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El tiempo y la vida


Lunes 5 de septiembre 2016 16:16 hrs.


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Estoy segura de que una de las experiencias hospitalarias más extremas es la anulación del tiempo. Más exactamente, la expulsión -innegociable- del tiempo y de todo aquello que lo evoca. En la vida diaria, esa que transcurre con un puñado de sobresaltos dentro de lo soportable, se diría que estamos en una especie de lucha, cuando no flirteo, entre las exigencias de Cronos, el medidor, el implacable regulador de nuestros bits autobiográficos, y Kairos, el emperador de nuestra subjetividad, el patrono de ese tiempo esquivo a los relojes y a los calendarios. Es el tiempo psicológico: hace tantas lunas que no sé de ti, hace tres cervezas que he leído mi último libro, la felicidad es un instante y el dolor se alarga en una llanura inacabable que no hay medidor que pueda cargar con ello. Cronos mide el tiempo. Kairos lo desmadeja.

En los hospitales se produce una curiosa danza entre esos dos titanes. El tiempo médico viene pulcramente atendido por Cronos: regularidad en la toma de pastillas, las cirugías programadas, despiadada entrada de la heparina por vía subcutánea, los sueros y sus temporizadores, las curas de primera hora de la mañana, las escuetas visitas médicas para convencerte de que, te pase lo que te pase, “todo es normal”. Y razón no les falta: incluso morirse es normal. Lo más normal, se podría añadir. La ciencia no deja ningún cabo suelto. Encuentra explicaciones para todo, en el bien entendido de que el conocimiento habría de aquietar nuestros espíritus.

Y entretanto, el hospitalizado, el enfermo, anda con todo su Kairos a cuestas, ajeno a Cronos, porque está en una burbuja blindada para el tiempo externo. No hay más tiempo para él que el amniótico, el de los días que se parecen a las noches, el de asumir que eres un paria de los horarios y de aquellos pulsos vitales que, al asomarte a la ventana, ves en el exterior, donde todo parece tan sometido a las rutinas que te dan ganas de saltar para incrustarte de nuevo en el tedio. El agobio. Aquello que la enfermedad te arrebata.

Para que la vivencia hospitalaria no se convierta en otro tedio como el que solemos vivir fuera de los recintos clínicos, la sociedad prevé ciertas formas de entretenimiento, cuyo objetivo último es que te olvides del tiempo, que es tanto como pedirte que te olvides de tu vida. Y la sanidad pública ha dispuesto en las habitaciones compartidas a dos y a veces tres bandas, un televisor que funciona con monedas: a tantos euros los tantos minutos. ¿A cuánto va el kilo de tiempo? Por ese canal pretenden desaguar todo aquello que la negación del tiempo no facilita.

Y luego las visitas, siempre breves, porque todos están metidos en la órbita del tiempo mesurado y mesurable, también contribuyen con su granito de arena a paliar el supuesto tedio hospitalario: lecturas de revistas del corazón y de otras vísceras menos nobles, montañas de crucigramas, una cajita de bombones (porque también hay que alegrar el estómago de vez en cuando y hacerle olvidar el rancho hospitalario)…Pero el preso, ese preso con su humillante uniforme idéntico a la que llevan otros compañeros reclusos (reclusos en la institución, reclusos en su propio cuerpo) solo mira por la ventana, añorando el ruido, el gesto malhumorado de un conductor de autobús, ese trato agrio que muchas veces te dispensan los semejantes y en los que reparas solo cuando sabes que el tiempo, Cronos y Kairos mirándose a los ojos, está a tu favor.

El día 2 de septiembre falleció Ariana Benedé. Tenía 18 años. Padecía leucemia desde los 13. Su inconformismo y esa fuerza excepcional ligada a una juventud madurada a palos la llevó a tomar una iniciativa para que un tratamiento vigente en Estados Unidos se pudiera exportar a España. Como el problema era económico, puso en marcha una campaña para conseguir los fondos necesarios. Su vida quedó truncada antes de conseguir el objetivo. Pero su semilla queda y es inmortal. La vida, cuando empuja, se transforma en esperanza galvanizada. Es entonces cuando Cronos y Kairos, esos enemigos que nos golpean -uno desde fuera, otro desde dentro- firman la paz.