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Año XVI, 18 de junio de 2024


Escritorio

Floridor Pérez, el maestro-poeta

Columna de opinión por Patricio López
Domingo 22 de septiembre 2019 15:30 hrs.


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Floridor Pérez siempre ha estado ahí. Con su obra poética rotunda que bien pudo valerle el Premio Nacional de Literatura. Como testigo privilegiado de la vida y obra de Jorge Teillier, otro enorme que no recibió el máximo galardón de las letras nacionales. Como profesor y permanente difusor de la poesía entre niños y adolescentes. Como impulsor de uno de los talleres que más marcaron al ámbito lírico santiaguino en las últimas décadas. Siempre ha estado ahí, sobre todo, con sus formas exentas de afectación y con una generosidad sin pose. Por eso, la noticia de su muerte se hizo estridente como no fue su vida.

Nacido en Cochamó, habitó su infancia en Lautaro y ahí conoció a Teillier, quien era dos años mayor, a través de la amistad de sus padres, ambos militantes de izquierda. Es un misterio cómo dos de los más grandes de la poesía chilena de los últimos 60 años pudieron conocerse de niños en un pueblo tan chico, pero lo cierto es que desde ahí vinieron ambos, con su escritura siempre provinciana y aludiendo a ese paraíso perdido que fue la infancia entre bosques y estaciones de trenes. “Me gusta ser cabro chico”, dijo Floridor en una entrevista con Cristián Warnken, en alusión a ese tiempo y a su devoción posterior por vincularse con niños lectores de poesía.

Floridor Pérez fue, como muchos, un artista comprometido primero y perseguido después por la dictadura civil-militar, en uno de cuyos campos de concentración estuvo recluido después del Golpe. Ahí escribió Cartas de Prisionero, un libro a medio camino entre la añoranza erótica y la resistencia política, con versos como éste:

No saben -nos decían- qué les espera.

Pero yo lo sabía:

tras días piedra meses muro,

tú me esperabas a la puerta del cuartel.

Y ésa fue mi victoria”.

De esa agria experiencia no emergió un artista resentido, sino alguien aún más tierno y sobrio. Sus poemas de amor a modo de epigramas han seducido a todas las generaciones. A los más jóvenes, por la elocuencia y por lo fácil que parece ser escribirlos. A los más grandes, también por la elocuencia, pero porque el paso del tiempo nos ha enseñado que es muy, muy difícil, llegar a escribir de una manera tan brillantemente sencilla. Como cuando dice:

“Cierto que tardé mucho en encontrarte.

¡Pero eran cuatro millones doscientas

cuarenta y ocho mil quinientas treinta

las chilenas, cuando salí a buscarte!”.

Seguramente en estas horas habrá miles de estudiantes o exestudiantes que recuerdan con gratitud y emoción la disposición siempre generosa de Floridor Pérez para visitar colegios, conversar con las comunidades educativas y leer sus poemas. Así lo tuvimos una vez en mi colegio que, como muchos otros, no estaba acostumbrado a este tipo de actividades.

También habrá cientos de oficinistas, profesionales, adultos, viejos, jóvenes o personas que en realidad sí parecían seguir una trayectoria como poetas, que alguna vez se enrolaron en sus talleres. Ahí él decía que “para escribir un poema se necesita un lápiz chiquitito y una goma de este volado”, haciendo alusión a la nobleza del acto de borrar, de procurar decir solo lo estrictamente necesario. Me he preguntado desde el sábado si esta frase vale también para el periodismo y los medios de comunicación y tiendo a pensar que sí, en tiempos donde se usan tantas palabras pero no siempre se dice algo que valga la pena.

Ha partido Floridor Pérez, un artista enorme, un poeta fundamental. Su nombre ni siquiera estuvo ahora en las portadas de los diarios, pero qué importa. Cuando las noticias de hoy al cabo de un tiempo no tengan ninguna significación, se le seguirá leyendo. Tal como a Jorge Teillier, quien se fue hace 23 años y casi no nos hemos dado cuenta.

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El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.