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Natalia Fernández

Los lenguajes del sexismo

Natalia Fernández | Lunes 17 de octubre 2016 6:58 hrs.

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“Queridas y queridos lectoras y lectoras, estamos muy satisfechas y satisfechos de las hazañas que han logrado nuestras compañeras y compañeros, esperando que en el futuro, nuestros contertulios y contertulias se sientan motivados y motivadas a seguir siendo parte de nuestros y nuestras…”.

Sí. Confieso que esa corrección política que se conforma con habitar el lenguaje me irrita bastante. Esos “desdoblados” que van en contra de la economía lingüística, de las bases gramaticales (que contemplan un género inclusivo, aunque se elija para ello la forma genérica del masculino) e incluso del propio sentido común. A todas las lenguas latinas, no solo al español, ha llegado esa especie de furor feminizante, que parece solventar las desigualdades desde el bagaje gramatical, tan poco eficaz para combatir las estratagemas del patriarcado, si es que se trata de eso. Porque no: la corrección política no es una aliada de la igualdad, sino de sus trampantojos.

Recuerdo el caso de una ex ministra española, que quiso rizar el rizo hablando, en el Congreso, de los “miembros y las miembras”, algo que produce algo más que rubor. Y hace apenas unos días que yo misma finalizaba la lectura de un libro traducido del inglés en que se habla de “los huéspedes y las huéspedas”.

Sinceramente, creo que dejar un material -o artefacto- tan sensible como una lengua en manos de saboteadores, que entienden que la evolución la imponen ellos a base de decretazos por la no discriminación, plantea algo más que un grave problema. Entiendo que profesiones tradicionalmente masculinas hallen una correspondencia en femenino, cuando ya se ha normalizado la presencia de mujeres en dicha profesión. Incluso comparto que eso de “poetisa” y “papisa” son palabras denigrantes, creadas, justamente, por gentes muy similares a las de la corrección política, pero que militaban en la incorrección política -que no es tan distinta- y que entendían que si existían hombres que se llamaban “poetas o papas”, lo justo para la versión femenina -puesto que el sustantivo presentaba la contrariedad de acabar en “a”- en el caso de las mujeres había que encontrar otra opción, empequeñeciéndolas.

Pero a partir de ahí todo se ha convertido en un desatino constante, en que todos han forzado la manija de la lengua. Que sí, que una lengua debe evolucionar. Pero no evoluciona por decretos normativos, sino por usos espontáneos. Y esta feminización lingüística que se siente amparada por el despecho hacia un patriarcado rampante no lo es.

Aunque lo verdaderamente preocupante no es eso. Lo verdaderamente preocupante es que, mientras nos perdemos en filigranas semánticas, el patriarcado se muestra con una salud de hierro y sin precedentes. En España el número de muertes de mujeres a manos de sus parejas o ex parejas mantiene la misma cifra -escalofriante, si se me permite el matiz introducido por el adjetivo- que en los años 80, cuando no existía la más mínima sensibilidad hacia ese tema, ni se había abierto un debate sobre él. Las mujeres siguen cobrando mucho menos que los hombres en idéntico puesto de trabajo. Y continúan asumiendo la mayoría de las cargas domésticas, si bien es cierto que es un panorama que se está transformando. Las menores están más que nunca expuestas al estupro y a los efectos de los depredadores sexuales, que parecen haberse multiplicado más allá del milagro de los panes y los peces…El acoso en las escuelas ha tocado el cielo de lo superlativo…Los casos de violencia de chicos adolescentes a chicas de su misma edad han crecido sin parangón…Y las chicas, además, animadas por no se sabe qué atávicos ejemplos se encandilan como nunca con los “malotes” -ay, ese hambre temprana de testosterona…-.

El lenguaje tiene por principio comunicar. Y dignificar lo que se dice y a quien lo enuncia. Pero en eso la gramática no es tan decisiva como las intenciones. La gramática es una convención. Y saltársela para demostrar un cierto grado de progresía… no deja de ser otro tipo de convención. Y para que el patriarcado deje de producir víctimas necesitamos algo más que eso, y que pasa, necesariamente, por el cambio de actitudes: solo eso demandará otro tipo de lenguaje, que no sonará artificial y forzado, sino que irá surgiendo conforme la realidad se imponga. Y la dignidad, sin proponérselo, hallará su lugar y su medida.