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Una memoria sin testamento


Lunes 5 de septiembre 2016 9:47 hrs.


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“Una memoria sin testamento. Dilemas de la sociedad latinoamericana posdictadura” es el título de un libro coordinado por Fedra Cuestas y Patrice Vermeren, editado por LOM y presentado hace unos días en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, entre otros por Paulo Slachevsky (LOM) y la académica Cecilia Sánchez.

Como lo resaltó Paulo: “A veces nos dicen: ¿otro libro sobre memoria?” Para luego subrayar que sí, que hace falta, que no se agota el tema. Sin duda. Por varias razones. Entre otras, porque con los años, junto con distintos tópicos que se venían examinando, han ido surgiendo otros, nuevos enfoques, nuevas voces, inquietudes y problemas. Nuevas formas de plantear la reflexión sobre lo que es memoria y la existencia de memorias. Nuevas formas de dialogar sobre estos temas. Pero también: una nueva disposición al diálogo.

Por otra parte, en estos ámbitos, no hay conquistas que puedan ser declaradas de una vez para siempre. La tentación negacionista está siempre ahí, la tentación relativista también. Sin hablar –en nuestro país– de los negociados, de los chantajes, de la manera en que las políticas públicas de los gobiernos civiles en materia de DD.HH., desde hace un cuarto de siglo, aquejan a quienes deberían resguardar y protegen a quienes deberían condenar en otro mundo posible. En un mundo donde la palabra justicia pudiera declinarse a secas. Más allá, están las ignorancias y cada cual tiene las suyas. Libros como éstos vienen a recalcarlo y es una buena noticia: todavía tenemos mucho que aprender unos de otros.

Hace veinte años, dentro del mundo académico chileno, la memoria –en su relación con la dictadura– no era un tema. En todo caso, no era un tema bien visto. Existían resquemores. Muchos tenían la idea de que el pasado reciente no se podía pensar. Y no se podía pensar por eso: porque era reciente y despertaba pasiones. Si además el que pretendía hacer la reflexión tenía algún tipo de vinculación con el tema: peor. La experiencia personal impedía, deslegitimaba. Este libro parte del postulado contrario y renueva, desde ese punto de vista, la discusión sobre intimidad y política.

No es casual que los primeros en trabajar estos temas hayan sido psicólogos y psicoanalistas (caso de los trabajos de Elizabeth Lira, de Paz Rojas, de Marcelo Viñar y Maren Ulriksen, entre otros). Como tampoco es casual que la entrada haya sido el daño y que haya costado tanto (sigue costando) integrar esas problemáticas (daño, dolor, duelo) a un relato sobre política, asumiendo que no tenemos, por un lado, algo que sería la experiencia personal, individual y, del otro, algo que sería lo colectivo, sino que existen políticas de Estado que infligen daño, dolor e imposibilitan los trabajos de duelo, y que esas políticas de Estado apuntan siempre a lo colectivo. ¿Por qué? Porque, primero, lo que se busca es desestructurar, aniquilar grupos, estructuras sociales. Pero luego, todo ocurre como si eso tampoco fuera suficiente, como si además de grupos, partidos, agrupaciones, hubiera que destruir la capacidad misma que tienen los individuos de asociarse, de reunirse. Entonces, junto con dañar personas, estas políticas buscan dañar su capacidad de establecer vínculos unas con otras y –fundamentalmente– su capacidad para trabajar codo a codo en distintos temas, pero también en la elaboración de proyectos colectivos. De múltiples maneras, la historia del daño, del dolor, del duelo, es una historia política e involucra al conjunto de la sociedad.

Marcelo Viñar, en su contribución a este libro colectivo, invita a “socializar ignorancias”. Sin duda en esta propuesta absolutamente viñariana (en su irreverencia y en su generosidad) se advierte una de las particularidades de esta nueva publicación: la voluntad de dialogar. Como también su diversidad y su unidad.

Diversidad: de los enfoques, de las disciplinas (filosofía, psicología, psicoanálisis, sociología, derecho, etc.), de las edades de los autores, de sus experiencias, orígenes, nacionalidades, de la manera de plantear los problemas y de escribirlos; el tema de la escritura, del cómo se escribe con dolor y/o sobre el dolor y/o más allá del dolor, está presente en varios textos, como también el tema de la posibilidad de narrar, ya sin palabras, a través de la imagen (cf. María Soledad Nívoli).

Unidad: la mayoría de los autores reunidos en el libro, han estado reunidos en otros escenarios. Y esto resulta apasionante. Casi se podría decir que hay dos libros en este libro. Uno el que queda plasmado en el índice, con sus cuatro hitos (El imposible relato de la violencia; Filosofías de la memoria; El trabajo del duelo y la cuestión del olvido; ¿Perdonar lo imperdonable?) y que reúne a veintiún autores y dos entrevistados. Entre ellos, nombres que han marcado la historia del pensamiento en Chile. Caso, en particular, de Humberto Giannini, a quien el libro rinde homenaje y que incluye dos contribuciones suyas. Luego, el “otro libro”: el que se puede leer entre líneas.

Ese libro cuenta (ver “Homenaje a Humberto Giannini”) de qué manera se fue tejiendo en dictadura una relación entre filósofos chilenos y filósofos franceses y cuáles fueron los esfuerzos desplegados para posibilitar un espacio de libertad, un espacio para el pensamiento en libertad y sobre la libertad. Varios autores fueron protagonistas de ese momento en el que hubo que defender (extraña actualidad del tema) un “derecho a la filosofía”. Pero esos escenarios en los que los autores se han ido encontrando también tienen que ver con circunstancias menos dramáticas y más recientes. Cosa que el libro cuenta esta vez con tinta invisible. Se trata, por ejemplo, de la sala de clase, del trabajo en el aula. Los coloquios también.

Y es que, en estas páginas, hay maestros (en todos los sentidos de la palabra) como pueden ser Humberto Giannini, Pedro Miras, Marcelo Viñar, Guadalupe Santa Cruz –que tanta falta nos hace, como lo resaltó Cecilia Sánchez al hablar de su peculiar forma de encarar la escritura–, Patrice Vermeren, Marie-Claire Lavabre, entre otros. Pero también hay alumnos. Personas más o menos jóvenes que se formaron con esos maestros, que aprendieron a pensar con ellos y que están llamados a educar a otros (nombro sólo a dos: Claudia Gutiérrez, Javier Agüero).

Esos vínculos, esos diálogos previos, la coordinadora Fedra Cuestas los valora como una de las riquezas del libro y, también, como uno de los aportes de Patrice Vermeren (que además de su trabajo como profesor, cultiva, junto a varios de sus colegas, el arte de establecer lazos, de no dejar que esa obra que intentan las dictaduras –separar a la gente– pueda ser llevada a cabo sin que cueste).

Por último, hay algo que señala Pedro Miras (ex decano y académico de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile) respecto a la memoria como vacío. Repensando su experiencia en el exilio, don Pedro indica que durante esos años de ausencia hubo cosas, situaciones, que sencillamente no se pudo vivir. Por ejemplo, no se vio crecer a ciertos niños, familiares, hijos de amigos.

Leyendo esas reflexiones, algunos hijos de amigos, y también algunos alumnos pueden medir sus propios vacíos: todo cuanto faltó en su educación, en su formación, las personas que no estuvieron en determinados momentos para ayudarlos a pensar mejor la cosa. De ahí que juntarse, volver a juntarse sea siempre una conquista y un derecho en sí.

Leyendo este libro, del que también formo parte, me nace la idea de que estamos en deuda con algunas cosas que pasaron en dictadura y de las que todavía sabemos poco. Esto es la historia no escrita aún –o escrita por partes– del amor. Una historia de los vínculos que no se rompieron o de los que nacieron porque otros habían sido rotos o estaban impedidos. Algo así como una historia de la amistad, del afecto, de la voluntad de estar juntos, pero también de los pequeños y grandes gestos que consistieron en cuidar al otro. (Historia, por cierto, no exenta de inquietantes contradicciones). Una historia del amor, entonces, que, al igual que la historia del dolor, es eminentemente política.