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Año XII, 25 de noviembre de 2020

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Cartagena: los costos de ser el balneario más masivo de Chile

Las visitas durante época estival revelan las deficiencias de la comuna más populosa del litoral. Colapso en sus calles y en sus servicios básicos alerta cada año a habitantes que ven crecer su población en un 300 por ciento.

Sofía Navarro

  Sábado 27 de enero 2018 11:55 hrs. 
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No es extraño escuchar en las reuniones familiares historias de vacaciones cargadas de anécdotas. Los recuerdos comienzan cuando los primos cargaban el auto, preparaban la comida para el camino y los grupos de amigos podían tener diferencias pero un punto en coincidencia: el destino de sus vacaciones.

El balneario de Cartagena, ubicado a un poco más de 100 kilómetros de Santiago, décadas atrás era el destino favorito de todos. Entre ellos, recibía a las familias adineradas que compraron verdaderas mansiones para arrancar del calor capitalino. Hoy, solo quedan las fachadas del lujo y la comuna responde a una mezcla de descuido y antigua nostalgia.

¿Qué significa ser el balneario más popular de Chile? no es una respuesta sencilla. Lo primero a considerar es que solo en los meses de enero y febrero la población cartagenina crece un 300 por ciento, es decir, de las 20 mil personas que habitan en la comuna durante el resto del año, el número sube a 400 mil.

Aunque para muchos puede ser bueno, para la comuna es sinónimo de colapso: más autos en las calles exige más seguridad y más fiscalización. El círculo vicioso se da en otros puntos, como por ejemplo la basura. Según el grupo ecológico Cartagena joven, en 10 meses se produce la misma cantidad de residuos de que en una semana de época estival.

Los cartageninos son conscientes que junto con los fuegos artificiales de año nuevo comienza un periodo de dificultad donde sus vidas se alteran, a tal punto, que saben las horas en las que pueden hacer algo tan básico como lavarse las manos para evitar colapsos en la presión del agua.

El alcalde de Cartagena, Rodrigo García, aseguró que es aumento poblacional genera complicaciones en “cualquier comuna”. De a poco se han ido preparando, comenta, “pero todos los días hay que estar en permanente preocupación” tanto para velar por las necesidades de los habituales residentes como de los múltiples veraneantes que pintan de color calles y veredas del lugar.

“En el verano todo sale adelante” agrega García, a la vez relata que como alcaldía incluso de deben encargar de la seguridad vial y de las personas: “El municipio no es precisamente quien debe velar por la integridad física de las personas sino que es Carabineros, pero también hay una poca dotación de personal”, lamenta.

Todo este esfuerzo tiene un correlato económico. Para poder enfrentar las complejidades estacionales el gasto mensual aumenta en 200 millones de pesos, suma que permite cubrir los gastos de recolección de residuos, contratación de personal y reparación de espacios públicos. Al monto se suma la inversión de 800 millones de pesos en trabajos de reparación de la plaza y el mismo monto destinado a reconstruir espacios como la terraza del balneario.

Gobierno v/s comuna, la “subvención al turismo”

“Hay una deuda con Cartagena que hemos ido trabajando con la presidenta Michelle Bachelet que ha ido entendiendo que esta es la casa de veraneo de los chilenos y que hay que cuidarla e invertir. Entre el 1 de enero al 28 de febrero son 3 millones de personas y un poco más las que vienen permanentemente”, explicó el jefe comunal mientras recorre los puestos artesanales en Playa Grande.

Sin embargo, se necesita más: “Las comunas que recibimos gran cantidad de personas deberíamos tener un beneficio económico de parte del Estado para no gastar recursos del presupuesto anual que se deben destinar en educación, salud y ámbito social”, solicita García. En desmedro de las personas que permanentemente residen en la zona, los recursos se gastan mayoritariamente en verano o en las consecuencias que deja la masiva concurrencia de personas al lugar.

La idea de “subvención al turismo” es analizada desde diversos puntos de vista. Uno de ellos, el del administrador público José Bravo, quien explicó que, finalmente, en lógica de retorno, todo lo que se invierta vuelve al Estado, ya sea vía impuestos hoteleros o de alimentación, o con lo que los pequeños comerciantes ganan durante la estación. A su modo de ver, entregar recursos para invertir en infraestructura, seguridad y fomento del turismo, finalmente es una ganancia para el Fisco.

La opción de crear un impuesto comunal es otra de las alternativas que se piensan como solución. De esa forma, a través de multas por el mal uso de los espacios, por ejemplo, se podrían recibir fondos para amortizar la fuga de capitales de otros sectores municipales.

Colapso masivo

Uno de los puntos que complica en esta época es el colapso de los servicios básicos. Luis Soto, coordinador del grupo ecológico Cartagena Joven explicó que hay momentos en que la presión del agua baja tanto que incluso impide encender un calefón. “Pasa principalmente, entre 8 a 10 de la mañana y luego de 12 a 16… el problema se repite a las 18 horas”.

Tanto los servicios de agua y luz son responsabilidad de empresas privadas, por lo mismo, el municipio tiene nula maniobrabilidad para solucionarlo. “La empresa tiene la obligación de aumentar la capacidad en las zonas más demandas por el solo hecho de ser la encargada”, denunció Bravo.

Los esfuerzos cartageninos

Desde la comunidad y el municipio reconocen un esfuerzo por salir de la situación en la que están. El alcalde comenzó en 2013 a levantar una serie de medidas para eliminar la “mala fama” de la comuna. Por ejemplo, se cerraron discoteques, no por “amargados, sino por seguridad” dijo García: “Al estar en la zona urbana con locales muy cerca de otros era una ecuación perfecta para que se originaran disturbios y venta de drogas, alcohol e ingreso de menores de edad”.

Los vecinos siguen trabajando para que el impacto estival sea menor, sin embargo, comentan que cada año hay un nuevo problema. A los expuestos se suma el abandono de perros que han tenido que ser adoptados por los propios vecinos para evitar un accidente. Están cansados, no hay una guerra contra los turistas, sino simplemente una petición de respetar los espacios que durante los diez meses del año restantes deben estar disponibles para que sus residentes puedan llevar una vida de calidad.