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Año XI, 18 de agosto de 2019

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Patricio López

Preguntas para la izquierda de la disputa Sánchez-Iglesias

Patricio López | Miércoles 17 de julio 2019 8:45 hrs.

La incertidumbre que vive España en estos días tiene alcances que van mucho más allá de la confrontación Pedro Sánchez-Pablo Iglesias, o entre el PSOE-Unidas Podemos. Detrás de las jugadas de ajedrez respecto a la formación de gobierno persiste la disputa sobre qué tipo de izquierda proyectará España hacia el resto de Europa, con el interés y las consecuencias que habitualmente se producen por acá. Lo literal ya se sabe: la espera de si el actual jefe de Gobierno, Pedro Sánchez, será ratificado por el Congreso, o bien empezará una refriega de incierta duración y que podría alargar la investidura por semanas o meses. Es altamente probable que ocurra lo segundo.

La situación actual es la siguiente: si bien el PSOE ganó las elecciones, lo hizo con mayoría relativa y necesita hacer alianza para alcanzar los escaños que le permitan formar gobierno. Descartada una fórmula que incluya a los partidos de derecha y extrema derecha -Partido Popular, Vox y Ciudadanos-, apareció naturalmente la opción de pactar con Unidas Podemos, que aunque tuvo un resultado a la baja consiguió una cantidad considerable de escaños. Pablo Iglesias propuso un gobierno de coalición, pero Pedro Sánchez se opuso de inmediato: en cambio puso en la mesa la oferta de algunos ministerios técnicos que además no estuvieran integrados por miembros de la dirección. Ante la evidencia de que el triunfador PSOE no quería negociar políticas con Unidas Podemos, este sector anunció una consulta a las bases y se congelaron las conversaciones.

Hoy, Pedro Sánchez pide a todas las fuerzas políticas que se abstengan para que por esa vía se le proclame. Es probable que, en caso de que eso no suceda, intente traspasar el costo de la prolongación a Unidas Podemos para desgastar aún más a su dirigencia y a su capacidad de negociación.

La verdadera disputa entonces, más allá del gobierno, es entre Unidas Podemos y el PSOE. Este último partido fue la columna vertebral de la política española desde la muerte de Franco. Viabilizó la transición, el crecimiento de la economía, la inserción de las multinacionales españolas en el mundo -en especial en América Latina- y todo ellos además en conciliación con la Monarquía. Su proyecto socialdemócrata fue considerado por mucho tiempo no solo ejemplar, sino exportable, pero la gran crisis económica de mediados de la década pasada reveló que, entre otras consideraciones, la centroizquierda había gobernado con ideas de la derecha y no tenía fórmulas propias para salir del atolladero. La irrupción de Podemos fue una reacción a esa constatación. Populista para algunos, verdaderamente de izquierda para otros, pero que al menos en el papel se propuso establecer un límite con las políticas neoliberales.

Querer o poder. Ser socialista de izquierda como opción o como obviedad. Encarnar una alternativa al neoliberalismo o su simple corrección. Preguntas que quedan de herencia luego del aire doctrinario con que la llamada Tercera Vía quiso renovar a la socialdemocracia, arrinconada hace casi tres décadas entre la caída de los socialismos reales y el avance sin contrapeso del capitalismo. Teniendo a Anthony Giddens de la London School of Echonomics como mentor, y a Tony Blair como vehículo movilizador, estas ideas representaron, en opinión de Giddens “la renovación de la socialdemocracia en un mundo en que las ideas de la antigua izquierda han quedado obsoletas, mientras que las ideas de la nueva derecha son inadecuadas y contradictorias”. Dispuesta a explicar las consecuencias de esta apuesta política e ideológica, cuando le preguntaron a Margaret Thatcher cuál fue su mayor aporte a la política del Reino Unido contestó con dos palabras: “Tony Blair”.

Este consenso con apariencia de disputa política fue rota por la emergencia del 15-M (el movimiento de los indignados) que al cabo de su éxito se vio en la necesidad de convertirse en opción política articulada. Eso fue Podemos, con su voluntad de romper con las políticas neoliberales y el bipartidismo. La puesta en escena desde entonces tuvo un fuerte énfasis en sacar en cara a los socialistas que habrían dejado de ser de izquierda, lo que llevó a esta tienda, como reacción, a algunos gestos izquierdizantes.  Ahora que el PSOE ha vuelto a reivindicar una forma de hacer política alternativa a la derecha y al mismo tiempo moderada, mientras Unidas Podemos ha evidenciado las dificultades para promover de una opción de izquierda en la España y la Unión Europea de hoy, se abre una nueva etapa donde dos preguntas son cuáles serán los límites a la izquierda del sistema político español y cuáles serán los límites entre una opción progresista y otra de derecha.

Luego del resultado de las últimas elecciones en España, muchos dirigentes chilenos de la Concertación, de la Nueva Mayoría y del Frente Amplio hicieron interpretaciones públicas sobre las supuestas lecciones. La idea de una centroizquierda moderada y del fracaso definitivo de Podemos vino bien a algunos que, haciendo como que hablaban de España, estaban en realidad hablando de sí mismos y de nuestro país. Puede tratarse de un debate muy interesante para las cúpulas progresistas, pero las dificultades heredadas por esta fase capitalista de globalización siguen ahí: aumento de la desigualdad, destrucción medioambiental, retroceso del espacio público, creciente poder para las trasnacionales, desaparición de las industrias nacionales, franjas completas de perdedores que ven el discurso exitista del modelo desde la ventana.  En esos asuntos debería esmerarse una opción política que pretenda ser una alternativa genuina, salvo que se quiera seguir administrando el orden actual o dejar las respuestas en manos de la ultraderecha.

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