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Año XVI, 23 de junio de 2024


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Comprendiendo la sangre

Columna de opinión por Valentín Palomé
Miércoles 28 de noviembre 2018 8:20 hrs.


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“Hablo aquí de la sangre determinada por el hombre,

no de la sangre que determina la naturaleza”

(Carlos Droguett, Los asesinados del seguro obrero)

 

Cuando se escribe desde fuera, se corre el riesgo de parecer desconectado de los acontecimientos internos, sin embargo, a veces, una mirada externa puede contribuir a mirar las cosas de otra manera.

Siendo así esto, el panorama político chileno parece anunciar un antes y un después del asesinato del comunero mapuche Camilo Catrillanca. Esta lectura es posible porque esta muerte constituye una gota de sangre que ha rebasado a este autocomplaciente vaso denominado “Chile Actual”. Ya no se trata “de la muerte de otro mapuche”. En efecto, el transversal  del disgusto social por lo sucedido revela cierto quiebre al interior de este país, que algo no funciona en las sacro santas instituciones chilena. El solo hecho de enunciarlo constata que la ciudadanía parece haber cambiado de manera repentina.

En estricto sentido, este “antes y después” no es solo fruto del crimen de Camilo Catrillanca. Su muerte se suma a una serie de agravios que cruzan a todos los sectores sociales, independientes de sus inclinaciones político-ideológicas. Ayer y hoy es la iglesia y su crisis moral e institucional que ha dejado huérfanos no sólo al mundo social cristiano; las Fuerzas Armadas y de Orden con su pesado pasado represivo y su presente marcado por la corrupción; las “ex dirigencias de izquierdas” reconvertidas a la administración del mercado y que medran del mismo; la eterna derecha presa por la herencia pinochetista y sus turbios negocios: empresarios ávidos por aumentarlas ganancias aun cuando para ello exploten al trabajador o deban engañar al consumidor.

¿Dónde está ese Chile que asumía esos mitos del orden, republicanismo, austeridad?, ¿existió ese Chile que se permitía marcar una virtuosa diferencia frente a sus vecino? El corrupto, el bárbaro, el populista o asesino siempre eran los otros. Eran los “beneficios” de tener una cordillera imposible de cruzar, pero esta ilusa visión resultaba de la construcción ideológica decimonónica que señala las virtudes de pertenecer a una raza y cultura superiores a sus vecinos. Sin embargo, debiera público conocimiento que los chilenos poseemos una ignorancia y miedo atávicos frente a todo aquello que no sea nosotros mismos. Y este desconocimiento, para quien esta afuera, conduce a sorprenderse por lo que sucede en demás realidades. ¿Conocemos de los índices de desarrollo humano del pueblo boliviano?, ¿Estamos enterados del estado de las ciencias sociales en El Salvador, Honduras y Guatemala?, ¿Sabemos algo más de Venezuela que aquello que nos dicen, y pasivamente recibimos, los medios globales? No, no lo sabemos y las razones son muy complejas.

Por lo mismo, hemos de despertarnos de este sueño aunque sea de la peor manera posible, así podremos dar un paso adelante y preguntarnos y respondernos, “¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?” (Antonio Gramsci). Una vez que lleguemos todos y cada uno a una respuesta sólo resta pasar a la acción, aunque sea escribiendo fuera de Chile.

 

El autor es Mg. Literatura U. Chile y doctorando del Instituto de Investigaciones Dr. José Luis Mora, México

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.