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Columna del Director:

Solidaridad: la única vacuna disponible contra el coronavirus


Martes 17 de marzo 2020 11:47 hrs.


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Resultó tan risible como patético ver a algunos clientes de un supermercado del barrio alto arrasando con todos los artículos que se recomiendan usar en una circunstancia como ésta, la del coronavirus covid-19. Carros llenos de botellas de alcohol, de alcohol gel, de toallitas y otros, mientras las góndolas se vaciaban con rapidez para los que venían más tarde. Risible y patético, porque en esta situación de pandemia quienes nos pueden contagiar son otras personas y, para evitarlo, lo mejor es que ellas también puedan tener acceso al alcohol, el alcohol gel y las toallitas.

¿De qué sirve una botella de alcohol en un armario? De nada. La situación recién descrita nos demuestra que esta vez no hay ninguna solución individualista que nos pueda ayudar a enfrentar la crisis. El covid-19, además de temido, es democrático y no clasista, por lo que en su avance no hará distinciones ni discriminaciones. No preguntará por el color de nuestra piel ni el tamaño de nuestros bolsillos. Simplemente irá alojándose en cualquiera de nosotros, para luego seguir su camino.

La crisis ha puesto en evidencia la mezquindad de un modelo económico que privatiza la vida y los bienes en común. La idea de que es posible resolver problemas de salud sobre la base de nuestra situación individual explota en mil pedazos cuando se trata de crisis sanitarias donde el problema es el contagio. La debilidad del sistema de salud pública para pobres se convierte hoy en una grave amenaza, también, para los más acomodados, puesto que ése es uno de nuestros principales escudos para impedir que la situación se vuelva grave en el país.

Ya lo planteaba hace tres días el presidente francés Emmanuel Macron, cuyas ideas son más cercanas a la derecha: “mañana tendremos tiempo de sacar lecciones, de interrogarnos sobre el modelo de desarrollo que aplica nuestro mundo desde hace décadas y que ha revelado sus fallas, nos tendremos que interrogar sobre las debilidades de nuestra democracia”, dijo. Y luego agregó: “pero lo que ya ha revelado esta pandemia es que la salud gratuita, sin condiciones de ingresos, de profesión, nuestro estado del bienestar, no son costos o cargas, sino bienes preciosos, (…) y este tipo de bienes y servicios tienen que estar fuera de las leyes del mercado”.

Así como la institucionalidad del modelo imperante no sirve para esta crisis, tampoco resulta útil su sistema de valores. Asistimos a un enorme esfuerzo que están haciendo las autoridades y, cuando no, millones de personas autoorganizadas en el mundo. Las medidas preventivas de modificar formas de trabajo, reducir los desplazamientos, procurar cuarentenas y otras, no son para precavernos a nosotros mismos, puesto que la enorme mayoría de la población no pertenece a los grupos de riesgo, sino para cuidar solidariamente a dos sectores especialmente maltratados en nuestra sociedad: los adultos mayores y las personas inmuno-deprimidas. Es conmovedor escuchar por ahí y por allá que “lo estamos haciendo por nuestros viejos”, puesto que hace mucho tiempo deberíamos hacer mucho más por ellos, por ejemplo, garantizarles pensiones dignas para una vida digna.

El aprendizaje está claro y en medio de la preocupación por los efectos de este nuevo virus hay algo muy bueno que nos ha pasado: darnos cuenta que solo la solidaridad, las decisiones individuales al servicio del colectivo y la empatía nos pueden ayudar a enfrentar de mejor manera esta crisis. Es un sistema de valores distinto al individualismo que nos han inoculado por cuarenta años. “Sálvate solo”, nos decían. Ahora ha quedado demostrado que eso era una falacia.

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