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El mundo sin cárceles según Angela Davis

Columna de opinión por Vivian Lavín A.
Miércoles 8 de junio 2016 17:22 hrs.



Las cárceles son un entramado demasiado complejo y anclado en lo profundo de nuestra evolución social como para imaginar un mundo sin ellas. De modo que cuando la intelectual y activista, ícono del Orgullo negro, Angela Davis plantea el cierre de los recintos carcelarios, no se entiende bien a qué es lo que apunta. Menos cuando desde la edición dominical de El Mercurio se publicita la llegada a suelo nacional de quien ha sido erigido como el adalid mundial de “la tolerancia cero”. Se trata del ex alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani quien vendrá a Chile a diseminar y vender sus recetas magistrales para la lucha contra la delincuencia en esa ciudad, que experimentó una gran disminución durante su mandato, una tendencia que venía desde antes, y como consecuencia, un aumento significativo de la población carcelaria. Giuliani viene a nuestro país, invitado por El Mercurio y la Universidad Adolfo Ibáñez para hablar de la delincuencia, el miedo que produce en la población y cómo dar seguridad a costa de encerrar de manera efectiva todo quien perturbe el orden social. Angela Davis también vendrá a Chile en un mes y ha sido invitada por la Universidad de Chile y el Instituto Hemisférico de Performance y Política. El primero viene a hacer una apología del sistema penitenciario actual y abogará por su endurecimiento, en cambio la segunda, apelará por la extinción de las cárceles y de la pena de muerte, como también exigirá una mejor educación y una sociedad más justa. ¿Quién tendrá más prensa y difusión de sus planteamientos?

Bien sabe Angela Davis que sus ideas no son del gusto de los reaccionarios y los sectores más retardatarios de la sociedad que no comprenden esa locura de imaginar un mundo sin cárceles. Menos cuando en Chile y en todo el orbe, la ideología que emana desde Estados Unidos respecto de la existencia de las cárceles como espacios que brindan seguridad a la sociedad ha ido creciendo y asentándose con particular efectividad. A pesar de que ha quedado demostrado, como lo fue durante la década del ochenta, bajo la era Bush, que a pesar de la disminución evidente de la criminalidad en ese país, la construcción de recintos carcelarios aumentaba con una particular variante: las cárceles concesionadas o directamente privadas como negocio de un particular.

Para entender a esta mujer cuyo pensamiento se formó en la Escuela de Francfort en los 60’, hay que aceptar que no es tan complejo como completo. Por esto es que ella hace una revisión de la historia carcelaria de su país y del mundo y de cómo Estados Unidos se convirtió en el mayor celador del mundo, el país con la mayor cantidad de personas tras las rejas. Así, Angela Davis establece relaciones entre la literatura y la prisión, por ejemplo. Una relación que, con los siglos, se ha ido consolidando y fortaleciendo, ampliándose a otros medios de comunicación y entretención social. En el siglo XX, el cine se inspiró en la vida carcelaria para inundarnos de íconos. Imposible olvidar a un Dustin Hoffman en Papillon o las series de televisión de Netflix, con enorme éxito, como Orange is the new black o Prison Break, han tenido un rol muy determinante modelando el imaginario colectivo sobre lo que sucede al interior de las prisiones, normalizando estas visiones, como si fuera algo habitual y aceptable. Peor aún, el rol que juegan los noticiarios que han hecho de la delincuencia su principal foco, alimentando el terror y la sed de castigo en sus audiencias.

Angela Davis escribió su célebre Autobiografía, después de vivir en carne propia la reclusión política. “Cierren los ojos e imagínense lo que es ser mujer, ser negra y ser comunista”, decía entonces. Ya no es comunista, pero sí sigue luchando por la igualdad de género en sus persistentes y lúcidas reflexiones, que podemos leer en ensayos como Democracia abolicionista. Prisiones, racismo y violencia (Ed. Trotta) que aboga por el término de las prisiones y el complejo sistema sobre el que se sustentan. Nos recuerda que la prisión es un castigo más bien reciente para las mujeres ya que hasta hace unas décadas, antes de ser consideradas como delincuentes eran tildadas, simplemente, de locas. La población femenina en las cárceles ha aumentado de manera explosiva sin que ello haya significado ningún cambio respecto del régimen que se les aplica a los hombres. Las mujeres que ya han debido aceptar la violencia doméstica, reciben en las prisiones un tratamiento aun peor que el masculino, con exámenes de rutina que violentan sus cuerpos y sus derechos mínimos, pero que deben aceptar por ser convictas.

Como buena ex discípula de Marcuse, Angela Davis cita a los téoricos marxistas del derecho penal que han “subrayado que el período histórico durante el cual aparece la forma de la mercancía es la etapa en que las condenas a prisión emergieron como forma de castigo principal”. Una relación entre la burguesía y el sistema penitenciario que muchos pasan por alto.

Pero lo que más se ignora y oculta es la estrecha relación entre el complejo industrial militar y el penitenciario, donde la jerarquía, subordinación, obediencia, normas y hasta transferencia de tecnología los hacen casi idénticos. Debido a la enorme red de relaciones e implicancias que tiene hoy en nuestras sociedades el sistema carcelario, es que la intelectual no las llama solo cárceles, sino que Complejo industrial penitenciario, donde su país tiene un rol articulador mundial. “La economía global carcelaria está indiscutiblemente dominada por Estados Unidos. Esta economía no solo consiste en productos, servicios e ideas directamente comercializadas a otros gobiernos, sino que tiene también una enorme influencia en el desarrollo del estilo de castigo infligido por los Estados en todo el mundo”, dice Angela Davis. De aquí que ya no sea raro, ni siquiera para nosotros como chilenos, saber de la construcción de cierto tipo especial de prisiones, las tipo F, creadas en Estados Unidos y llamadas de máxima seguridad o supermax, en las que los confinados pueden pasar hasta 23 horas al día aislados y sobre las que Human Rights Watch sido muy enfática en señalar la vulneración de los derechos humanos del que son víctimas sus reclusos donde Guantánamo y Abu Ghraib son un botón de muestra.

Un mal sistema educativo es el que más determina, según esta activista, las posibilidades de ingresar a una cárcel, no solo en su país, que tiene a la mayor población penitenciaria del planeta con dos millones de almas encerradas. Un castigo que como lo demuestra en su lúcido ensayo Democracia abolicionista, tiene una relación directa con la esclavitud, siendo la cárcel su institución heredera. Así explica cómo en Estados Unidos, el fin de la esclavitud no logró superar el sistema injusto y racista que azsoló a los afroamericanos. Porque el sistema discriminatorio se perpetuó en la creación de cárceles como territorios de hombres y también de mujeres, sin derechos, exiliados de la sociedad, los que incluso deben trabajar por salarios ínfimos.

Y nos advierte: “Las detenciones no cuestionadas de cada vez más inmigrantes indocumentados del Sur global se han visto favorecidas por las estructuras e ideologías asociadas al complejo industrial penitenciario. Apenas podremos avanzar hacia la justicia y la igualdad social en el siglo XXI si no somos capaces de reconocer el importante papel que este sistema desempeña en la expansión del poder de las ideologías racistas y xenófobas”, porque, como agrega, “es mucho más allá que la suma de todas las cárceles y prisiones del país. Es un conjunto de relaciones simbióticas entre las comunidades penitenciarias, las empresas transnacionales, los grupos mediáticos, los sindicatos de guardias y las agendas legislativas y judiciales”… ¿Demasiado complejo? No tanto. Es cuestión de escuchar al ex alcalde de Nueva York y distinguir qué intereses lo sustentan y lo traen hasta este rincón del continente.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.