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Copa América 2015

Chile-Argentina: indiscutiblemente los mejores

Por su lado, Chile hizo una excelente labor defensiva a la que se sumaron buenos momentos de sus delanteros. En frente, una Argentina de nivel mundial, que en las dos últimas presentaciones internacionales ha demostrado un impecable juego colectivo que la hace un rival de temer.

Francisco Cárdenas

  Domingo 5 de julio 2015 9:12 hrs. 

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El Estadio Nacional se vistió de gala para recibir la final de la Copa América Chile 2015. El torneo que se ha desarrollado en nuestro país llegaba a su fin y la emoción por ver a los locales coronarse campeones movilizó a un alto contingente de hinchas que colmaron el reducto deportivo. Un marco inmejorable para una final y un partido imperdible.

A este enfrentamiento llegaron los dos mejores equipos del campeonato y, más allá de algunas suspicacias o sugerencias envidiosas, fueron los merecidos aspirantes. Principalmente porque los dos equipos propusieron un juego basado en la tenencia de la pelota y en el poderío del juego colectivo asociado para superar a sus rivales de turno. Y en ese sentido, la final fue un reflejo de esa forma de entender el fútbol. Ambos equipos se entregaron en un partido atractivo y disputado que tuvo pasajes de alto nivel y todos los ingredientes propios de una final.

El juego fue muy parejo, pero hubo ciertos momentos en que la Selección Chilena fue capaz de arrinconar defensivamente a los argentinos e impedirles la salida limpia y asociada. Cuando eso sucedía, las defensas rivales dividían la pelota y esa forma obligada de juego, dificultaba la labor de los delanteros que, de espaldas al arco, perdían constantemente o eran anticipados. Otra cosa era cuando Lionel Messi, Ángel Di María, Sergio Agüero o Gonzalo Higuaín, después, lograban ponerse de frente al arco y atacar con espacio favorable el área chilena. Ahí temblaba el estadio y se necesitaba del esfuerzo coordinado y solidario de todo el bloque defensivo para detenerlos.

Chile basó su juego en el gran trabajo de su mediocampo que supo imponer precisión en el manejo de la pelota, presión constante y adelantada y, sobre todo, mucha velocidad, lo que permitió encontrar siempre espacios vacíos y controlar con confianza el paso del balón por esa zona importante del campo. Sin la lucidez de otras tardes, pues el rival no lo permitía, encontraron la forma de imponerse y dar tranquilidad a todo el juego chileno. El trabajo de Charles Aránguiz, Marcelo Díaz, Arturo Vidal y Jorge Valdivia ha sido destacado durante todo el desarrollo del campeonato y no fue diferente en el partido final. Esta vez los delanteros se sumaron a ese esfuerzo general y aportaron una cuota importante para presionar y recuperar el balón en campo rival, haciendo más fácil esa labor.

En defensa hay que hablar de las apuestas de Sampaoli. Opto por el ingreso de Francisco Silva, quien pese al bajo rendimiento individual, pudo ingeniárselas para apoyarse en el colectivo y cumplir con sus tareas asignadas. El experimento pudo haber salido muy mal porque en algunas jugadas se notaba falto de fútbol y demasiado predecible en la entrega, pero siempre tuvo el apoyo de Mauricio Isla, Gary Medel o Marcelo Díaz que le cubrieron las espaldas y le ayudaron a superar sus errores. El otro ingreso que dispuso Sampaoli fue el de Beausejour como lateral izquierdo y fue un acierto total, pues con su velocidad, experiencia y potencia física puso un obstáculo dificilísimo de superar por ese sector. El resto del bloque defensivo estuvo en el nivel acostumbrado y realizó una labor destacada en la marcación y en en la proyección ofensiva.

En el otro frente hay que reconocer la lucha y el ingenio para despojarse de las pegajosas marcas y encontrar sus propias opciones. Messi era bien controlado casi todo el tiempo pero sus esporádicos triunfos encendían las alarmas y traían siempre peligro para el arco de Claudio Bravo. Las faltas cerca del área o los innumerables tiros de esquina también generaban temor y preocupación. Chile se las ingeniaba para equilibrar el juego aéreo y defenderse como fuera de los ataques transandinos pero sufría en cada intento. Y en ese equilibrio de fuerzas era poco lo que podía definirse. Escasas opciones de gol pero emociones y ardua disputa en todo el campo fueron consumiendo los noventa minutos regulares y alargando un inminente final.

En el tiempo extra el cansancio ya era evidente en muchos jugadores rivales
y eso comenzó a desequilibrar la balanza en favor de los chilenos. Además la selección Argentina se mostraba disminuida debido a las lesiones de Javier Mascherano y Ezequiel Lavezzi y así parecía imposible pelear por el triunfo dentro de la cancha. Entonces la selección local mostró mayor decisión para buscar un mejor resultado y pudo haber encontrado un merecido gol de no haber sido por la falta de puntería de sus atacantes. Poco a poco se iba acercando también el fin de la prórroga y los penales asomaban como un misteriosa e incierta definición. Por mucho que se intentó, los esfuerzos resultaron estériles y la paridad terminó resolviendo con justicia el cotejo.

Entonces llegaron los lanzamientos desde los doce pasos y comenzaron a jugar un montón de otros factores que favorecieron a los chilenos: el estadio lleno y completamente rojo, las enormes ganas de ganar algo de una buena vez, las revanchas personales de los jugadores, el largo proceso con Sampaoli y un país entero que deseaba fervientemente el triunfo. Estas instancias se definen por cosas muy sutiles y esta vez Chile tuvo todo a su favor. Torciendo una historia de fracasos y derrotas los lanzadores rojos patearon con una precisión y decisión inmejorable para alzarse con el primer título internacional de nuestra historia. La autoridad con la que La selección lanzó cada uno de los penales mostró la determinación necesaria para imponerse y vencer. Esta vez no hubo mala suerte, ni palos malditos, ni tatuajes. Chile ganó siendo el mejor y eso es motivo de orgullo para todos.

Para Argentina quedará la tristeza de perder otra final y los veintidós años sin títulos a nivel de selecciones, pero la derrota no debe nublar el análisis. Han jugado las dos finales de los últimos campeonatos que han disputado (Copa Mundial y Copa América) y eso no es nada trivial. Lo que es mas admirable aún, es que lo han hecho basados en un juego colectivo muy atractivo que no se sostiene únicamente en la presencia del mejor jugador del mundo.

En el final, la sutileza de Sánchez descargó la ansiedad acumulada durante los últimos veintiocho años y desató la merecida fiesta. Al fin era hora de celebrar

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