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“Spiderman: de regreso a casa”, o la ilusión de ser otro

La saga del hombre araña, un ícono de la cultura popular a nivel mundial, vuelve a la cartelera nacional con este largometraje dirigido por el realizador Jon Watts y estelarizado por un igualmente joven actor, Tom Holland. Obra de aprendizaje y de iniciación afectiva, también pesquisa identitaria y existencial, el presente título se manifiesta como una atractiva película de superhéroes del cómic, elaborada mediante los códigos de una entretenida comedia de acción.

Enrique Morales Lastra

  Jueves 6 de julio 2017 12:21 hrs. 
Spiderman 2

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“Pero solamente ahora, mientras su vida continuaba en el callejón, empezó a comprender la verdadera naturaleza de la soledad. No tenía nada de que echar mano excepto él mismo. Y de todas las cosas que descubrió durante los días que estuvo allí, ésta era la única de la que no le cabía duda: estaba cayendo. Lo que no entendía, sin embargo, era esto: si estaba cayendo, ¿cómo podía sujetarse a la vez? ¿Era posible estar arriba y abajo al mismo tiempo? No parecía tener sentido”.

Paul Auster, en Ciudad de cristal, una de las novelas que conforman “La trilogía de Nueva York”.

Peter Parker tiene 15 años, posee poderes especiales, vive solo con su madre y le gusta una muchacha, que asiste a la misma escuela que él, en un suburbio de la ciudad. Lejos de cualquier artilugio propio de la gran industria, los comienzos de este famoso Spiderman, se debaten entre la insatisfacción amorosa, la ausencia de la figura paterna, y una audaz poética de la mesocracia estadounidense, la clase social que sueña con un futuro profesional, y la realización en carne propia, de ese sueño americano, pero sobre ellos mismos.

Vemos, así, a un superhéroe tímido, inseguro, sin embargo confiado en extremo cuando se viste con ese traje rojo y azul, cruzado de líneas negras, ropas que lo transforman en otro ser, más completo y en el auto reflejo de cómo el adolescente -en verdad y honestamente-, desearía contemplarse. El primer contrapunto del inicio de esta serie, entonces, proviene de la referida novedad: el protagonista es un joven que asiste a la secundaria, y que asimismo lucha por obtener su identidad, mientras aspira a combatir el mal cotidiano y la delincuencia que surge en su barrio, y también en el panorama mayor aún, de la inmensa ciudad de Nueva York.

La plasticidad de lo real, intervenida por un elemento fantástico y maravilloso, aunque de forma “natural”, y acompañado de un romanticismo en estado primario (el personaje principal abre recién sus ojos a la vida), se complementan en rasgos estéticos que configuran la propuesta audiovisual de Jon Watts (1981), bajo el símbolo de este niño elegido, que dentro de su soledad e impopularidad, se disfraza, sale a la calle, trepa con una destreza inigualable por los edificios, lanza su tela de araña artificial, y recrea una escena que se explaya en tanto una realidad ficticia de extraña confiabilidad.

A la brillante actuación de Tom Holland, se le añaden unos resucitados Michael Keaton y Robert Downey Jr., y la perturbadora presencia de la actriz Marisa Tomei, quien encarna a la madre del menor, ese que cuenta con habilidades fuera de lo común. El escenario de la Gran Manzana, de esta manera, se exhibe humanizado y cercano por las problemáticas de cualquier hogar y familia monoparental, que brega por surgir, por salir adelante, con carencias y ciertas privaciones, a fin de construir su semántica cotidiana y la posibilidad de un futuro próximo, mucho mejor que el vivido en la actualidad.

En ese dramatismo, los poderes de ese adolescente especial se manifiestan en el símbolo ciego y democrático del sueño americano, donde lo divino se puede engarzar y presentar, por increíble que parezca, también en la figura de un joven flaco, esmirriado, y anhelante de un amor quimérico e irrealizable con el propio rostro, pero sí alcanzable cuando se transforma en el atrevido hombre araña, en cuanto hipérbole temática de lo divino y de la necesidad sempiterna de la humanidad, y la alternativa de poder apelar a seres dotados de una superioridad y características peculiares, con el objetivo de resolver las coyunturas pedestres, de nosotros, los hombres comunes y corrientes.

La soledad de Peter Parker es tanto mayor que la de Clark Kent o la de Bruce Wayne, debido, principalmente, a la pobreza material de sus medios personales y familiares, en comparación a las máscaras testimoniales de los mencionados superhéroes. Por eso, su rol representa a la clase media y a sus ilusiones de grandeza, al espejismo señorial de ser otro, o de convertirse en un alguien con facilidades singulares, en un grado de equivalencia mucho más ecuánime y creíble, en la comparación con cualquier personaje del cómic, creado hasta el instante por la masiva industria cinematográfica estadounidense.

Y el personaje interpretado por Tom Holland lucha por encontrarse a sí mismo, por reafirmar su condición de Spiderman, por granjearse el amor esquivo de Liz, y también por obtener la aprobación y la aceptación del señor Tony Stark (Robert Downey Jr.). Entonces, el largometraje que comentamos, adquiere, de este modo, los códigos argumentales y audiovisuales de una cinta de iniciación, de aprendizaje, inspirada en la búsqueda alfabética emprendida por un chico sin padre, compensada, sin embargo, por la consoladora sobreprotección de una madre herida, hermosa, omnipresente.

La orfandad del hombre araña, sin ir más lejos, se confunde con ese Nueva York armado de periferias mesocráticas, que descarta los núcleos típicos de la urbe que nunca duerme, como lo son Brooklyn y Manhattan, por ejemplo, para sólo recurrir al emblemático río Hudson, en una espectacular secuencia donde el joven héroe apuesta a entregar su existencia a fin de salvar la integridad de sus anónimos conciudadanos, los que viajan en un agredido y averiado ferry que surca las aguas, divisorias, asimismo, de la metrópolis.

En esa argumentación dramática, a la vez coherente y cercana, es que se levanta la estrategia audiovisual de una película inteligente en la utilización de efectos tecnológicos que la pudiesen transformar, innecesariamente, en una obra complicada y alejada de sus intenciones de mostrar a Spiderman, como el semidiós de los postergados y esforzados habitantes de los arrabales. Y en esa catarsis que se exterioriza a través de combates épicos, Peter Parker se enfrenta a las diferencias que tiene y guarda consigo mismo, además de resolver la aceptación fácil que podría requerir de los demás y de quienes displicentemente le rodean.

Un muchacho independiente, que rastrea sus orígenes, los motivos últimos y las razones esenciales, que le obligan a disfrazarse de un tercero, de un ajeno, para así poder cumplir con las obligaciones que le imponen los rasgos extraordinarios, propios de su condición biológica. La soledad de ese hombre araña primerizo e inexperto es llamativa, pues equivale a la orfandad de un joven de apenas quince años de edad, que ni siquiera ha salido con la muchacha que le arrebata las alucinaciones nocturnas y que llena sus pensamientos lúdico y afectivos.

Los desengaños que conllevan las evidencias de la propia identidad y la aceptación de una exclusiva realidad, que necesita de otras esferas de representación, en esta oportunidad de rasgos fantásticos y maravillosos, con el propósito de resolverse plenamente, y que como elementos de análisis se agregan a esa estética “iniciática” de “Spiderman: de regreso a casa” (“Spider-Man: Homecoming”, 2017), relacionan a este largometraje, en un diálogo sostenido y permanente con piezas artísticas clásicas de la literatura angloamericana que abordan la materia, pensemos en las novelas de Charles Dickens, “David Copperfield”, o en el texto de “Grandes esperanzas”.

El aprender a manejar y conocer las íntimas emociones, el dominio de la peculiar gramática espiritual: por esos conductos se perfilan los designios audiovisuales de esta película, y esa intencionalidad, revestida en la figura de un personaje de cómic, que puede ayudar a una infinidad de seres humanos, mientras cojea arrastrando el alma propia, y con el fracaso de las legítimas ilusiones románticas de su psicología púber, jamás dejan de parecernos cautivantes, desoladoras, dignas de verse en el comienzo de una nueva saga del hombre araña, que además de recaudar millones de dólares, redita un sorprendente producto simbólico, que en su fascinante retórica cinematográfica, se refiere a la auto superación y a la indagatoria acerca de las auténticas fibras, que nos conforman finalmente y en última instancia. Un título imperdible, sin duda.

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