuestión peligrosa de ahí el exterminio por parte del Estado de los medios de comunicación que fueron intransigentes con la dictadura y el régimen económico y social implantado. Los medios de comunicación masivos no han sido capaces de entregar herramientas para un debate sino en cuanto se trate de casos de alarma pública que prometan varios puntos de rating. No extraña, entonces, que el manual de estudio seleccione las opiniones vertidas en medios electrónicos que son hoy las fuentes de debate plural y abierto más importante del Chile del siglo XXI, aunque no deja de ser sintomático que no señalen a un libro como fuente.

Los chicos que hoy salen a las calles a protestar son la muestra de que a pesar de tener una educación que no sabe bien cómo formar a un ciudadano activo y participante es posible pensar y aspirar a otro Chile. A pesar de que los padres y el Estado insistan en una relación descafeinada, con amplios silencios nada de inocentes, de la Historia de nuestro país, los jóvenes se las arreglan para sentirse parte de un proceso mayor que recorre las venas de nuestro pasado, a través de los movimientos sociales y de la lucha permanente que han dado las clases más desposeídas, entre los que se cuentan nuestros pueblos originarios.

Pero está claro que no todos los alumnos lo entienden así. Están los otros, los que no aprendieron ni en el aula ni en sus casas sobre el valor de la democracia.

Esta semana, un joven más exaltado que los que se movilizaban por el exterior de su vivienda en una marcha estudiantil, y con un poco de droga en el cuerpo quizás, dio muestras de haber aprendido muy bien la lección de lo que hay que hacer en Chile frente al disenso: reaccionar rápida y letalmente. Un excelente alumno de la cultura de la violencia y la descalificación que se ha entronizado en Chile como producto de una convivencia hostil y que los medios de comunicación saturan hasta el hartazgo. Esta misma semana, el Presidente de la Corte Suprema Sergio Muñoz declinaba la invitación que le extendiera la Comisión de Constitución del Senado para asistir a una de sus sesiones debido a “la falta de condiciones de respeto”. Al interior del Congreso Nacional, las palabras se cruzan como balas… así lo entiende el presidente del máximo Tribunal. Así lo entiende gran parte de una población que no sabe cómo incidir en el destino de nuestra nación, que se siente abatida y atropellada en sus derechos cuando no cuenta con la formación escolar ni ciudadana para opinar ni con la opinión propia para hacerse parte de un debate en torno a temas esenciales como una asamblea constituyente, uno de los procesos más fascinantes del convivio ciudadano. Las balas están en las calles pero en las aulas, en los textos de estudio, están los explosivos.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.