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Año XIV, 5 de julio de 2022

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Crónica: El peligro de la suspensión súbita de medicamentos

¿Vale la pena la gran inversión en el Centro de Rehabilitación de Adultos de Punta Arenas? Creo que si porque un consumidor menos, siempre es saludable para la salud, aunque sea la cuarta parte de los tratados. Pero basta ya de marcha blanca.

André Jouffé

  Miércoles 3 de febrero 2016 18:36 hrs. 
PA

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Muy elogiada fue la puesta en marcha del Centro de Rehabilitación de Adultos, rebautizado como “Residencial en Miraflores” de Punta Arenas.

Tiene una vista maravillosa frente al Estrecho, la alimentación exquisita pero no apta para hipertensos, donde la sal, el azúcar y la cafeína corren sin discreción debido a la ausencia de una nutricionista. Un punto negativo, una es ir en busca de la solución adictiva y otra sumar además problemas de diabetes e hipertensión.

Innegables sus propósitos, pero debido a sus altos costos a seis meses de su existencia no puede seguir con el lema marcha para justificar falencias; menos aún considerado que hay casi una persona por cuidar a cada paciente de una u otra forma.

Con una población flotante entre 10 y 14 internos, o sea hay más encargados que enfermos, todos adictos.

Con muchas horas libres, casi a nivel de un Hospital Psiquiátrico, ese exceso de tiempo para reflexionar conlleva a la insania.

Cuesta ingresar al CRA, con una capacidad para 17 personas, pero quien desee abandonar el tratamiento, firma un papel y nada más.

Al fin y al cabo somos adictos, no dementes. Pero la dependencia es poderosa y en este aspecto esta la falencia del CRA.

La programación ha sido variable en las terapias, algunas actividades completas se anuncian sin previo aviso ya cuando los residentes han cobrado afecto y entusiasmo con las materias.

Además el ocio es eterno y las probabilidades de realizar paseos o excursiones a María Behet y alrededores son muchas, sin que sean aprovechadas considerando el buen tiempo imperante y que sirven para evadir la sensación de encierro.

Sin embargo, lo peor ocurre cuando el enfermo, porque todos los que ingresamos al lugar firmemos documentos o no, padecemos adicciones, es que por una falta una u otra, debemos firmar otro documento con el acuerdo voluntario al retiro.

Lo peor ocurre con quienes durante meses hemos sido tratados con  medicamentos especiales, como la quietapina, clonezapinas y otros barbitúricos, remedios expeditos con la papeleta  de retención. Su suspensión inmediata provoca la recaída instantánea del paciente y vuelve a la caña, a la coca, a los desodorantes a los jarabes y todo lo que pasa por la nariz y boca de un adicto.

Es más, muchos llegamos con medicamentos para la atención auto recetados, sin firma de médicos de por medio y las ingerimos a nuestro criterio. O, aprovechamos la firma del especialista externo (pagado o por gauchada)  para que incorpore el clonazepán, por ejemplo, al tratamiento junto con otros remedios que van por la vía  de la hipertensión, las artríticas, la diabetes u otras. ¿Quién controla el aumento o disminución del suministro fuera el escenario?

Generalmente uno, se automedica y volvemos al mismo rito.

Nos cortan “las herramientas médicas” de la noche a la mañana, y salimos expuestos a cualquier tipo de crisis producto de la descompensación y esto conlleva a límites de terror, incluso inclinaciones suicidas.

En menos de 24 horas el paciente se encuentra en la nada sujeto a la dependencia de algo que se esfuma y sin sustitución. Cosa severamente criticada por los especialistas.

En seis meses jamás recibí en el CRA la visita de un siquiatra ni de un médico del propio centro; manejan el centro dos terapeutas, una asistente social y un sicólogo cuyo CV está concentrado en un trabajo con las FF.AA. O sea, sin vasta experiencia con sujetos a adicciones.  Responsabilidad de Senda, ex Conace. Tampoco vi jamás la visita del Seremi de Salud en un paseo por las dependencias. A visitar a sus profesores fue el director de la UMAG al Siquiátrico, interesado por su estado de avance, pero en esta marcha no se ameritan tales fines.

Los medicamentos que estoy ingiriendo ahora llevan la firma del centro del CRA (a la vez jefe de su sección siquiátrica  en el Hospital Regional). Las pedí por secretaría como y un favor. ¿Pero quién controla si en un ataque de angustia me sobrepaso en la dosis?

Rescato: Romina Cárcamo, terapeuta. No confundir con sicóloga) durante tres meses nos hizo talleres muy entretenidos y didácticos y Oscar Maureira con mucho esmero en su arte terapia. Otros planes como cine terapia y música quedaron en el camino. Reidell, el maestro cubano nos impartía ejercicios combinados con otras actividades relacionadas con la salud. Excelente.

El costo de un paciente  en un recinto particular, no bajaría de ocho cientos mil pesos, a lo sumo y lo sé por base emperica. Por algo menor, pagaba la Isapre en el 2006, setecientos mil.

El Cra realiza una gran labor, pero todo recae en el individuo y su propio trabajo. Ya no puede aducirse marcha blanca especialmente en un proyecto de tamaña envergadura, per cápita, muy oneroso para el Estado. Es como cuando constituyen edificios pero nadie se preocupa del ítem mantenimiento.

Hay desayunos con mantequilla, pate y mermelada, otros con uno de los elementos. No critico, pero dejo constancias que nadie sabe llevar a cabo una planificación.

Seré sincero: en el Psiquiátrico existen nutricionistas, mi presión bajo a niveles normales y perdí ocho kilos. O sea es una profesional indispensable en un CRA.

Claro, los hay, hombres situación calle, quienes a cambio de buena comida y camas confortables , amén de que casi todas las habitaciones son individuales, estarían felices para el resto de su vidas en Miraflores a cambio de hurgar por la cajita de vino todo el santo días.

Me lo han contado ellos mismos y hasta yo estaría tentado por hacerlo si no tuviera otra opción de una vejez llena de comodidades.

Mis reincidencias, me eliminaron del CRA, pero creo que faltó apoyo individual. A veces no había a quien recurrir, y me refiero a gente con experiencia en el tema y no un palmotazo en la espalda “tire para arriba compañero”. Una cosas es el chato buena persona que “le pega al tema” y otro que tiene las herramientas para salir del paso psicológicas para solucionar los problemas.

Por eso la reincidencia es casi del 70 por ciento. Me ciño a datos del antiguo Conace en lo que se refiere a los centros de larga permanencia y en la mía propia en el año 2006 en Colina, cerca de Santiago. Era el festín de los reencuentros.

¿Vale la pena tamaña inversión por un resultado exiguo? Creo que si porque un consumidor menos, siempre es saludable para la salud, aunque sea la cuarta parte de los tratados. Pero basta ya de marcha blanca.

Debo confesar, y con ironía, que me siento reconfortado de esos seis meses por cuanto me devolvieron mis impuestos.

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