Diario y Radio U Chile

Año XI, 12 de diciembre de 2019

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Comisión Chilena de DD.HH.

El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos

Comisión Chilena de DD.HH. | Domingo 4 de agosto 2019 16:06 hrs.

Nuevamente, el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, está siendo objeto de graves e injustificados ataques y su actual Director, de infundadas críticas.

Al ya conocido episodio del Ministro de Cultura, Mauricio Rojas, que calificó al Museo como “un montaje”, declaración que le costó el cargo, días después de haberlo asumido, en estos días hemos conocido el fallido nombramiento como Subsecretario de Educación Superior, Carlos Williamson, Rector de una Universidad Privada, quien había publicado una carta en 2009, señalando que el Museo, constituía una “brutal distorsión de la realidad histórica que no le hace bien a un país que busca con afán reconciliarse con su pasado, y de paso, hiere a las Fuerzas Armadas chilenas…” A lo anterior, se agregan las funcionales opiniones a las voces negacionistas, vertidas por el ex Director del Museo, Ricardo Brodsky, quien postuló en un medio de comunicación masivo, ampliar el concepto de víctimas de violación de Derechos Humanos, no sólo a las causadas por la acción de agentes del Estado, sino también las provocadas por particulares.

Cuestiona con ese planteamiento, los fundamentos esenciales de la Doctrina Internacional de los Derechos Humanos surgida bajo el amparo de Naciones Unidas. En tal virtud, Jaime Guzmán, también debería ser incluido en el Museo de la Memoria.

Los ataques y cuestionamientos carecen de todo sustento, porque con la creación del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, se buscó facilitar a la comunidad el conocimiento de lo sucedido en nuestra historia reciente, a partir del 11 de septiembre de 1973 hasta Marzo de 1990; mostrar las evidencias sobre las violaciones a los derechos humanos de forma masiva y sistemática, reivindicar la dignidad de las víctimas, contribuir a la construcción de una sociedad sustentada en los valores de la tolerancia, la solidaridad y respeto a la diversidad, e impulsar iniciativas educativas que inviten al conocimiento y la reflexión.

En consecuencia, este Museo, como todos los museos de la Memoria y los Derechos Humanos, no necesita ser contextualizado, lo que significaría abrir las puertas para justificar los crímenes de lesa humanidad. No se busca plantear un contexto, sino informar que ciertos acontecimientos irracionales tuvieron lugar, cómo ocurrieron y quienes los cometieron. No necesita contexto, porque además de estar hechos para recordar a las víctimas, es parte de las obligaciones y/o responsabilidad del Estado, mantener viva esta memoria.

El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, se enmarca dentro de una política de continuidad por parte del Estado, tanto por esclarecer hechos, intentar reparar a las víctimas, como para preservar la memoria. Es también un acto de “responsabilidad política que todo gobierno asume por los actos buenos y los actos malos de su predecesor; y cada nación, por los actos buenos y los actos malos del pasado”. (Hannah Arendt).

El Estado estableció con el Museo de la Memoria, una marca en el territorio urbano que instituye la evocación permanente de la que se considera la peor tragedia contemporánea de la nación. Con el rescate de imágenes, objetos, documentos y archivos en diferentes soportes y formatos, y una interesante propuesta visual y sonora, se hace posible conocer parte de esta historia: el golpe de Estado, la represión de los años posteriores, la resistencia, el exilio, la solidaridad internacional y las políticas de reparación.

Porque nadie puede negar ó banalizar la barbarie ocurrida en Chile, aquella banalidad del mal a que se refería Hannah Arendt en su Informe sobre el Juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén, en 1961.

El Museo se inscribe como institución sobre la responsabilidad moral y la responsabilidad política. Naturalmente, esta responsabilidad no se refiere a la responsabilidad de los culpables concretos de la tragedia ocurrida en el país, sino a la responsabilidad del Estado, a través de la actuación de sus agentes, que ocupó el monopolio de la fuerza no para propender el bien común sino para implementar una política de exterminio en contra de ciudadanos indefensos, que es el fundamento del surgimiento de la Doctrina de los Derechos Humanos, con su correspondiente elaboración normativa y conjunta creación del sistema de protección internacional asociado.

La actitud de hostigamiento hacia el Museo de la Memoria por sectores que se oponen a su existencia, tiene otra connotación. Se trata de una reacción violenta destinada a preservar la dignidad del pinochetismo social y sus entornos.

Los argumentos en los que se apoya ese hostigamiento, es obvio: tras aceptar con evidente desgano la bondad de un Museo de la Memoria, se desautoriza en términos absolutos la opción de limitar su exposición permanente a los años de dictadura, ya que de ese modo, se omiten las causas que a su entender llevaron –justificaron, según otros- el golpe de Estado de 1973. Hay víctimas que no aparecen en el Museo, argumentan que no están todos, que faltan los que sufrieron el gobierno del presidente Allende, aquellos que no tuvieron más remedio que preparar el golpe, como un mal menor ante la amenaza del comunismo, o apoyarlo. (Aunque después, algunos hayan quedado sumergidos en el padecimiento por la imagen de un país ensangrentado).

El fondo del asunto, pareciera ser, que sólo “aparecen” en el Museo, los torturados, los detenidos-desaparecidos, los ejecutados por la dictadura, todo aquello que recogieron las Comisiones Rettig y Valech, y en consecuencia, alegan que es unilateral, pues no aparecen todos.

Creemos firmemente que no es cierto que en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos no esté reflejada toda la sociedad, porque ahí estamos todos los que tenemos que estar. Quienes argumentan que sólo aparece una parte de la sociedad chilena, no se dan cuenta -o quizá no quieren darse cuenta- de que las personas destruidas por la dictadura no son una historia, no son un relato, y aún menos, una parte de la sociedad, sino que en realidad involucran toda la historia, todo el relato contemporáneo, y toda la sociedad, puesto que el daño causado no sólo incluye a los perpetradores directos, sino también a los que aplaudieron pero no actuaron, a los que miraron hacia otro lado, a los compungidos y a los horrorizados, es decir, a toda forma de conducta y a toda moral.

Nadie puede temer a quedar ausente, aunque algunos sientan molestia por estar ahí precisamente. En el Museo de la Memoria están todos, sin exclusión. Están los restos de Lonquén, de Calama, de Pisagua, los ejecutados en el primer simulacro de Consejo de Guerra de la zona del carbón con grandes titulares de los periódicos, las víctimas de la Caravana de la Muerte, el retrato de los desaparecidos… y, también, la presencia de quienes lo hicieron posible, como el propio diario El Mercurio, con su protagonismo cómplice.

Evidentemente, es la forma espectral de su presencia lo que disgusta, porque avergüenza. Pasar de la condición de salvadores de la Patria a la de culpable, resulta para ellos, éticamente insoportable. Es lo que conocemos como el problema alemán, es decir, cómo fue posible que una sociedad culta y capaz de notables éxitos en todos los campos, pensara y generase aquella destrucción sistemática, tuviera su versión latinoamericana en Chile. Porque finalmente, lo que exhibe el Museo de la Memoria en Chile, trata de responder la misma pregunta que el Museo Memorial del Holocausto en Berlín.

Para ese sector político de nuestro país, que es base de apoyo del actual Gobierno- que cuestiona al Museo porque se opone a la recuperación de la memoria, por considerar que hay que seguir adelante y que, con la memoria, sólo se consigue revolver el pasado y reabrir viejas heridas, olvida -o pretende ignorar- que las heridas no se pueden reabrir, porque están abiertas, y el hecho de que haya habido que guardar silencio por un tiempo, no significa que haya heridas sanadas, ni menos olvido, resignación y perdón.