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Año XII, 7 de julio de 2020

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Yolanda Acevedo G.

Las escalas del poder y sus territorios durante la pandemia

Yolanda Acevedo G. | Martes 2 de junio 2020 14:02 hrs.


“LA DIGNIDAD HUMANA ES LA PREMISA PARA LA LIBERTAD”

Gran confusión, desconcierto, desconsuelo, incertidumbre, rabia y pena son los sentimientos que se entremezclan en estos días de pandemia universal en la diversidad  territorial tanto en el hemisferio norte como en el hemisferio sur.

Desde el norte, una inserción en la prensa del destacado físico cuántico español José Ignacio Latorre[1], quien desde Abu Dhabi, la capital de los Emiratos Árabes Unidos,  dirige un nuevo centro de investigación cuántica. El afirma: “Estados Unidos tiene una tradición individualista… Es posible que allí se tomen las primeras decisiones de profundo calado ético y que dividirán a la humanidad”.por BBC News Mundo 3 abril, 2020.

De momento,  dice Latorre, “a este país el virus lo ha afectado de forma menos agresiva que a otros. Las medidas de confinamiento son selectivas: se mantiene una parte de la actividad económica, como es el sector de la construcción, a la par que se instruye encarecidamente que no debe haber ralentización en toda empresa que no precise la presencia de los trabajadores. La limitación de movimientos sí es obligatoria por las noches”. Es posible constatar una importante influencia en el territorio chileno de estas políticas.

Por otra parte y desde otra mirada el filósofo y ensayista Slavoj Žižek[2], quien había comentado el 22 de octubre 2019 que: “es muy importante lo que está pasando ahora en Chile. Ustedes no están solos. El mundo está lentamente explotando. Ha pasado en Chile, en Hong Kong, en España y en otros lugares”.  Las expresiones de apoyo del filósofo y ensayista esloveno estuvo unida a la del actor Gael García Bernal, los músicos Pedro Aznar, Residente y Jorge Drexler, los autores Juan Villoro y Claudia Piñeiro. (El Mostrador 23 de octubre 2019). En el contexto de los acontecimientos sociales y políticos desencadenados a partir de octubre pasado David Parra, Doctor en Literatura de la Universidad Católica de Chile, conversó con el filósofo y crítico cultural y lo invitó a reflexionar en torno a lo que acontece en el país. culto.latercera.com/2018/12/21/slavoj-zizek-entrevista/

Por otra parte, Michel Houellebecq(1958) desde Francia, poeta, ensayista y novelista[3],  el más influyente de los narradores franceses de la actualidad publicó una carta en la que reflexiona sobre las consecuencias del coronavirus. El impacto del confinamiento en la escritura, la confirmación de la tendencia de una “obsolescencia en las relaciones humanas” o la disimulación de los muertos, lo llevó a decir que el día después el mundo “será el mismo, solo que un poco peor”.  Houellebecq obtuvo el Premio Goncourt con El mapa y el territorio, que se tradujo en treinta y seis países, el mundo después de pandemia ‘será exactamente igual’ en RFI 04/05/2020 .

El 3  abril  2020, Andrés Gómez en el diario La Tercera publica un debate entre filósofos e intelectuales. Carlos Peña, rector de la UDP; Agustín Squella, premio Nacional de Humanidades; Diana Aurenque, filósofa y académica de la Usach, y el filósofo de la Universidad de Chile Pablo Oyarzún, intervienen en la reflexión y comentan las tesis de Slavoj Zizek,  y Byung-Chul Han.

Carlos Peña, Doctor en filosofía, afirma que:  “Es propio de la cultura humana que irrumpa de pronto en ella un acontecimiento que parece desafiar todas las regularidades en medio de las que, hasta ese momento, se desenvolvía la vida. Lo excepcional hoy día es quizá el carácter global que proviene no tanto de la extensión del contagio, como de la extensión del miedo que la mayor cantidad de información provoca. Todas las épocas han tenido momentos de congoja y se han asomado a lo que creen es un abismo. La nuestra no es una excepción. En el siglo XX fue el totalitarismo, la amenaza nuclear más tarde, el calentamiento global, hoy la peste y así. Cada época necesita de sus fantasmas aterradores. Ya se disipará este y vendrá otro que lo sustituya”. Ante la pregunta de si después de la pandemia la vida ya no será la misma, Peña responde: Será la misma, por supuesto, pasará este momento excepcional y volveremos a las fantasías y las ilusiones de siempre ¿Acaso alguien cree de veras que la naturaleza humana se modificará como consecuencia de una peste? No cambió con el holocausto (como lo prueba el hecho que ya muchos lo relativizan), no cambió con los totalitarismos del siglo XX y su estela de muertes y sacrificios, no cambió con la peste negra (salvo que dio origen a algunas obras de arte perdurables) ¿por qué iba a cambiar ahora? Nos ocurrirá lo que al enfermo que hace promesas para cuando sane, y pasadas dos o tres semanas se las arregla para olvidarlas. Es verdad que el coronavirus muestra la fragilidad de la vida; pero la cultura es el esfuerzo por olvidar esa condición insoportable. Eso no cambiará. Seguiremos viviendo en la ilusión que todo perdura. En relación a la afirmación de Zizek: o cultivamos un liberalismo preocupado de las condiciones que lo hacen posible o tendremos la barbarie. Y no puedo estar más de acuerdo en eso. El liberalismo no es dejar a los seres humanos a sus anchas, sino regular sus interacciones en condiciones de igual libertad. Y eso requiere la ley, no un estado de naturaleza. Es eso o la barbarie.

Para el abogado y Premio Nacional de Humanidades Agustín Squella resulta difícil dimensionar la crisis que atravesamos, pero no duda de que se trata de un hecho de largo alcance. “Lo que pescamos será mayúsculo, lo mismo que un pescador siente en las manos, antes de verlas, las grandes piezas que han mordido su anzuelo. Y lo estoy viviendo como todos: con estupefacción, con dolor, con temor, con ese malestar y ansiedad que se sienten cuando la normalidad se interrumpe brusca y prolongadamente”, dice.

Algunos pensadores andan muy nerviosos, sobreexcitados, pronosticando todo tipo de desmesuras, tanto buenas como malas. Se habla incluso de que surgirá un hombre nuevo y un tipo completamente mejor de sociedad, y la verdad es que me cuesta imaginar algo así. Después de la crisis volveremos a ser el amasijo de virtudes y defectos que somos todos los individuos, y los gobernantes de las grandes naciones van a continuar pensando en estas y no en el conjunto del planeta. Con palabras de Octavio Paz, para nada sospechoso de izquierdismo: la fraternidad es la gran ausente de las sociedades capitalistas contemporáneas, y nuestro deber es redescubrirla y ejercitarla. ¿Lo haremos esta vez?

Para Diana Aurenque: “El capitalismo tiene formas de adaptarse más rápidas que las especies”. Especialista en filosofía y bioética, Diana Aurenque no se olvida de otras crisis al momento de referirse al coronavirus: la crisis migratoria y la climática. La académica de la Usach piensa que es imprescindible encontrar las respuestas científicas a la pandemia y consensuar formas de vida social antes de hablar de la vida post emergencia: “ El después de la pandemia dependerá en gran parte de cómo asumimos esta fase, donde generaremos una pseudo-normalidad”. El capitalismo tiene formas de adaptarse y mutar mucho más rápidas que las especies. Como Han, no creo que esta pandemia haga colapsar al capitalismo, sino más bien, le permitirá transformarse. Pero esa transformación bien podría tomar por base, y aquí sí concuerdo con Zizek, valores más comunitarios y por ello, solidarios. Han parece no aceptar que la solidaridad que se desprende de la actual pandemia no es ni ingenua ni utópica -como dice también Zizek. Se trata de una, por así decirlo, solidaridad cívica. Me inclino por ésta última, por pensar que la situación exige a los Estados ser fuertes, a fijar precios y acceso a servicios, a controlar a los bancos y obligar a empleadores a cumplir deberes; además de determinar acciones que controlen el contagio, pero también que aseguren a las personas un mínimo de calidad de vida. Si gracias a este nuevo comunismo, las personas en Chile, por ejemplo, podrán cumplir el requerimiento sanitario de quedarse en casa, recibiendo remuneraciones y/o un sueldo básico que les permita vivir y no endeudarse ni enfermar, ¿quién rechazaría esta solución?. La pandemia ha generado de facto una solidaridad, como llamé antes, cívica. Y creo que aquí es importante precisar conceptualmente: Solidaridad no debe confundirse con altruismo, con el cuidar al otro por el bien del otro. Lo interesante de esta solidaridad naciente, a mi juicio, es que reconoce que el bien propio está ligado al bien del otro, y viceversa. En ese sentido, la solidaridad es un sentir sano, como diría Nietzsche, libre de resentimiento, porque trae ventajas al individuo. La solidaridad es posible cuando una colectividad coopera y se apoya mutuamente en pos de un bien individual y común.

El filósofo Pablo Oyarzún, académico, ensayista e investigador, dice que ha vivido esta crisis con algo de asombro, sobrecogimiento e incertidumbre. Y luego matiza: “Pero suponer que este evento pudiera ser considerado el mayor desafío humanitario de nuestra época sería olvidar la catástrofe humanitaria que se vive cotidianamente, en todas las poblaciones y grupos marginados, discriminados, humillados y constantemente violentados, empujados al borde de la extrema penuria y de la aniquilación. La pandemia, alterando tan agudamente nuestras vidas y mostrándonos que al fin y al cabo son esencialmente vulnerables, debería hacernos reparar en esta vulneración y este horror continuos”.

Después de la pandemia,  Por una parte, la vida nunca es la misma. Por otra, aun después de catástrofes de gran magnitud y de sus primeros embates y réplicas, la resiliencia de los seres humanos los hace adaptarse a circunstancias dramáticamente alteradas y producir una suerte de nueva “normalidad”. Y se habla de “normalidad”, de “volver a la normalidad” cuando se producen grandes trastornos. En todo el tiempo que el “estallido social” estuvo en el centro de atención del país, el tema de la “normalidad” y de volver a ella fue una retórica dominante, compartida por el gobierno, los medios y gran parte de las fuerzas políticas de distinto signo. Sin embargo, uno de los puntos críticos del estallido consistía en denunciar la radical anomalía de esa “normalidad”, era una protesta contra la “normalidad” de la cotidianidad disciplinada, el cautiverio del consumo, la marginación y discriminación, el cierre de los horizontes de vida para grandes sectores de la infancia y la juventud, la inequidad y l desigualdad escandalosa, los privilegios exorbitantes.

Ahora pareciéramos adaptarnos a la “normalidad” del confinamiento. Pero no hay tal “normalidad”, solo una sorda resistencia a admitir que siempre estamos al borde de algo, quizá porque saberlo y sentirlo en todo momento sería intolerable. Me parece que cualquiera de los dos juicios es apresurado y, por eso mismo, prematuro. La situación es de una ambigüedad tal que ni el más afinado cálculo de probabilidades podría señalar una tendencia dominante. En las hipótesis, los diagnósticos y pronósticos que circulan dos extremos parecen perfilarse como salidas o bien resultados de la catástrofe: o bien ciudadanía empoderada hasta el punto de la autogestión o bien Estado totalitario y vigilante del tipo big brother.

Supongamos que eso es una alternativa que tiene algún asidero en términos meramente teóricos. La ambigüedad obligaría a pensar qué es lo que hay entre esos dos extremos, es decir, qué combinaciones no previsibles aún de lo que esos extremos implican serían posibles, podrían llegar a tener lugar y dónde, con qué impacto geopolítico, con qué insospechadas consecuencias para la organización de la vida. Pero creo que es preciso situar todo esto en un contexto más amplio, de mayor amplitud histórica. Me parece, lo que de un modo u otro se perfila en muchos de los artículos, comentarios y opiniones que han circulado en el último tiempo a propósito de la pandemia. Es la sensación de estar al final de un gran ciclo histórico, que se podría describir como una época de la configuración de lo social y de la vida humana misma, caracterizada por la relación contractual.

Se puede llamar a esa época “moderna”, pero no para sostener que estamos, como se supone que estamos, en tantas otras cosas, en una especie de “post”. Es algo mucho más radical que eso. Para pensarlo necesitamos poner en cuarentena -en cuarentena, precisamente- las categorías que solemos aplicar para entender lo que pasa y no confiar que ya sabemos, de un modo u otro, de qué se trata. Eso toma su tiempo. Aún estamos en medio y ni siquiera en medio, en los inicios de una experiencia que nos desborda. Quizá podría decir que vuelvo a aprender la profundidad que tiene en uno la necesidad de las otras y los otros, del contacto, la cercanía, la mirada, la viva voz.

Y vuelvo a sentir, aunque suene paradójico, la urgencia de darme tiempo para pensar lo que estamos viviendo, pensar, digo, no como lo que se entiende por ocupación únicamente intelectual, sino pensar, también, con los afectos, en el cuerpo, en la necesidad que mi cuerpo tiene de los otros cuerpos.

[1] José Ignacio Latorre se doctoró en Teoría de la cromodinámica cuántica de las partículas elementales en la Universidad de Barcelona  y estudió un posdoctorado en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y, posteriormente, en el Instituto Niels Bohr de Copenhague.4 Creó el grupo NNPDF, que usa la inteligencia artificial para analizar los datos del colisionador de partículas LHC (Gran Colisionador de Hadrones) en el CERN (Organización Europea para la Investigación Nuclear).

[2] Slavoj Žižek (Liubliana, 1949) filósofo de  la Universidad de Liubliana y Psicoanálista de  la Universidad de París,  lacaniano, teórico cultural y activista político. Es director internacional del Instituto Birkbeck para las Humanidades de la Universidad de Londres, investigador en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana y profesor en la European Graduate School. Es uno de los ensayistas más prestigiosos y leídos de la actualidad, autor de más de cuarenta libros de filosofía, cine, psicoanálisis, materialismo dialéctico y crítica de la ideología.

[3]Su primera novela, Ampliación del campo de batalla (1994), ganó el Premio Flore y fue muy bien recibida por la crítica española. En mayo de 1998 recibió el Premio Nacional de las Letras, otorgado por el Ministerio de Cultura francés. Su segunda novela, Las partículas elementales (Premio Novembre, Premio de los lectores de Les Inrockuptibles y mejor libro del año según la revista Lire), fue muy celebrada y polémica, igual que Plataforma.

 

La autora es Maître en Planification Urbaine Paris 8, MS.Desarrollo Regional PUC Chile.