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Año XIV, 1 de julio de 2022

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Cuba, Bolivia y Chile

Columna de opinión por Juan Pablo Cárdenas S.
Miércoles 30 de marzo 2016 9:09 hrs.


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Muy generalizada fue, ciertamente, la satisfacción mundial por la visita de Barack Obama a Cuba y el progresivo restablecimiento de las relaciones diplomáticas, políticas y comerciales entre ambos países. Entre ese David más de cinco décadas acosado por el poderoso Goliat. Más todavía celebramos el reconocimiento explícito que hizo el presidente estadounidense del fracaso de su país en la aplicación de ese largo bloqueo y otras formas de agresión imperial. Así como su reconocimiento, además, a los éxitos innegables de la Revolución Cubana, a la dignidad de su nación y al valioso y solidario aporte que prestara a las luchas de liberación de todos los pueblos oprimidos.

Hoy debemos celebrar un artículo de Fidel Castro que será recordado como un magistral testimonio de dignidad, donde descarta toda suerte de mendicidad de su país hacia los Estados Unidos y en que nos deja muy claro que es la gran potencia la que está en deuda con Cuba por tantos años de agravios, traducidos, por ejemplo, en la ocupación ilegal e ilegítima de Guantánamo. Incluidos aquellos actos de terrorismo ejercidos por Estados Unidos para derribar aviones con cientos de pasajeros, abortar las siembras de su agricultura, expropiar e impedir sus exportaciones y acometer otros despropósitos.

Al tiempo, por supuesto, que Obama se obliga a reconocer que Cuba no era una nación que promoviera el terrorismo y terminara retirándola de su arbitraria lista de naciones acusadas tan injustamente. No hay duda que alcanzarían sumas millonarias los recursos que Cuba podría demandar ante los tribunales internacionales como indemnización por la guerra inclemente y sucia de los Estados Unidos, pero muy probablemente ello nunca se materialice, dada la impunidad que siempre favorece a los más poderosos.

Pero lo más relevante del texto de Fidel Castro es la reivindicación que hace de los logros de la Revolución. Del estándar educacional y cultural alcanzado por los cubanos; de los evidentes logros, incluso, de una economía que solo producía azúcar y que era concebida por los Estados Unidos como su gran prostíbulo… Porque, con bloqueo y todo, Cuba logró alimentar a su población, producir lo que no tenía, desarrollar una industria farmacéutica admirada por el mundo, consolidar un turismo decente y sustentable. Así como lograr un desarrollo deportivo ejemplar en relación al número de sus habitantes.

Imponente y maciza es también la advertencia de Fidel Castro en cuanto a que el pueblo cubano defenderá sus logros, sus niveles de igualdad e independencia, por lo que es hora que todos los latinoamericanos celebremos la dignidad de la Revolución Cubana y la forma en que un país pequeño y pobre se paró frente al imperio más poderoso de la historia, lo derrotó militarmente en Bahía Cochinos, como política y moralmente, además, en el mundo de las organizaciones internacionales.

Que haya impedido con su arrojo que Estados Unidos hiciera todo lo que se proponía en su llamado “patio trasero”, aunque ciertamente debemos consentir en que muchos políticos de la Región fueron verdaderamente domesticados por el Departamento de Estado y por las políticas neoliberales que patrocina la nación imperial. Que hayan puesto a su servicio, como sabemos que ha ocurrido, nuestra supuesta Transición a la Democracia. Tan bien expresado todo en el comportamiento de nuestra Cancillería y la forma en que ésta ha emulado a Estados Unidos en sus relaciones exteriores.

En la opinión que expresaré a continuación, estoy cierto que estoy en franca minoría y muy a contrapelo con el patrioterismo de la gran mayoría de los chilenos, un fervor que llega a la insensatez, pero que, desgraciadamente, es alentado y bien manipulado por nuestras autoridades, cuanto por la clase política en general.

Pertenezco a ese disminuido pero resuelto grupo de chilenos que se asume latinoamericanista y está consciente de que pertenecemos al Tercer Mundo. De integrar esa minoría que, por sobre fronteras limítrofes, reconoce espacios físicos y naturales dispuestos para el disfrute de todos. Que aspira con nuestros libertadores, hoy convertidos en venerables estatuas, a que nuestra Región se constituya en un vasto territorio de hermanos alejados de los conflictos bélicos, orientados a compartir nuestras prodigiosas reservas naturales, dispuestos a suprimir los onerosos, absurdos y criminales ejércitos y armas de destrucción masiva, provistas por los países más ricos de la Tierra y sus más siniestros traficantes.

Soy de los que debe lamentar una vez más que nuestro Gobierno y su Cancillería carezcan de grandeza, vocación latinoamericanista y reaccionen tan mal y torpemente frente a las demandas de nuestros vecinos. Nuestro ministro de Relaciones Exteriores, Heraldo Muñoz, es de los mejor evaluados por las encuestas, pero en realidad estoy seguro que su desempeño es el más opaco de todos los miembros del Gabinete de Michelle Bachelet.

Sabemos que el chovinismo y patrioterismo van de la mano con la ignorancia y es pasto nutritivo para los políticos demagogos como nuestro Canciller y esa serie de empolvados bien nutridos por sus altos y seguros sueldos, viáticos y misiones en el exterior que administran nuestra chata y refractaria política exterior.

Personajes que, en estos últimos años, se han sacudido de todo su pasado izquierdista y hasta revolucionario, cuando eran atendidos generosamente en Varadero, Acapulco y otras ciudades balnearios por la solidaridad cubana, mexicana y hasta por la de las más modestas naciones de nuestra Región.

Que fueran acogidos, además,  como dioses guerreros por los países europeos, después de refugiarse en sus embajadas. Los cuales, con el tiempo,  corrieran a ponerse al servicio de los Estados Unidos, cuando este país decidió suspenderle la asistencia a Pinochet y se dispuso a definir con estos personajes (que intuyó oportunistas y corruptos) una “salida negociada”, para sacralizar la Constitución y la institucionalidad heredada de la Dictadura y que hoy nos tiene con una enorme tarea incumplida y en riesgo de que sus pocos logros se desbaraten.

El sentido común dice que si Bolivia nos vuelve a requerir (esta vez por el uso de las aguas del Silala) alguna razón debe tener, como que ya la Corte Internacional de Justicia de la Haya acogiera casi unánimemente su demanda por una salida soberana a ese mar que le arrebatamos en una guerra fratricida. Por algo, algunos políticos, muy pocos, ciertamente, han salido a reconocer que en el pasado nuestro país se avino a una solución con Bolivia sobre este río, pero que fuera desestimada por nuestros respectivos gobiernos.

Vaya qué lamentable parece que nuestra Cancillería y Gobierno siempre expliquen las demandas bolivianas en la necesidad de Evo Morales de soslayar sus problemas internos. ¡Cuánto quisiera gozar Michelle Bachelet del apoyo ciudadano otorgado a Morales pese a perder un plebiscito! Ya se quisiera nuestra Mandataria tener aquellas cifras de crecimiento que manifiesta sostenidamente la economía boliviana.

¡Cómo se quisiera la señora Bachelet, tener una institucionalidad surgida de una Asamblea Constituyente y de una Carta Fundamental celebrada en el mundo entero por sus perfiles tan genuinamente democráticos!  Capaz, entre otras cosas, de combatir todo asomo de corrupción y obligar a sus políticos a una probidad que aquí, en Brasil y otras naciones se manifiesta tan escandalosamente.

¡Qué lamentable es que nuestra Presidenta haya carecido de toda voluntad de liderazgo internacional, haya renunciado a convocar a nuestros vecinos a un diálogo generoso y fructífero sin hipotecar soberanía, pero sí para compartirla con nuestros vecinos y hermanos: hijos todos de una geografía común, como de un destino fraterno como lo quisieron O´Higgins, San Martín, Bolívar y Sucre, nuestros padres fundadores y libertadores!

Que se haya rendido a los Heraldo Muñoz, los Insulza y otros que medran con los conflictos fronterizos y los litigios internacionales. Tal cual lo hacen los generales y almirantes, ávidos de más armas y granjerías que, como lo hemos señalado tantas veces, les han servido para acribillar a sus compatriotas, bombardear La Moneda y nuestras instituciones, más que para hacer frente a una amenaza exterior.

A tu demanda, otra contrademanda es a lo único que atinan nuestro Canciller y su jefa, renunciando a toda grandeza, sin discurrir una salida más inteligente y sagaz; a la deriva solo de lo que haga Evo Morales que, ciertamente cosecha más y más apoyos en el mundo. Mientras que nuestro proceso político empieza a desilusionar, se desprestigia en una corrupción política y empresarial que trasciende, ya, nuestras fronteras.

Y nos deja en la evidencia de vivir en una economía precaria, sin soberanía alguna respecto de nuestros recursos fundamentales; que se arrodilla frente a la inversión extranjera y ahora remata su litio después de haberlo hecho con el salitre y el cobre.

Que se descubre ante el mundo en la fragilidad de su pretendida democracia, en que el cohecho a los parlamentarios explica sus leyes más importantes en la minería, en la pesca y otros rubros. Y en que el fantasma histórico de la impunidad es proclamada nuevamente (y hasta por el propio Fiscal Nacional) como una solución que contenga  la ola de indignación nacional con la política y cada uno de sus pretendidos “representantes” del pueblo.

¿No será que a Chile le hace más falta, ahora, un conflicto fronterizo o una guerra para soslayar su crisis y tan alta decepción popular?

Envíanos tu carta al director a: patriciolopez@u.uchile.cl

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.