Diario y Radio U Chile

Año XI, 23 de septiembre de 2019

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Felipe Cabello C.

Microbios e inmigrantes: ignorancia, xenofobia y por una salud publica ética

Felipe Cabello C. | Lunes 9 de septiembre 2019 20:57 hrs.

El 2015, el político de derecha y de origen polaco, Jaroslaw Kaczynski, afirmó que los inmigrantes pueden “traer enfermedades infecciosas peligrosas que no se han visto en Europa en mucho tiempo: como colera en Grecia, disentería en Viena …”. En el 2014 los congresistas republicanos de  EE.UU. T. Rokita y P. Gingrey anunciaron que los inmigrantes de México y Sud América pueden introducir el virus Ébola al país (a pesar de no existir fiebre de Ébola en las Américas). Y en nuestro país, este año, el ex ministro de salud, Emilio Santelices, culpó a los inmigrantes por el aumento del HIV/SIDA, y el diputado Ricardo Celis los acusó de venir al país a diagnosticarse y tratarse las infecciones por HIV/SIDA gratis. Fracastorius en el Renacimiento fue el primero en postular que existían enfermedades que podían trasmitirse de una persona a otra por entidades vivas capaces de multiplicarse, “contagium animatum”. En el Siglo XVII,  Kircher, Redi  y von Leeuwenhoek expandieron este concepto, Semmelweis, en sus estudios de la fiebre puerperal en el Siglo XIX demostró la trasmisión de la bacteria de ella, de una paciente a otra por las manos sin lavar de los estudiantes de medicina y de los médicos y, finalmente, Pasteur y Koch, a fines de ese siglo, confirmaron experimentalmente todos estos conceptos y abrieron las puertas a la Edad De Oro de la microbiología y de las enfermedades infecciosas que dura hasta hoy día.

De acuerdo a la transmisibilidad de las enfermedades infecciosas, el mal llamado sentido común pareciera estar de parte de los políticos reaccionarios mencionados arriba, ya que los inmigrantes provenientes de países y de áreas geográficas donde enfermedades como la tuberculosis, el VIH/SIDA y la fiebre tifoidea son frecuentes, por lo tanto pueden ser portadores de las bacterias y de los virus que producen estas enfermedades y potencialmente trasmitirlas a la población del país adonde emigran. Sin embargo, para desentramar el conocimiento superficial y a menudo prejuiciado del sentido común, existe la actividad científica y esta pareciera decirnos que los potenciales contagios y las probables epidemias originadas por emigrantes han sido exiguas e irrelevantes para la diseminación de estas enfermedades a nivel global y, probablemente, inexistentes. Por ejemplo, en el pasado, epidemias como la peste y ahora el cólera han sido el resultado de movimientos de ejércitos y del traslado de artículos comerciales y de viajeros ocasionales más que de emigrantes. Estudios en los EE.UU. y Europa han demostrado que los emigrantes, en general, gozan de buena salud ya que son jóvenes, y que a menudo enferman en el país donde migran por una serie de razones, entre las cuales se incluyen las dietéticas, las discriminaciones de todo tipo y las tensiones de adaptación social y laborales.

Contrario a lo afirmado por el diputado Celis, los emigrantes en general viajan por problemas laborales, sociales y económicos, y para escapar la violencia de los países en donde viven, y emigran por las necesidades de ellos y de sus familias, y el objetivo de hacer “turismo médico” les es muy ajeno, a pesar de las sugerencias inconsistentes y discriminatorias del señor diputado. Además, numerosos estudios en los EE.UU. Canadá y Europa han demostrado que las contribuciones económicas y sociales de los emigrantes a los países que los reciben son importantes para el desarrollo económico de esas naciones, y el pago de impuestos por ellos cubriría adecuadamente los servicios que ellos necesitan, incluyendo la salud y la educación. En numerosos países los inmigrantes, además, contribuyen a la salud pública porque son médico/as, enfermero/as y técnicos de todo tipo trabajando en consultorios, hospitales, jardines infantiles, escuelas y en el cuidado domiciliario de pacientes incapacitados y de la tercera edad. Paradojalmente, donde más problemas de salud tienen los inmigrantes y donde se trasmiten enfermedades infecciosas entre ellos, es cuando se les mantiene en campos de concentración como sucedió en Turquía y Grecia con los de Siria, como sucede ahora en la frontera sur de los EE.UU. con los centroamericanos y tal vez en la frontera peruano chilena con los venezolanos.

Sin lugar a dudas que el culpar a los inmigrantes de ser la fuente de enfermedades infecciosas y de un peligro para la salud pública de los países que los reciben constituye el tradicional ardid del iletrado y discriminatorio pensamiento político conservador, temeroso de la heterogeneidad biológica y cultural, acostumbrado desde siempre a culpar a la víctima de su desfavorable situación y de fomentar de manera oportunista divisiones en la población con objetivos políticos. Los que alertan chillonamente y abusivamente acerca del peligro sanitario de los inmigrantes en nuestro país y en el mundo enmudecen alevemente frente a algunas de las causas evitables de estos desplazamientos de población como son las intervenciones políticas y militares de Europa y de los EE.UU. en el Oriente Medio, el apoyo de los EE.UU. a fuerzas antidemocráticas en Centro América, a los escuadrones de la muerte en Colombia y al bloqueo económico de Venezuela.  En nuestro país se intenta culpar a los inmigrantes de la epidemia de HIV/SIDA y del aumento de la tuberculosis y, en el proceso, se oculta que la mayoría de los infectados por estas patologías son aun primordialmente chilenos, y en el caso de la tuberculosis, chilenos de la tercera edad, y que estos trastornos se han producido por aumentos de la pobreza, la falta de inversión en salud y el desmantelamiento de exitosos programas sanitarios para combatirlas.

Por ejemplo, las estadísticas indican que la mayoría de las infecciones por HIV/SIDA son de chilenos y qué, tal vez, los inmigrantes están sobre representados en este grupo dadas las falencias del diagnóstico de estas infecciones en el país, por su concentración en zonas urbanas y porque, probablemente, son prejuiciadamente examinados y diagnosticados más frecuentemente que el resto de la población.  En el caso de la tuberculosis, los emigrantes constituyen una minoría de los pacientes con tuberculosis activa contagiosa y sería interesante estudiar cuántos tienen otros factores de riesgo para esta enfermedad comunes entre ellos, como la pobreza, el hacinamiento, la situación de calle y la falta de atención médica. Indudablemente si en Chile, como se ha demostrado en otros países, el control sanitario de estas enfermedades fuera adecuado, la contribución de los inmigrantes a la epidemiologia de ellas seria exigua y perfectamente manejable, y se podría plantear que sus enfermedades representan, entonces, un fracaso más del mito que en Chile todo esta tan bien.

Si los ignorantes y discriminatorios pronunciamientos de los políticos respecto de los inmigrantes como fuentes de infecciones despiertan indignación, los pronunciamientos de los trabajadores en medicina y en salud pública, como los del ex ministro Santelices y otros, producen revulsión y asombro. Esto, porque la medicina y su ética deben reflexionar que su accionar, para ser exitoso, debe ser inclusivo y que su práctica, comprendiendo la investigación, debe evitar la estigmatización que resulta al tratar a los inmigrantes como ajenos y como peligros para el tejido social, ya que ello aumenta su vulnerabilidad y su discriminación, mina sus derechos humanos y atenta contra el éxito de la práctica médica.  En resumen, uno podría terminar parafraseando a la escritora estadounidense Lillian Hellman diciendo que, tanto en política como en salud pública, “el patriotismo y la xenofobia son el refugio de malvados.”